miércoles, 12 de septiembre de 2018

Vigencia del documento religioso de Golconda, 50 años después

Por Nelson Lombana Silva

Dijo el comandante Fidel Castro Ruz: “La iglesia católica ha tenido sus mártires”. En el seno de esta congregación ha habido pastores consecuentes con el pueblo y con el clásico y real pensamiento cristiano: El amor al prójimo, la paz y la justicia social.


Han comprendido que antes de haber espiritualidad, hay humanidad, que termina siendo el “templo del espíritu santo”. Ese templo necesita alimento, vivienda, educación, salud, recreación, ambiente y afecto, principalmente.

Quien desconozca la realidad antropológica del ser humano y no predique el evangelio en esas condiciones,  es un charlatán puesto al servicio de la clase dominante. Eso sucede con la alta jerarquía colombiana. Antes se codeaba con los reyes y emperadores, hoy se codea con la gran burguesía y el imperialismo norteamericano.

Esta jerarquía ha venido tergiversando totalmente el pensamiento cristiano, los planteamientos de Jesús. El mensaje de Cristo es revolucionario, transformador y unitario. La jerarquía eclesiástica predica la sumisión, la desunión y la violencia. En el plebiscito por la paz – por ejemplo – no dudó en colocarse en el bando de los violentos, se identificó con el Centro Democrático y el genocida Álvaro Uribe Vélez. En cambio, Jesús se hizo torturar y matar en la cruz por decir la verdad y predicar la justicia social.

Sin embargo, no se puede generalizar. Hay altos jerarcas de la iglesia católica que se han sacrificado por los pobres, los humildes, caso de monseñor Arnulfo Romero en el Salvador, el padre Camilo Torres Restrepo, el considerado “obispo rojo”: Gerardo Valencia, los sacerdotes: Gabriel Díaz, Ignacio Betancur, Vicente Mejía, Oscar Vélez, Manuel Alzate, Luis Currea, René García, Domingo Laín, Manuel Pérez, etc.

Ellos, interpretaron el evangelio a la luz de la realidad concreta que vivía el continente americano y dentro de este, Colombia. Un continente dependiente de los Estados Unidos, atado a la deuda externa, incomunicado, alienado y analfabeta político. Hallaron en esta cruda realidad el verdadero cuerpo de Cristo, su verdadero pensamiento liberador y justiciero.

Ese grupo de sacerdotes colombianos contribuyó al crecimiento de la Teología o Iglesia de la Liberación, que hoy se desarrolla no solo en Colombia, sino en los demás países del continente.

Se daban unos hechos concretos hacia la década de los 60s  y los 70s. Se anunciaba la visita a Colombia del Papa Pablo VI, era el primer pontífice que visitaba el continente americano. Había publicado la encíclica Populorum Progressio, documento que tenía elementos progresistas para la época a favor del pueblo cristiano.

De igual manera, se preparaban el Congreso Eucarístico Internacional en Bogotá y la II Asamblea General del CELAM en Medellín (Antioquia).  Insumos para una generación de sacerdotes comprometidos con los pobres, gratamente admirados por la primera revolución socialista en este hemisferio presentada en Cuba, el primero de enero de 1959.

Además, se admiraba profundamente la gesta del sacerdote Camilo Torres Restrepo de ingresar a la guerrilla para desarrollar desde allí, los principales planteamientos de Jesús.

La visita del Papa Pablo VI fue en 1968. Era presidente de Colombia Carlos Lleras Restrepo, quien se prodigó a fondo por presentarle al Papa una visión irreal del país. Hacerle creer que este era una nación desarrollada, sin hambre, sin violencia y con garantías para todos y todas.

Sin embargo, la realidad era otra bien diferente. El periodista de Le Monde de París (Francia), Henri Fesquet escribió unas estadísticas bastantes ilustrativas: De cada 400 enfermos, solo 65  tenían acceso a médico. Había cuatro médicos por cada 10.000 habitantes. La mayoría de la población sufría de hambre. Cien niños, por lo menos, morían diariamente por falta de alimentación; solamente en Bogotá se encontraba 5000 niños abandonados vagando por la ciudad día y noche.

Agregaba: El 2 por ciento de los propietarios poseían el 74 por ciento de las tierras, mientras que el 74 por ciento solo poseían el 4 por ciento de la superficie cultivable en 1970. El número de analfabetos oscilaban entre el 35 y 40 por ciento. Es más: el 80 por ciento de la renta nacional se encontraba en manos del 5 – 6 por ciento de la población.[i]

La mamá del heroico sacerdote guerrillero Camilo Torres Restrepo, le hizo llegar una carta al Papa Pablo VI, en la que le decía, entre otras cosas que “El 80 por ciento de los habitantes de nuestro país carece de pan, de techo, de vestido, de higiene y de formación educativa, frente a una pequeña casta de unas 50 familias que son dueñas de la riqueza nacional”.

Ante la postura revolucionaria y consecuente de este grupo de sacerdotes colombianos, el presidente de la república Carlos Lleras Restrepo, reaccionaba violentamente al decir por televisión, el 22 de abril de 1969, declaración también publicada por El Tiempo:

“Ahora me encuentro frente a ciertos documentos que se salen del lenguaje y del espíritu de las encíclicas papales y de la pastoral del episcopado colombiano”.

Agregaba amenazante: “El gobierno no puede aceptar la tesis de que hay una violencia legal, de que se puede hacer la subversión o el enaltecimiento de la rebelión. Estas materias de conservar el orden público se aplicarán a los clérigos y seglares y no voy a permitir que la calidad de clérigo dé patente para predicar la subversión”. [ii]

Por su parte, Alberto Lleras Camargo, el muelón, sostenía: “Los padrecitos creen que solo la revolución en la tierra tiene atractivo para conducir subrepticiamente a los jóvenes y a los pobres al reino de Cristo”.

El gobierno nacional, fiel representante de la clase dominante, y la alta jerarquía de la iglesia católica, hicieron causa común para destruir ese numeroso grupo de sacerdotes que se identificaba con el Jesús humilde, obrero, como lo caracteriza la biblia.

Un sacerdote de Medellín, le respondió así, la palabrería del presidente Carlos Lleras Restrepo: “Si proceder de manera que tengan derecho a un techo los que se encuentran sin vivienda, es ser camilista, entonces yo lo soy. Esta opción la he tomado en conciencia, ante Dios. Continuaremos la lucha de Camilo Torres”.[iii]

Por su parte, monseñor Germán Guzmán, investigador social, declaró a la prensa internacional: “La iglesia católica se encuentra ante el siguiente dilema: O se sitúa de plano del lado de los oprimidos, que son la mayoría, o permanece encadenada a las estructuras oligárquicas”.[iv]

La postura consecuente de este grupo de religiosos recibió los más diversos calificativos. Para lo más reaccionarios, el grupo fue mirado como fruto de la “infiltración comunista”.

El flamante arzobispo de Manizales, monseñor Arturo Duque Villegas, lo calificó de “contagio de Camilo Torres”. El reaccionario director del periódico La Patria, José Restrepo y Restrepo, señaló: “Se han dejado inficionar del virus letal del comunismo”. El columnista de El Espectador, Hernando Giraldo, acotó: “No hay necesidad de incurrir en el feo pecado de la demagogia”. 

El obispo de Santo André, Brasil, Jorge Marcos, fue más contundente y radical al decir: “Yo aceptaría una revolución popular armada. El propio Papa la aceptaría con tranquilidad, allí donde hubiera una opresión y salarios que hacen a los hombres pasar hambre. Yo no hago ninguna diferencia entre una misa y una huelga de trabajadores. La una es tan importante como la otra, porque una y otra tienen como base el sacrificio”.[v]

El documento de Golconda fue firmado el 13 de diciembre de 1968, es decir, está próximo a cumplir 50 años, por monseñor Gerardo Valencia, calificado groseramente por la prensa oficial como el “obispo rojo”, 34 sacerdotes que permitieron la publicación de sus nombres y 15 más que prefirieron el anonimato.

Este documento consta fundamentalmente de tres partes: Una descripción de la realidad social del país; un examen de esa realidad a la luz del evangelio y, unas aplicaciones o líneas de acción.

Digamos que las dos primeras partes están contenidas en las conclusiones finales de la II Asamblea General del CELAM realizada en Medellín (Antioquia).

En dicho documento se anuncia desde un principio “la búsqueda de una nueva y más intensa presencia de la iglesia en la actual transformación de la América Latina”.[vi]

Este documento de Golconda, dice que el subdesarrollo es producto de la dependencia externa. Señalan los obispos: “Denunciamos aquí el imperialismo de cualquier signo ideológico que se ejerce en América Latina, en forma indirecta y hasta con intervenciones directas”. El Papa Pablo VI dijo en la encíclica Populorum Progressio: “El imperialismo internacional  del dinero”.

Dicho documento caracteriza también el subdesarrollo colombiano por la dominación que en todos los órdenes ha ejercido una minoría (Burguesía).

Dicho documento vale la pena desempolvarlo 50 años después y estudiarlo por cuanto cobra singular vigencia, teniendo en cuenta que Colombia aun es inmensamente católica, así sea de dientes para afuera.

[i] RESTREPO, Javier Darío. La revolución de las sotanas, Golconda 25 años después. 2ª edición. Editorial Planeta. Página consultada 30.
[ii] Ibíd. Página consultada 28.
[iii] Ibíd. Página consultada 30.
[iv] Ibíd. Página consultada 31.
[v] Ibíd. Página consultada 34.
[vi] Ibíd. Página consultada 41.

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