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Por Nelson Lombana Silva
Fue la única vez que mi abuela tuvo que intervenir para que me levantara y asistiera puntual a la ceremonia de graduación. No podía creer que hubiera sucedido en mi día especial de recibir el título de Comunicador Social. Asombrada la veterana mujer me increpó al cruzar al inodoro, mientras se colocaba los zarcillos plateados. Me parecía cursi hacer todo un esfuerzo por ir a recibir un simple cartón que le había costado a mi viuda abuela un dineral, que la vecina le había prestado con la promesa que se lo pagaría a cuotas semanales con la venta de los huevos de sus cinco gallinitas que cuidaba con el mayor esmero en el viejo corral del patio trasero de la vivienda que le había dejado mi abuelo. Al regresar del inodoro, la miré con ternura y haciendo caso omiso a su perorata de padre y señor mío, me dispuse a entrar a la regadera. “Qué tal fuera ella el graduando”, pensé para mis adentros, sin perder el estado de ánimo.





