
Resistencia popular en Colombia. Foto: Internet
Por Agamenón
Los cuatro años de esperanza y progreso que significó el Gobierno del Cambio en cabeza de Gustavo Petro Urrego, se disuelve en la tormenta de incertidumbre que significa el dudoso triunfo del señor Abelardo de la Espriella. No hay que ser mago para entenderlo, ni el objetivo crear pánico en el pueblo colombiano. Es advertir lo que significa la corriente fascista que encarna este personaje de nacionalidad gringa. Destripar a la oposición significa asesinar con sevicia, semejante a los crímenes horripilantes adelantados por Adolfo Hitler, no solo en Alemania, sino en muchas regiones del país. Quien se atreva a mirar las polvorientas páginas de la historia, seguramente estará de acuerdo con nuestra preocupación. El pueblo ahistórico ingenuamente pensará simplemente que estamos exagerando o sencillamente respirando por la herida de la derrota. Ojalá, fuera así, pero, la realidad es mucho más espeluznante y terriblemente realista. El fascismo se hizo carne en Colombia con la elección de Abelardo de la Espriella. El fascismo es la negación al respeto de los derechos humanos; contrario a la democracia, al humanismo y al respeto por la diferencia. El fascismo es muerte y destrucción, lágrimas y dolor, menosprecio por la vida, el amor y la cultura.




