sábado, 30 de diciembre de 2017

Camarada le dice adiós al transporte masivo en Ibagué, Tolima

Por Nelson Lombana Silva

Después de toda una vida de lucha para vivir e incluso, sobrevivir él y su familia, el camarada Evelio Villarreal Herrán, siente que ha llegado su final en su actividad del transporte y como el poeta Pablo Neruda considera que es hora de partir.


Naturalmente, sin poder ocultar su nostalgia por cuanto allí vivió su juventud y su madurez, también amasó su pequeño presupuesto familiar que le permite vivir y pensar en el futuro al lado de su compañera Doris Romero Hernández y sus hijos e hijas, ya crecidos y crecidas, decide contar una partecita de ese largo y extenuante período metido de patas y manos en los quehaceres del transporte, primero rural y después urbano.

Su relato pausado y a veces meticuloso, permite conocer los tejemanejes que se cuecen al interior de esta actividad tan compleja y tan salpicada de corrupción e imposición del más fuerte económicamente. El poder allí es violento, fiel a la dinámica del sistema capitalista. Mientras unos entraron pobres y salieron ricos pero con una conducta descompuesta, Evelio entró pobre, se mantuvo pobre y salió pobre, pero con toda la dignidad del mundo, con la frente en alto y sobre todo, con la satisfacción del deber cumplido, practicando las ideas socialistas y la ideología marxista – leninista.

Sentado en un asiento de la biblioteca del Cañón del Combeima, del corregimiento de Villa Restrepo de la ciudad de Ibagué (Tolima), el veterano dirigente sindical y dirigente del Partido Comunista, evoca parte de ese pasado, el cual plasmamos en esta entrevista. Diríase que es una entrevista ante todo humana de una persona sencilla, humana, que día a día enseña con su ejemplo el comunismo y la esperanza de un nuevo país al alcance de todos y todas.

La amena conversación nos permite conocer de la mejor manera la dinámica del transporte en esta ciudad musical de Colombia con casi 600 mil habitantes, las luchas intestinas y las perspectivas de una nueva sociedad que tímidamente asoma en el horizonte con muchas vicisitudes. La entrevista es la siguiente:

-          Camarada Evelio Villarreal Herrán, le dice adiós al transporte. ¿Cuántos años al frente de esta actividad?

Principié en la Federación Nacional de Cafeteros en 1973, me acuerdo porque lloré al coger la ruta de Mirolindo cuando me enteré de la muerte del compañero presidente chileno, Salvador Allende. Me dio muy duro este vil asesinato. Yo estrené un tractor. A este le poníamos dos zorras para transportar café con destino a la trilladora. Allí, trabajé aproximadamente cinco años.

De allí me botaron al pavimento por ser sindicalista y consecuente con los intereses de los trabajadores. Hice parte de Sintrafec, sindicato patronalista. Pensé que era un sindicato de verdad, pero no, era un sindicato amarillo, patronalista a morir. En una asamblea intervine y critiqué duramente a la “rosca”. En la votación para elegir quedamos prácticamente 50 a 50.

Hasta ahí fui un gran trabajador. Recuerdo de Roberto Marín Toro, gerente de esta seccional de Almacafé. Él contaba conmigo para muchas cosas, toda vez que desarrollaba trabajos de carpintería, mantenimiento eléctrico, es decir, lo que se llama fontanero.

Con las prestaciones – me acuerdo tanto – me dieron 50 mil pesos y como yo sabía por dónde iba el agua al molino, yo ya tenía mis pequeños ahorros, tenía como 20 mil pesitos ahorrados, entonces me vinculé al transporte rural. Con ese dinero compré un Carpaty, carros que en esa época el gobierno nacional los adquiría mediante trueque con la Unión Soviética, entregando a cambio café.

Me costó 85 mil pesos. Me lo entregaron con 50 mil pesos y me quedaron cuotas de 1500 pesos, aproximadamente; era mucha plata en la época, hablo de 1975, pero me resultó fácil pagarlo porque siempre he sido juicioso.

Lo arreglé, lo hice pintar. Me pareció mucha plata 130 mil pesos y lo vendí. Me puse a arreglar la casa que tenía al lado del estadio Manuel Murillo Toro, me estaba quedando sin el plante. En el gobierno de Alfonso López Miquelsen, 1975, si no estoy mal, salieron los taxis rurales. Lo entregaban con 50 mil pesos también. Era una belleza de carro. En lo urbano era un taxi y en el campo un verdadero tractor, se le metía la doble y se subía por donde fuera.

Siempre tuve un carro. Nunca anhelé a tener más de uno. Lo libré también. Formamos el sindicato de Unimotor, era un sindicato de clase, orientado por la Confederación Sindical de Trabajadores de Colombia (CSTC), el presidente era Justo Pastor Pérez, hombre de color, la verraquera.

El trabajo que se hizo con los pequeños propietarios. Yo fui presidente de Unimotor. Se acabó el sindicato y todavía no me han cambiado. Afiliamos a los taxistas, a los conductores de los jeep, hasta los trabajadores de las bombas de gasolina, los monta llantas, a todos los que tenían que ver con el transporte. Se hizo una gran labor, pero muy difícil.

En este sindicato hubo varios comunistas como Ricardo Castiblanco, el camarada Casilimas que posteriormente fue desaparecido y asesinado, entre otros. La tarea de sostener el sindicato  recaía en el Partido Comunista. La orientación era que los camaradas apoyaran para podernos sostener, porque en esa época la legalización de un sindicato era cosa seria, no es como ahora que con solo presentar la documentación es suficiente. En esa época iban hasta los inspectores de trabajo a las asambleas para comprobar que el sindicato era de carne y huelo. El Partido Comunista ayudó bastante.

Yo trabajé para el corregimiento de Tapias, Cataimita, el Natillo, la Loma y la Cuchilla. Un liberal santofimista, se manejó muy bien conmigo, tomábamos cerveza, pues en esa época se podía tomar manejando. Decía que si todos los comunistas eran como yo, el sería comunista. Claro, en la práctica era un hombre reaccionario. Me tenía un pieza de una casa que el hombre hizo en puro Cedro, está de Tapias hacia arriba, de una parte que se llama La Cascada, eso es, prácticamente, en el volcán El Machín. Se cascada se viene corriendo poco a poco; pareciera como si fuera una quebrada.

Más allá, yendo para el  Guaico, allá el tipo me recibía muy bien. Abel Bernal. Recuerdo que el veterano camarada Justino, familiar del camarada Guillermo Peña, cuando se emborrachaba molestaba con política y le decía el camarada Justino: “Lo que pasa es que usted es un mono narizón ofensible”. Era boyacense.

Sin presumir, pero considero que yo ayudé a suavizar la estigmatización y el sectarismo que había en la zona entre liberales y comunistas, especialmente la Unión Nacional de Oposición (UNO), la Unión Patriótica (UP). Se pudo abrir un trabajo político y surgieron compañeros y compañeras que nos ayudaban sobre todo en elecciones. Trabajo político que se ha venido menguando por múltiples razones.

Cumplí diez años en este trabajo. Señalo con beneplácito que trabajar con los campesinos es muy agradable, la gente es muy agradecida y detallista. De todo lo que ellos cultivaban me participaban. Claro, yo los jueves, les llevaba a los mejores amigos una pata de res para los fríjoles, era un presente como llevarles una gallina. “Don Evelio, mañana le tenemos fríjoles”, me decían y efectivamente, me tenían unos fríjoles sabrosos.

También estuve distribuyendo canastas de cerveza y gaseosa. Se las dejaba al realizo. Les decía: “O la plata o la cerveza. Ustedes no tienen por qué ponerse a fiar lo que no es de ustedes”. Ellos me cumplieron.

Luego, pasé al transporte urbano.

-          ¿En qué año pasó usted a la actividad del transporte en la parte urbana de la ciudad de Ibagué?

Creo que eso fue como en el 82, 83. Me compré la mitad de un busecito viejo, un Ford modelo 59, freno “guarapo”, es que era de líquido, no era de aire. Cada nada me quedaba sin frenos, pero como no había casi transporte, entonces uno la orillaba en el sardinel y “cajeando” iba mermándole la velocidad hasta pararla. De ahí arrancaba para el taller.

Entre al transporte a escondidas siendo presidente de Unimotor con la esperanza de hacer un trabajo político y orgánico. Cuando los empresarios de Contrautol, una cooperativa muy reaccionarios, me descubrieron, el mundo se me vino encima. Les decían a don Julio Naranjo, que fue el que me vendió la mitad, que de cualquier manera me sacara.

Él intentó sacarme, me hacía propuestas, pero yo me sostenía. Me dijo que le vendiera nuevamente mi parte, yo le dije que sí, pero le puse una cuantía que él no estuvo de acuerdo. Ese señor siempre le metía a esa buseta todo repuesto de segunda buscando la economía. La caja molestaba mucho por él le metía solo piñones descansados. Ante eso, yo le pregunté al almacenista de Contrautol que quedaba en la calle 15 con carrera 4ª estadio, que si era que para ese carro no vendían repuestos nuevos. Me dijo que sí y de una vez me dio la orden para que fuera a pedirlos a un almacén. Eso no le gustó al socio.

Se ofendió y me dijo que le comprara su parte. Le dije: Si me da forma de pagársela yo se la compro. Hicimos la letra y yo le pagué el carro.

En esa época había el subsidio al transporte. Con ese subsidio pagaba cualquier deuda. Y con lo que pagaba el usuario mantenía el carro en buen estado y vivía uno bien. A mí – recuerdo – me hicieron perder once meses de subsidio. En una actividad sindical le hicimos firmar un acta que hablaba de trabajar ocho horas. Realmente me metí yo mismo el cuchillo. A los conductores no les gustó esta iniciativa. Los patronos no admitían que el carro tuviera dos conductores. Incluso, se ofendían cuando se subía el dueño del carro. El pasajero entraba por la puerta de atrás, es decir, el robo, la evasión para no decir esa palabra tan fea.

Me clavaron la jornada de ocho horas fue a mí siendo yo el dueño del bus. Como vieron que yo aguanté, me pusieron a trabajar sin tener derecho a desayunar, almorzar, ni a hacer las necesidades fisiológicas. Yo llegaba a Mirolindo y de una vez el control en forma provocadora en papelito me escribía: “Ya le toca”. Tenía que trabajar de seis de la mañana a dos de la tarde, ordenaron no ponerme la última marcada porque no correspondía a las ocho horas. Eso para decir a la corporación financiera de transporte, que en esa época servía mucho, que yo no trabajaba las vueltas completas. Así perdí once meses de subsidio.

¿Cuál era el fin que perseguían? Hacerme fracasar, pero como era juicioso y tenía una casita en el estadio la arrendaba y eso me subsidiaba en un momento dado para poder cumplir con los requerimientos de la empresa de transporte. De esa manera, trabajé, trabajé aproximadamente, 36 años en Contrautol. Fue un desgaste tremendo para mí. Ellos me perseguían y yo los denunciaba por corruptos.

Esas empresas son muy corruptas. Yo hacía subir al ministerio del trabajo dos y tres veces al mes a Melquisedec Galindo, el gerente en la época. Las empresas transportadoras hasta hace unos cinco o diez años, ellos tenían sus propios códigos, así que el código del trabajo no era respetado, la jornada mucho menos. Era terrible. La gente no luchaba, entre otras cosas, porque este es un gremio muy cobarde, ignorante y desde luego, corrupto.

La situación era muy dura. Sin embargo, a pesar de la cruda persecución por mi condición política y sindical, logré hacer parte de la junta de vigilancia. Me acuerdo tanto la lucha que tocó dar contra un gerente llamado Omar Beltrán, porque era muy corrupto. Yo llevé una documentación a Bogotá, a la superintendencia de la economía solidaria para denunciar eso, exigiendo una investigación. Pero, como en el sistema capitalista, desde el vigilante hasta el presidente de la república hay la corrupción, por una ventanilla me recibieron los documentos y por la otra me lo devolvieron con el cuento que ellos no eran competentes para investigar. Eso es competencia de puerto y transportes. Fui y no me lo querían radicar.

Yo mismo oí decir de la revisora fiscal que ella iba a esta oficina y llevaba sus presentes y todo quedaba bien. Me tocó recurrir a un sobrino abogado, era asesor de un político en el senado de la república. Él llamó a la superintendencia de puertos de Colombia. Entonces, cuando fui por segunda vez me reclamaron porque había acudido al abogado y yo les dije que sí porque ellos no hacían lo que tenían que hacer. De mala gana me recibieron la documentación. Pero, realmente nada pasó. Al conocer la respuesta casi que el enjuiciado soy yo. Eso por estar denunciando cuestiones ilícitas.

Ese funcionario lo echaron, pero salió riquísimo. Por ejemplo, un lote que valió 600 millones, lo hizo figurar por 1.200 millones de pesos. Lo comprado era una laguna entonces se necesitó muchas volquetadas de recebo, entonces sucedió lo contrario: Resulta que las volquetas tienen que pagarle al dueño del lote para que les dejen esos residuos de construcción, no fue así, él resultó pagándoles a ellos. ¡Cuántos millones se pudo llevar por este solo concepto!

Todas estas cosas, me llevaron a terminar pobre casi que como entré, pero eso sí, con dignidad, con la frente limpia, con plena independencia y autoridad moral para seguir denunciando. Por estos días estoy organizando un pronunciamiento de fin de año, ofreciendo mis modestos servicios de asesoría sindical, sin tener vehículo. Estamos dispuestos a colaborar junto con mi compañera Doris Romero.

-          En estas luchas sindicales y políticas por la moralización del transporte en Ibagué (Tolima), usted estuvo personalmente en el parlamento colombiano con la ayuda del camarada senador Manuel Cepeda Vargas. ¿Cómo fue esta experiencia?

Yo llamé al compañero senador Manuel Cepeda Vargas, nuestro camarada muy querido, senador del Partido Comunista y de la Unión Patriótica y le conté lo que estaba pasando con el proyecto de la ley 105. Nosotros teníamos unos carros antiguos que les cambiábamos los motores de esos que traían de Estados Unidos  de segunda, también le cambiábamos hasta carrocería y así teníamos carro para toda la vida.

Ese proyecto era para colocarle una vida útil y de paso nos sacaban a los pequeños propietarios. Esta lucha la hicimos a  través de una asociación que se llamaba Asoitran, que lideramos varios compañeros. En la secretaría se desempeñaba la compañera Doris Romero Hernández, mi compañera, y el suscrito como presidente. Le conté el camarada Cepeda.

Me dijo: Véngase, nosotros no podemos bailar en esta danza hijueputa, era muy escueto para hablar. Me fui con otros compañeros casi de la misma edad, nos tocaba casi cogernos de las manos para pasar esas avenidas, pero llegamos al nuevo Parlamento. Nos anunciamos. Salió e inmediatamente nos hizo seguir. Qué sorpresa cuando vimos a Rubén Darío Rodríguez, alcalde en ese entonces, con el politiquero Gustavo Ramos Arjona, santofimista a morir. Eso parecían unos pavos reales, como si estuvieran en Moscú con esos sacos de leva. Ellos también se sorprendieron. “¿Qué hacen por aquí?”, nos dijeron. Nosotros les contestamos: “Nosotros también tenemos nuestras influencias”.

Eso sí, nos tocó aguantar un poquito de hambre. Como a las once, otro senador médico de la costa, cuyo nombre no recuerdo ahora, nos preguntó si ya habíamos desayunado. No le dijimos mentiras. Nos metió a la cocina del Parlamento y todo lo que había era esa pechuga prensada y un consomé de muchas yerbas. Nunca había comido eso, pero era tanta el hambre que todo eso se fue para dentro.

Me di cuenta cómo estos costeños corruptos se movían como pez en el agua colgando “micos” a las leyes que estaban discutiendo. Me acuerdo que el primer ministro del transporte lo llamé: “Ministro mentiroso”, Jorge Bendeck Olivella. Ese señor nos metía unas cortas y unas largas, pero la realidad es que nunca nos ayudó. Luego me lo encontré en la hacienda de don Pablo Contreras, haciendo ubicada cerca de Chicoral. Por intermedio del personero municipal pude llegar allá y entrevistarme con el hombre. Otro chorro de mentiras. Lo único fue que hubo restaurante bufete. Comí hasta más no pude y tomé cerveza hasta más no poder.

Me eché una intervención en este sitio. Todos se preguntaban que quien era. Estaban varios senadores, entre ellos, Alberto Santofimio. Asombrados porque estaba denunciando cosas y todos sabemos que esa clase no gusta que el pueblo denuncie. De todas maneras, algo se consiguió con este ministro, porque con una asociación que tenía con un abogado en Bogotá que llamaba: Aprobos, Ecopetrán y Asoitran, que era la asociación de nosotros, conseguimos la tal repotenciación que me permitió seguir en el transporte y muchos más pequeños propietarios.

La repotenciación fluctuó entre cinco y diez años. El que le colocábamos algunas cositas, la llevábamos a revisión y la vaina por debajo del escritorio, pasábamos. El que le hacía otros arreglitos como cambio de muelles le daban cinco años y el que ya tenía la forma de meterle un motor Diesel, freno de aire, a ese le daban diez años más de vida útil.

Salió el “Plan Cascada” que presentaba decisiones a tomar: Entregar el vehículo a chatarrizar a uno que tenía más plata y él nos entregaba un carro repotenciado a cinco años. Cuál fue el desgaste. Uno estaba terminando de pagar el carro y también estaba terminando la vida útil de ese vehículo cinco años y volvía otra vez el proceso, y siempre el beneficiado era el que tenía plata porque él sí traía un vehículo nuevo y nosotros seguíamos con el sobrante.

Alguna vez dije en la asamblea que el único sobrado que ustedes me vendieron fue el de la buseta que estamos chatarrizando, buseta que todavía tenía cuatro meses de vida útil, es decir, salía en abril con 20 años, pero yo ya no aguantaba más porque el conductor desafortunadamente a pesar que lo elevé a líder directivo del sindicato, actúo como ladrón. Dentro de las busetas antiguas era la que menos producía. Me producía 5000 mil pasajeros, mientras que las otras están produciendo 6.500, 7.000 y hasta un poquito más. Usted con 5.000 pasajeros no se sostiene. Últimamente llegó a 4.000 pasajeros mensual. Fuera de eso me dejó un accidente por su culpa una incapacidad de 55 días, seis meses buscando la conciliación. Esta costó 3 millones: La aseguradora aportó 2 millones y la empresa 1 millón, de ese millón me cobraron un excedente a mí, un deducible, es la palabra, pagando casi cien mil pesos.

Luego, me metió otro accidente con una señora tramposa que no le pasó nada, pero que dijo que eso valía 200 mil pesos, el policía como vio que la buseta estaba con una llanta un poco lisa, amenazó con llevarla a los patios. Para que esto no sucediera nos quitó 300 mil pesos. Conclusión: Fueron 500 mil pesos, más 16 mil pesos que costaron los remedios a esa señora. Cómo sería el accidente que eso costó la droga: Acetaminofén y Diclofenaco, que a media noche nos tocó irlos a conseguir.

Conclusión: 516 mil pesos que perdí. Yo ya no podía ni dormir, pensando que de pronto se presentara otro accidente y cómo chatarrizaba yo esa buseta. Fuera de eso, en la empresa se aprobó hace dos años que los que entreguemos la resolución de chatarrización le dan 90 millones, pero con los descuentos de retención, queda en 86 millones. Es una salida más o menos digna, porque no sale uno como en las otras empresas, caso Logalarza que la gerente queda contenta, me estoy refiriendo a María Esney Espitia, queda contenta cuando ve totalmente arruinado al conductor y se apropia hasta del cupo. En Contrautol no. Con todos los errores, con todas las bellaquerías que se hacen allí, es la mejor empresa de transporte que tiene Ibagué.

-          Durante tantos años manejando, ¿Tuvo algún accidente?

Claro que sí. Yo tuve el bus 2019, bus Diesel, que ya había arruinado a un señor que tenía una finca por los lados de Doima. Llamaban a ese bus: “El ganadero”, porque casi le acaba con todo el ganadito al viejo; siempre que fallaba le tocaba vender un ganado para meterle arreglo al carro. Caí en ese negocio. Casi me arruina también. Yo tenía un Renault modelo 80, era un carrito bueno. Me tocó venderlo por un millón para poder llegar al almacén y dar el 50 por ciento de lo que valían los repuestos para la recuperación del motor.

En ese carro, me quedé sin frenos en calle 19 con carrera 4ª hacia la calle 21. No hacía más que bolear pito y la gente entendía y le hacía el quite como cuando el toro va a embestir. Cuando llegué a la calle 20, le enganché la dirección hacia la derecha, la fui a devolver, pero como el carro estaba apagado, tenía dirección hidráulica, no me devolvió. Casi me hecho un edificio encima. Era un depósito de frutas. Se dañó el portón. Hubo que pagar unas frutas, unas vitrinas. Fue un susto tremendo. Fuera de eso, el susto de los ladrones, porque esta calle es una guarida de ladrones. Menos mal que andaba conmigo un perrito llamado “Gamín”. No era mío, pero lo atendía bien, le daba sobraditos. A él le gustaba acompañarme. Ese perrito les latía. A pesar de eso siempre me robaron una llave que tenía dando “papaya”. Ese fue el susto de mi vida.

Volviendo un poco atrás, cuando tenía el jeep, cierto día bajando por los lados de Miramar, iban unos señores con unos perritos Pastor muy bonito y al pasar se metió y no lo pude salvar. Fue el único perro que maté en la vida. De resto, fui muy de buenas, creo que para eso se necesita suerte para un trabajador como yo con 50 mil pesitos que salí de la Federación Nacional de Cafeteros, hubiera resistido tantos años, tratando de mejorar el plante, a pesar de la persecución, el macartismo de los empresarios que violando normas se empecinaban contra mí, solo porque he tenido ideas revolucionarias  y socialistas, con mentalidad de defender el derecho a la organización de los trabajadores, el constreñimiento sindical.

El gerente es un empleado, un funcionario al servicio de los empresarios, los cuales trabajan la platica de cada uno de nosotros en las famosas cooperativas. Debo tener unos diez millones de pesos en el fondo de reposición, dinero que tendrán que devolvérmelos y tengo de capital por ahí unos dos millones larguitos también. Esa plata era de 200 socios, ahora no hay sino 140, 120. Esa plata la van trabajando. Hicimos un edificio en el barrio Las Margaritas, pero una vez se arregló, entre ellos mismos hicieron una empresa anónima y vendieron la cooperativa a menos precio. Los que considerábamos que eso no se podía hacer porque era un ilícito, nos quedamos por fuera. Últimamente pude comprar una acción, pero para qué, eso no representa nada. Fuera de eso tenemos el lote que he venido hablando y que es el mejor parqueadero que tiene Ibagué con tecnología de punta. Es una empresa que puede responder ante el nuevo transporte estratégico que seguramente se va a implantar en Ibagué y del cual habla mucho el señor alcalde Guillermo Alfonso Jaramillo.

 Ha dicho que va implantar esta modalidad de transporte y entonces se viene hablando del nuevo operador. Tenemos a SISA, una empresa de papel, no tiene carros. Entre los siete gerentes hicieron esa empresa y está de operador y está haciendo plata, porque nos ha montado diversidad de medidas, algunas necesarias, por supuesto, como la prueba de alcoholemia y nos cobra una cartulina 1.500 pesos. Es decir, le está quedando por cada vehículo casi 5000 pesos. Eso entre mil y pico de vehículos en Ibagué, es mucha plata

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