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“Madre enferma en la cama”, obra de Zhang Xiaoqin. Foto: artron.net |
Por Nelson Lombana Silva
La noche transcurría silenciosa y taciturna. El viento lúgubre entraba por las hendiduras. Rosendo metido en el camastro contemplaba absorto el techo, esperando conciliar el sueño, tenía que madrugar a viajar a la distante población de Gaitania, en busca del yerbatero que habría de curarlo de sus múltiples dolencias. En toda la región se hablaba maravillas del curandero, se decía que paciente que trataba se mejoraba al instante. Incluso, se rumoraba que había hecho el milagro de revivir a muchos moribundos. “Mi madre – decía Adolfo – agonizante, lo único que se me ocurrió en medio del desespero fue llevarla. Moría. Pelaba los ojos, respiraba con dificultad. Le puso una mano en la frente y pronunciando unas frases que no comprendí, mi madre, rápidamente se recuperó. En las siguientes horas caminaba como si nada le hubiera ocurrido”.
Esa noche no tuvo tiempo para pensar en su cónyuge que estaba de gira por las entrañas del monstruo, Estados Unidos. No solo había ido a veranear, sino a perfeccionar el inglés, el único idioma a excepción del español que amaba con pasión desenfrenada. Era de abundante carnes, rostro redondo y mirada taciturna. Al decir de mi madre, Agripina Palacio, no solo dejaba ver en su mirada, melancolía infinita y cenagosa, sino también frustración oceánica.
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Foto: Claro Sports |
El ruido de una enorme mariposa negruzca entrando por la hendidura rompió de plano con su ensimismamiento, sintiendo un estremecimiento recorrer todo el cuerpo de pies a cabeza. Su rostro se contrajo lleno de pánico. Vociferando se puso en pie, saliendo disparado al pequeño patio en busca de la escoba. Regresó rápido con la escoba en alto. Buscó ansioso a la intrusa, pero no la encontró. Molesto Rosendo, arrojó la escoba y regresando al lecho, recordó lo dicho por la abuela: El arribo de una mariposa oscura a esa hora, es un anuncio trágico, lo más probable es que ronde la muerte de él o de un allegado.
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Viejo barbudo de dibujos animados con escoba de doble cara |
“¿Morir yo?”, pensó meditabundo. Hasta entonces pensaba que la muerte podría llegar hasta su vecino, pero nunca ingresar a su casa habitación. Era inconcebible. Rompiendo con esos malos presagios se dispuso a descansar y justo cuando se disponía a cerrar sus párpados, la mariposa regresó, apareció como por sortilegio flotando en el ambiente. Durante algunos segundos permaneció suspendida en el techo como observándolo con detenimiento, quizás armando el zarpazo.
Se incorporó tembloroso y maldiciendo se armó nuevamente de la escoba. Regresó al cuarto con cautela, caminando en la punta de los pies, buscando que la intrusa no lo detectara. Cuando estuvo en el centro del cuarto, levantó su mirada ansiosa poco a poco. La mariposa negruzca n0 estaba, una vez más había desaparecido sin dejar rastro.
Temeroso se sentó en el borde del camastro, pensando que la mariposa era un fantasma que tenía la destreza de aparecer y desaparecer, sin dejar rastro. Musitó por entre los dientes un par de oraciones, pidiendo que los fantasmas se fueran y no lo atormentaran. Lo hizo con pánico, metido sobre la gruesa sobrecama color lila. Quieto con los ojos entrecerrados quiso llamar sueño, pero le fue imposible.
Comenzó a lloviznar. Era menuda y melancólica. El techo dejaba escuchar el ruido monótono al correr por el tejado de su modesta casas habitación. Desde la penumbra, miró a su alrededor, cerciorándose que estaba solo, y pensando que la lluvia apartaba la maldita mariposa oscura, intentó conciliar el sueño. Pensando en su madre que hacía una década había fallecido en el mes octubre, recordó que durante el funeral hacia la media noche había llegado un ejército de mariposas de diversos colores y tamaños, revoleteando sobre el féretro durante algunos minutos. Sorprendidos los asistentes al velorio, perdieron por algunos segundos la pronuncia, petrificados presenciaron la escena con horror. Una vez se marchó el ramillete multicolor de mariposas, los presentes recuperaron el habla, el don de la palabra.
El recuerdo fue nítido, transparente y oceánico. Metiendo su rostro en el cobertor, quiso dormir, consiente que ya era de madrugada. Sin embargo, cuando menos pensaba volvió la mariposa. Recorrió el cuarto en un santiamén, describiendo figuras caprichosas y obscenas. Estuvo unos instantes sobre su cabeza, inmóvil y taciturna. Con la respiración alterada, Rosendo dejó escapar un grito lastimero, el cual salió por el alar de la casa, recorrió la solitaria callejuela. atravesó el parque en diagonal, subió por la avenida, cruzó la catedral, el Palaci0 de Justicia, el parque de la música desapareciendo en las oscuras aguas del río Cutucumay.
Derrotado Rosendo se mantuvo estático con los ojos abiertos, que parecían salirse de las cuencas, sin saber qué decir y hacer. Había perdido la batalla.
Fin
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