lunes, 19 de noviembre de 2018

Persistir en la lucha por la paz con justicia social

Por Nelson Lombana Silva                                        

Hace dos años se firmó el acuerdo de paz entre la entonces guerrilla de las Farc – Ep y el Estado Colombiano. Un acuerdo que partió la historia de Colombia, por cuanto se suponía que la violencia, el terrorismo de Estado se proscribía y la ciudadanía colombiana entraba en un escenario distinto en cuanto a la forma de resolver la lucha de clases y las contradicciones en un estado capitalista.


No era la revolución, ni que la oligarquía se volvía buena por sortilegio o automáticamente. Era un acuerdo marco para dirimir las contradicciones sin el aturdidor traqueteo de las ametralladoras y el estallido de las bombas hasta de 80 y más arrobas.

A pesar de la sempiterna desinformación mediática, casi por intuición, el pueblo respaldó la iniciativa y con gallardía defendió los intentos de la extrema derecha enclaustrada en el partido de la muerte, el Centro Democrático, de hacer trizas dicho acuerdo, ampliamente avalado por la comunidad internacional.

¿Qué hay dos años después? El pueblo sigue pensando que el camino de la paz es el correcto para dirimir las diferencias. Sin embargo, el signo de la violencia no para, persiste el terrorismo de Estado en el campo y en la ciudad de esta república sudamericana. Diariamente viene cayendo líderes en distintas áreas del conocimiento vilmente asesinados. Incluyendo, casi un centenar de ex combatientes.

El acuerdo sigue metido en la nebulosa. Son muy pocos los que pueden hablar con autoridad y solvencia intelectual de dicho acuerdo. El grueso del pueblo se ha quedado con la versión acomodada de los pulpos económicos y los grandes consorcios informativos. La gente opina en bien o en mal, sin elementos claros, por cuanto no se conoce en profundidad la naturaleza de este tratado que la guerrilla fariana le logró arrebatar a esta rancia y criminal oligarquía colombiana, después de 50 años de heroica lucha y resistencia.

Para los abogados, este acuerdo es completísimo y valiosísimo que no se ha logrado dimensionar en sus justas proporciones. Un acuerdo que al ejecutarse en su totalidad y tal como se aprobó originalmente podría sentar las bases sólidas de una verdadera democracia, con profundo respeto por la vida humana, los derechos humanos, la naturaleza, la soberanía nacional y el respeto por los demás países hermanos del área y del mundo, en cuanto a la libre autodeterminación, es decir, sin injerencia de ninguna naturaleza.

Lo grave e insólito, por cierto, es que sin conocerlo el pueblo en su totalidad, hay toda una contraofensiva de la clase dominante por hacerlo inane, para que lo pactado no se cumpla, por cuanto el objetivo único de esta oligarquía era quitarle las armas al pueblo insurgente.

Los conceptos de verdad, justicia, reparación y compromiso de no repetición solamente quiere comprometer de patas y manos al movimiento insurgente. Como quien dice, la guerrilla fue la única responsable de 50 años de violencia, la que debe confesar, la que debe pagar y sufrir las sanciones pertinentes.

En esas condiciones ventajosas que nada tiene que ver con la realidad histórica acerca de este conflicto, resulta muy difícil aclimatar la paz y la convivencia entre los colombianos y colombianas. Es como si la guerrilla hubiera peleado “yo con yo” y todos los demás actores victimarios fueran víctimas.

En ese duro rife rafe en el cual se debate el acuerdo, entre el pueblo y la burguesía colombiana (por cuanto vale decir, que el acuerdo no es gobierno – ex guerrilla, sino Estado – Pueblo), el pueblo debe asumir una posición activa y la manera más elemental de asumir tal postura es conociéndolo al derecho y al revés, como se suele decir popularmente. Nadie respalda algo que no conoce.

Es loable el esfuerzo que viene haciendo el partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC), porque el pueblo en su conjunto conozca completamente el acuerdo con todos sus incisos. Su tenacidad para moverse en la adversidad, ciertamente resulta admirable, pero no es suficiente, se hace necesaria una estructura orgánica mucho más nacional para cumplir completamente el objetivo.

Al parecer toda priorizar, pues no se puede abarcar el país en su totalidad. No hay ni la infraestructura, ni el recurso económico, ni el número necesario de personas para tan quijotesca labor.

Se debe priorizar en el sector urbano, sobre todo en las grandes urbes, donde el conflicto se vio más por televisión que sufrirlo realmente en carne propia. Allí, es donde está más enraizado el analfabetismo político de las verdaderas causas del conflicto social y armado que duró casi 50 años. El grueso del pueblo sigue repitiendo el discurso mediático de que la guerrilla era terrorista, narcotraficante y violenta sin causa.

De igual manera, esta actividad pedagógica no puede ser exclusividad del partido FARC, le compete a la izquierda o las izquierdas despojarse de ese discurso ambivalente y a veces vergonzante, para asumir esta pedagogía con decisión y en primer plano en sus agendas. Incluso, los que posan de demócratas están obligados ética y políticamente a asumir su difusión por cuadras, barrios, calles y avenidas.

La disputa es esa. No hay términos medios: O es la paz o es la guerra. Una gran dificultad que tenemos es que el país está tomado por la oligarquía más descompuesta y lumpen; es esa oligarquía que se ha forjado uniendo el paramilitarismo y el narcotráfico. No es un secreto que las instituciones del Estado están tomadas por la mafia y el paramilitarismo. Un paramilitarismo “encorbatado”, “educado” y “culto”, que actúa a solapadamente.

El desafío es grande. Hay que insistir y persistir con decisión y conciencia de clase. La táctica es la unidad. Una unidad cada vez más grande, más consecuente y más decidida. Tenemos que impedir que la burguesía que representa Iván Duque Márquez, se salga con la suya. No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista. Manos a la obra.

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