jueves, 26 de octubre de 2017

El gobierno debe parar la racha de asesinatos en Colombia

Por Nelson Lombana Silva

Mientras el gobierno nacional, fiel representante de la oligarquía colombiana y el imperialismo norteamericano, insiste en subvalorar el crudo genocidio contra el pueblo colombiano y los medios adictos al régimen capitalista guardan cobarde y pusilánime silencio, los distintos sectores populares, campesinos e indígenas de esta república sufren en carne propia la carnicería humana programada desde las alturas del poder político y económico en este país sudamericano.


Todo indicaría que es un siniestro plan encaminado a sembrar el terror entre el pueblo colombiano con el fin de amilanar la verdadera oposición y de paso quitarle imagen a la izquierda, especialmente al partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC).

Seríamos demasiados ingenuos si pensáramos que la masacre de seis campesinos y más de cincuenta heridos en el departamento de Nariño, es simplemente el accionar de unos policías aisladamente, unas pocas frutas podridas, que con solo quitarlas se resolvería el problema de terrorismo de Estado que vive Colombia.

Lo mismo dijo el gobierno de Colombia de Virgilio Barco Vargas durante el cruel genocidio contra la Unión Patriótica. Ya Julio Cesar Turbay Ayala había dicho cínicamente en Inglaterra que el único preso político en Colombia era él.

La constante es la manera cínica como los gobiernos del régimen le mienten al pueblo y a la comunidad internacional, a punta de mentiras ni si quiera bien elaboradas, persisten en la cruel tesis de invertir los valores, de tal manera que las víctimas son victimarios y los victimarios víctimas. Es decir, el gobierno es el bueno y el pueblo resulta ser el malo.

Dicha mentira la repiten las hordas mediáticas hasta el cansancio que el pueblo completamente alienado en forma maquinal termina repitiendo tamaña desfachatez  con qué ímpetu.

Y mientras el gobierno de dientes para afuera habla de paz, todas sus acciones son de guerra. Aprueba un salario mínimo de hambre, dispara el presupuesto militar en varios billones para el año entrante, disminuye renglones sociales como salud, educación, cultura, ciencia y deporte. Hace caso omiso a las siete bases gringas en territorio nacional, incluso, algunos hablan que son 21 y más. El paramilitarismo sigue campante haciendo fechorías, la corrupción alcanza índices dramáticos y la politiquería impulsa partidos de la muerte como el Centro Democráticos o candidatos de terror como Germán Vargas Lleras.

Para completar el sainete se anuncia entrenamientos conjuntos entre militares gringos, de Brasil, Perú y Colombia en la zona de la amazonia, justamente región cercana a la hermana república bolivariana de Venezuela. El despilfarro es inmenso en estas infelices prácticas. Sin embargo, eso no es tan preocupante como la tendencia de convertir a Colombia en escenario para agredir a otros países y pueblos hermanos por orden expresa de los Estados Unidos.

Colombia es un polvorín debido a su falta de independencia y de dignidad nacional, es una marioneta de los Estados Unidos, que se mueve peligrosamente al vaivén de la mente calenturienta y enfermiza de Donald Trump. La paz internacional pende de un hilito. Imagínese un demente cuidando un arsenal bélico nuclear.

Sin embargo, el pueblo no se puede inmovilizar por el pánico y el terrorismo de estado, debe hacer ingentes esfuerzos por movilizarse en masa, con decisión y conciencia de clase. En esa dinámica debe asumir papel de primer orden las izquierdas, prodigándose a fondo en torno a la unidad. No es tiempo para pequeñeces y discusiones bizantinas. Hay que actuar ahora, antes que sea demasiado tarde. Los violentos no pueden ganar la partida, la debe ganar por amplio margen los pacifistas y los partidarios de la paz con justicia social. Hay que persistir, pero ya. 

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