Por Nelson Lombana Silva
Fidel Castro Ruz es un imprescindible que se mantiene vigente con su pensamiento honesto y revolucionario animando la lucha contra el salvaje capitalismo. En un rincón de la ciudad musical de Colombia, Ibagué, hay un organismo celular que lleva su nombre. Los fundadores de este organismo, conocedores de la obra revolucionaria y de su vida transparente, decidieron llevar el nombre de tan emblemático y caracterizado revolucionario de talla mundial.
Nació el 13 de agosto de 1926 en Birán, al oriente de Cuba. Sería imposible en una nota escrita a vuelo de mariposas amarillas, destacar su regia personalidad, su lucha y su obra. Sin embargo, podría decirse que Fidel nos legó la certeza de que los sueños se conquistan defendiendo a capa y espada las ideas de libertad y justicia para todos y todas. Demostró con creces que el internacionalismo proletario es una actitud que nos debe distinguir y caracterizar. Demostró con claridad y transparencia que el Socialismo es el único camino para salvar a la humanidad del abismo protuberante y siniestro que nos ofrece el capitalismo. Demostró claramente que Socialismo es vida, esperanza y sueño diáfano para todos y todas, sin privilegios de ninguna naturaleza.
Fue uno de los primeros en develar que la globalización neoliberal significaba el gran imperio de la muerte para el pueblo y la opulencia para unos cuantos. Era de alguna manera la consolidación del gran imperio de la muerte, la destrucción y la miseria.
Fue el primero en advertir con claridad meridiana que la lucha por la defensa del medio ambiente y la misma especie humana, es también una batalla por el Socialismo, por cuanto demostró que Socialismo significa vida, mientras el capitalismo significa muerte y destrucción. Afirmó categóricamente que la ciencia debe estar al servicio de la humanidad. También señaló sin ambages que la unidad de los revolucionarios es más importante que cualquier otra cosa. Nada nos debe dividir, porque lo fundamental es la unidad.
A cien años de su natalicio del heroico comandante, líder, estratega, estadista y revolucionario, resulta válido reflexionar sobre nuestro quehacer revolucionario. No cae mal un análisis crítico y autocrítico de nuestro comportamiento revolucionario y comunista. En esa dinámica por qué no aceptar que Fidel es una escuela perenne de aprendizaje, que estamos obligados a ser más autocríticos que críticos, proponiendo el fortalecimiento del Partido Comunista hacia adentro y hacia afuera. Alejar de su estructura el oportunismo, los brotes de corrupción y todo aquello que atente contra la unidad y la acción revolucionaria. Qué hermoso poder decir con el pueblo cubano: “Yo también soy Fidel”.
Solo un Partido Revolucionario y Organizado, preocupado por el estudio permanente, el análisis continuo, la prevención, tener la capacidad de escuchar con atención el murmullo del pueblo, actuar con audacia y honestidad, puede considerarse auténticamente revolucionario, lo demás es imitación, clásico oportunismo. Indudablemente, Fidel fue un dirigente trabajador incansable, un estudiante permanente de la actualidad cambiante, un orador formidable que movía multitudes, un estratega a toda prueba, un hombre humano, demasiado humano.
No es fácil ser comunista. Un comunista no se hace de la noche a la mañana, ni se hace en las direcciones, un comunista se hace en la célula combinando adecuadamente la teoría marxista con la práctica permanente. Ojo con esos “comunistas” que llegan por la mañana y por la tarde, son miembros de dirección. El comunismo es el más elevado ideal de la sociedad que implica humildad, sencillez, formación, práctica, solidaridad, firmeza ideológica y política, cultura y firme convicción del futuro con amplia capacidad de asombro. Ese nos lo enseñó Fidel con grandeza y claridad meridiana. Ojalá algún día nosotros también podamos decir: “Yo también soy Fidel”.

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