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| Celmira Romero. Foto: cortesía |
La voz dulce y taciturna de Celmira escuchada en el auricular ayer, me emocionó demasiado. Por un momento pensé que era un sueño. La conocí hace muchos años trabajando en Bogotá, oficina de Reiniciar, atendiendo a los desplazados por la violencia y el terrorismo de Estado, en el marco del genocidio contra el Partido Comunista y la Unión Patriótica. Una mujer menuda, quemada por las vicisitudes del desplazamiento tétrico. Su mirada de gaviota, se relacionaba con nuestra angustia a través de un gesto humano, sí, demasiado humano. Era complaciente con los que arribábamos de la provincia que poco y nada sabíamos de la metrópoli. Ella tampoco era de la ciudad, padecía en carne propia el cruel desplazamiento, las afugias de un sistema capitalista criminal, sistema depredador por excelencia, que poco y nada le interesa la dignidad humana.
Siempre estaba presta a dar una orientación con el fino carisma del campesino, que no miente, ni exagera, simplemente cuenta la verdad a toda costa. Las secuelas de los distintos planes del régimen para asesinar al pueblo consciente y humilde, se leía perfectamente en su rostro quemado por el sol. Su trabajo era monumental, oceánico, sin embargo, conservaba inalterable el buen trato hacia el peregrino asustado y urgente de solidaridad. Lo hacía con amor, con ternura, con afecto, con espíritu revolucionario.
Un día volví a la oficina únicamente a agradecer la solidaridad de Reiniciar y la especial deferencia de Celmira, animado por la gratitud. No la encontré. Se había marchado al exterior. El hostigamiento del enemigo de clase había aumentado en grado sumo. Con el corazón arrugado tuve que regresar, pensando en el nuevo momento de vida de Celmira. Conocí por otras fuentes que allí, en algún país europeo se había instalado, convirtiendo éste en una nueva trinchera de lucha revolucionaria. La primera línea fue la solidaridad, la segunda la denuncia y la tercera la convicción en la fuerza formidable de las ideas socialistas. Nunca perdió la moral revolucionaria.
Por eso, al escucharla ayer sentí mucha alegría. En los últimos años se había perdido todo contacto. Con la voz entrecortada, me dijo que había perdido a sus padres en enero, que era un dolor profundo por lo que ellos le enseñaron a amar el pueblo y luchar por su emancipación. A la memoria de ellos, he continuado la lucha sin flaquear.
A renglón seguido abordó el tema político sin ambages y quizás con más madurez: “Nos robaron las elecciones, dijo, nos impusieron un gringo en la presidencia de la república, que solo piensa en agradar a Estados Unidos, exactamente a Donald Trump”. Dijo que el plan de recolonización era monstruoso para este continente americano. “Le esperan días muy dolorosos para Colombia”. Sin embargo, dijo con claridad y firmeza que la respuesta del pueblo tenía que ser la unidad, la combatividad, la resistencia y la lucha cada vez más organizada.
Por supuesto, que se lamentó por el sismo que sacudió primero a la hermana República Bolivariana de Venezuela y después a Colombia. Dijo algo que me sorprendió y me puso a pensar: El señor Abelardo de la Espriella Otero, da la sensación que él sabía lo que iba a pasar. Su comportamiento no es de un humanista, es de un cruel politiquero que en su locura no permite ayudas de países como Méjico, China y otros. Creo que eso sucede por primera vez en Colombia, cuando la solidaridad no tiene fronteras, ni colores políticos, ideológicos o religiosos. Hay algo que me genera sospecha e inquietud.
Antes de despedirse, preguntó por el camarada Alirio Urrego Mesa. Al informarle que estaba con vida y leyendo el semanario VOZ La verdad del pueblo, expresó alegría y esperanza. “Hágame el favor y me lo saluda”, dijo.

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