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Por Nelson Lombana Silva
La mamá adoptiva hace todo por su hija adoptiva. Vibra con ella. Le dispensa todo con sus limitados recursos económicos. Se saca gustosa el bocado de su boca para compartirlo. Mientras estuvo totalmente indefensa, ella estuvo a su lado, día y noche, en una verdadera consagración franciscana.
Cuando ya creció y fue a la escuela, regresó a la entraña de la mamá biológica. La cruda decisión la asumió con serenidad. “Se va – dijo – pero la sigo considerando mi hija, no solo de palabra sino de acción. Es consciente que el amor se refleja en acciones, no simplemente en palabras vacías de contenido, porque considera que éstas se las lleva el viento, en cambio las acciones concretas no, perduran en el tiempo y en el espacio.
El cambio de hogar y la misma distancia, no han sido impedimentos para estar pendiente de “su hija” con los libros, los cuadernos, los uniformes, los paseos, las presentaciones, un consejo a tiempo, etc.
¿Cuál ha sido el comportamiento de la “hija” que ya atraviesa los dieciséis años y cursa el once grado de enseñanza media? Regular tirando a malo. No hay reciprocidad. La relación es exclusivamente económica, lo demás no interesa en la conciencia de la joven.
Sería interminable los casos ejemplares. Solo me detengo en el más reciente. Tenía que trasladarse a la capital de provincia a presentar los exámenes del ICFES. ¿Quién pagó los gastos de pasaje, comida e incluso, hospedaje y cosas adicionales como el reloj de pulso? Pues ella, buscando y rebuscando en sus menguados ahorros. Ella, es una mujer de trabajo. Ama el campo. Le gusta tener animalitos de uno y otro género. Está rodeada de vecinos maravillosos. Siempre está dispuesta a compartir, desde una charla hasta un favor, un tinto, un almuerzo, un pedazo de pan a cambio de nada. Es una auténtica campesina que siempre está dispuesta a compartir lo mejor no lo que sobra.
Al enterarse que viajaba con sus compañeros de grado, sin la presencia de un familiar, haciendo malabarismo suspendió sus actividades para acompañarla y de paso saludar a la familia. Pero, la joven estuvo distante. Mantuvo pendiente de sus compañeras. Solo acudía a ella a pedir dinero.
Lo grotesco se presentó al regreso al punto de partida. La cansada madre adoptiva, le pide que regresen en la buseta de las siete de la mañana. La respuesta hosca y cortante fue que no se regresaba con ella, sino con sus amigas y amigos. “Es que tengo cuatro maletas para llevar”, dijo en voz baja. “Yo no me voy a las siete, me voy a las diez con mis amigas y amigos”, contestó nuevamente, subiendo el tono de su voz. Guardó silencio. Bajó la mirada. Cambió de tema. Su cansado rostro se llenó de resignación. La suerte estaba echada y de qué manera.
La familia es lo primero
No es un caso único y singular. Por el contrario. Es la constante en la sociedad capitalista. Es el pan nuestro de cada día. ¿En quien descargar la culpa y la crítica? ¿En la joven? ¿En la mamá biológica y/o en la misma adoptiva por complaciente? ¿En las personas que la rodean? ¿En sus buenas y “malas” compañías? ¿En su falta de gratitud?
Alguien planteó algo así como que el niño nace sano y la sociedad capitalista lo corrompe. Ahí, podría estar el génisis que explicaría el comportamiento de la joven de subvalorar la familia y sobredimensionar a sus amigos y amigas. Si la cosa es así, ni las mamás ni la joven tendrían la culpa, en realidad también serían víctimas del modelo sistémico.
El capitalismo todo lo ha cosificado, lo ha vuelto mercancía. Las relaciones humanas y familiares también han sido permeadas por el sistema. Dicho sistema se guía por el dios dinero. No me importa más. Incluso, se ha deteriorado tanto que no me interesa su procedencia. Como diría Nicolás Maquiavelo: “El fin justifica los medios”. La joven es víctima de esa cruda realidad. Por eso actúa así.
El capitalismo es violencia, egoísmo, oportunismo. La joven es producto de esa realidad sistémica. Y la sociedad en vez de irse lanza en ristre contra el sistema económico, se va lanza en ristre contra la joven usando los peores epítetos e hipérboles. Se explica por qué la joven no le importa el amor impoluto que le ofrece a diario la mamá adoptiva, solo le interesa lo que le ofrece, principalmente: Dinero.
La situación se complejiza aún más cuando la mamá adoptiva piensa que con entregarle dinero y todo lo que la joven reclama, está haciendo lo correcto, está cumpliendo con su responsabilidad. Craso error. Monumental error. La relación se mantendrá mientras fluya el dinero, cuando este no lo haga, porque se ha agotado, llegará el olvido y cuando la joven caiga en cuenta será demasiado tarde.
Hay una canción ranchera popular que canta el tolimense, Juan Carlos Zaranda, letra del maestro José Faxir Sánchez: “Quiéreme ahora”. El mensaje es querer en vida, para qué después de muerto. “Nada se siente después de muerto”, dice un verso. Hijos que solo visitan a sus padres en fechas claves, una o dos veces año. ¿Qué sentido tiene eso?
¿Cómo entender que lo más importante es el núcleo familiar? Los amigos, amigas, son muy importantes por nuestra condición antropológica y sociológica, pero lo más importante es el núcleo familiar. Debe ser lo primero, lo fundamental, lo más importante. Los padres son sagrados, hay que tenerlos en el pedestal más alto en nuestros corazones. Si esa joven entendiera el valor de los padres, no hubiera dudado: Primero mi madre que me da dinero, me alimenta, me da consejos, me ama, quiere lo mejor para mí. Los amigos, las amigas, todos y todas muy queridos, muy queridas, pero, primero es lo primero.
Se pierde la familia y se pierde la sociedad. Es el drama que estamos viviendo en la sociedad capitalista. El capitalismo en su ocaso está descompuesto: Hijas, hijos que prefieren a sus supuestos “amigos” “Amigas” de farándula y desorden que a sus progenitores.
Construir una sociedad en que la familia sea el centro, el ejemplo de amor, convivencia, respeto y tolerancia, es la gran utopía en la cual lucha a diario los comunistas de verdad. La certeza no admite vacilaciones de ninguna naturaleza: Lo más importante es la familia y punto.
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