
Presidente Gustavo Petro Urrego. Foto: Internet
Por Nelson Lombana Silva
Sin ser Comunista, Gustavo Petro Urrego, es un verdadero fenómeno político de izquierda, cuya honestidad, compromiso con el pueblo y valentía, le han permitido cumplir a cabalidad sus funciones como jefe de Estado. No hizo todo, por la férrea oposición desleal y sucia de la denominada vieja clase oligárquica, pero sí supo orientar el camino correcto para avanzar hacia una verdadera segunda y definitiva independencia. La pérdida de la presidencia en cabeza de Iván Cepeda Castro, debe asimilarse como un simple traspiés que seguramente el pueblo colombiano sabrá asimilar con inteligencia y grandeza. Ganó la mentira, la muerte y la dependencia. Sin embargo, dicen los orientales: “El mal es solo ficción, lo eterno es el bien”.
“Entré a la presidencia con una casa y una cuenta bancaria. Salgo con media casa y la cuenta bancaria embargada”, dijo el presidente Petro durante el discurso de despedida. Me pregunto: ¿Podrán decir lo mismo los otros expresidentes?
Mirar los vídeos que aparecen en las redes sociales causa aguda sensación: Mujeres, sobre todo ancianas llorando y abrazándolo, pidiéndole que no se vaya, que siga siendo presidente. Campesinos expresando que lo aman y niños abrazándolo con qué ternura. Estos cuadros parecen salidos de la entraña de Macondo.
Terminar su mandato es histórico. Se salvó de un accidente aéreo, de una emboscada o de una traición. La pericia para manejar la turbulencia lo salvó por ahora. Se mantuvo enhiesto, gigante.
El fraude electoral presentado el pasado 21 de junio, tan grande como el Aconcagua o el Everest, no es para claudicar en gigantes como Petro. Es para denunciar y templar el acero en la conciencia revolucionaria del pueblo colombiano.
Lo dice con amargura y quizás impotencia ante tanta infamia, toda junta: “El gobierno de Colombia no será de Colombia”. Abelardo de la Espriella es de nacionalidad gringa, vox populi, todo el mundo sabe que no puede posesionarse, menos los que tienen que decidir porque se hacen los ciegos, los sordos y los mudos. Sin reproche y menos colorearse, miran para otro lado.
Con la certeza de quien conoce la dinámica de la cosa pública y la vida procelosa del ilegal nuevo inquilino de la Casa de Nariño, Abelardo de la Espriella, Gustavo Petro Urrego pronuncia una frase lapidaria, terriblemente realista: “El próximo presidente será sirviente de Estados Unidos”. ¿Quién podría decir lo contrario? Claro, a excepción de los analfabetos políticos y despistados colombianos y colombianas que, por el ansia de cien mil o doscientos mil pesos y alienados por las religiones y los medios de comunicación, se amarraron la soga al cuello, votando por el desalmado abogado de la mafia.
Sin rodeos, con contundencia y visión política, advierte que la Soberanía Nacional se perderá con Abelardo de la Espriella. Es directo: “Colombia perderá la Soberanía Nacional a partir del 7 de agosto de 2026”. Es una realidad palpable. Basta leer las recientes declaraciones de Marco Rubio y compañía: Vamos a instalar más bases militares de Estados Unidos en Colombia para enfrentar el narcotráfico. Es la disculpa, la supuesta justificación para invadirnos militarmente, cuando todo mundo sabe que los principales narcotraficantes son los Estados Unidos. Quizás los únicos que no saben son los alienados por religiones y analfabetos políticos y, son desgraciadamente, los que más van a recibir el impacto represivo del imperialismo norteamericano. Al pueblo en el capitalismo nunca le toca, parodiando al escritor colombiano costumbrista, Álvaro Salom Becerra.
¿Se rinde? ¿Se amedrenta? ¿Busca escape? ¿Pide clemencia? Jamás. Gustavo llama a la resistencia, a la desobediencia civil, a la unidad, a la organización y desarrollo del pueblo y del Pacto Histórico. Es claro y nítido al decir con seguridad: “Toca dar el segundo grito de independencia”. Como quien quiere decir: “La pelea es peleando, un hombre puede ser destruido, pero nunca acabado”, como dijo algún pensador.
Ante cualquier bellaquería de este agente de la CIA, movilización, huelga general, presencia viva en las calles de hombres y mujeres, jóvenes y adultos. La unión hace la fuerza. Es el grito vivo que lanza también los comunistas desde la hermosa ciudad de Colombia, Ibagué.
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