miércoles, 8 de julio de 2015

“Ese discurso se lo hizo un Comunista”


Por Nelson Lombana Silva

El municipio de Anzoátegui, Tolima, se encuentra en la cumbre de una de las estribaciones de la cordillera de los Andes, cerca de la ciudad musical de Colombia, Ibagué, la gran capital del hermoso departamento de Tolima.



Era una población liberal pero la violencia inventada por la oligarquía en cabeza de Mariano Ospina Pérez, Laureano Gómez, Alberto Lleras Camargo, Carlos Lleras Restrepo, entre otros, la transformó en conservadora. A sangre y fuego, se impuso la ideología falangista conservadora con ímpetu borrascoso y apocalíptico.


Desde entonces el pueblo se ha desenvuelto entre la zozobra de la violencia bipartidista, la religiosidad, la politiquería, el consumo desaforado de licor y últimamente al parecer el consumo casi generalizado de alucinógenos a la vista de todo el mundo, especialmente de las autoridades. El pueblo está manga por hombro, según comentarios callejeros.


Por esa realidad inexorable, he transitado con estoicismo soñando con un cambio, el cual no puede provenir de las alturas, sino de las entrañas del pueblo campesino. Tengo la ilusión utópica quizás de que un día de estos la comunidad dirá basta y asumirá soberanamente el poder político para colocarlo al servicio del colectivo y no en función de unos cuántos avivatos que se lucran con el analfabetismo político de los campesinos y las campesinas. 


Los estudios secundarios los hice en este municipio, en el colegio Carlos Blanco Nassar. Carlos Blanco Nassar fue un profesor admirado entre la comunidad anzoateguiense por su rigidez. Diría sin ambages que no fue propiamente admirado sino temido. Su rigidez al parecer rayaba en la concepción militarista y religiosa. “Inspiraba miedo”, diría Ricardo Elías Hurtado Melo, ex rector de esta institución con la franqueza que le caracterizaba, durante pláticas informales al calor de un tinto o una cerveza.


Cursaba creo el noveno año (1981), cuando el profesor de religión, el padre Roberto Londoño Botero anunció que en el mes de octubre llegaría el arzobispo José Joaquín Flórez Hernández en misión pastoral. De una vez me comprometió para que hablara en nombre de la juventud anzoateguiense. Aquello me impresionó mucho. “Tú eres muy inteligente”, me dijo con su vocecita grave afeminada. Mi timidez y mi falta de conocimiento para dimensionar esta responsabilidad me llevó a aceptar casi sin vacilar.


“Escribe y yo te corrijo. Recuerde que no debes tutear, debes utilizar palabras como excelencia”, me dijo. Elaboré algo después de dar mil vueltas y le presenté el texto, pero me lo rechazó casi en su totalidad. Insistió en utilizar metáforas, frases bonitas pero vacías de contenido y nada de tutear. Molesto decidí no presentarle más textos. Cada que me hacía referencia le salía con alguna evasiva. Me mantuve en esa línea.


El pánico de tener que hablar en público me horrorizaba. Tenía pesadillas y pensaba permanentemente. “No se vaya a asustar de ver tanta gente”, me dijo en varias oportunidades. Siempre le contestaba con una sonrisa inventada y desértica.


La fecha llegó. Era un día espléndido con un firmamento cerúleo y un sol radiante. La feligresía colocó la bandera nacional y muchos la bandera pontificia. Algunos arcos adornados fueron instalados a lo largo del carreteable. Mi hermana Mariela preparó un desayuno opíparo. Poco a poco la solemnidad se fue tomando el poblado. Los estudiantes de las escuelas Simona Arévalo, otra docente, que también castigaba sin piedad y Jesús Antonio Lombana y el colegio se congregaron en el parque Los Fundadores, después de las ocho de la mañana. Cuando llegó el obispo la antigua plaza de mercado estaba atiborrada de público de todas las veredas de la comarca. No cabía un tinto a cucharadas.


Yo sentía que el corazón se me iba a salir al sentir que la hora de intervenir se acercaba. Qué hubiera dado para que ese punto se hubiera obviado. Cuando el maestro de ceremonia me anunció yo sentí que flotaba, viendo ese mar de ojos mirándome con expectativa y suprema sumisión. Poco a poco me abrí paso entre el público y comencé a subir las improvisadas escalerillas del tablado. El obispo permanecía inmóvil con una tibia sonrisa maquinal, mirando sin ver a la muchedumbre. Al subir la última escala el padre me abordó y me dijo en voz baja pero con mucha autoridad: “Besa el anillo del Obispo”. Me detuve perplejo y dubitativo. Aquello me parecía una broma de mal gusto. Sin embargo, saqué fuerzas no sé de dónde para contestarle con dignidad: “Eso jamás, padre”. “Qué vaina”, dijo en voz baja y se alejó. Yo pasé por un lado del levita y me dirigí al atril y sin preámbulo comencé a leer el discurso. Fueron creo dos cuartillas y media. Una vez terminé una atronadora salva de aplausos se escuchó. Eso me animó. El Obispo me dio la mano dibujando una risita maquinal, diciendo: “Muy bien”. Mi hermana Mariela me felicitó y me ofreció un suculento almuerzo. Era viernes. Por lo tanto, una vez devoré el almuerzo me fui para la finca Buenos Aires con la noticia que había hablado y que me habían aplaudido.


El domingo regresé por la tarde y mi hermana Mariela estaba que echaba chispas de la rabia. Difícilmente me dio el saludo y me ofreció un poco de agua. “¿Qué pasa?”, le dije extrañado. Me miró con furia diciéndome: “Nos ha dejado como un zapato. El padre está muy bravo y dijo que no le volvería a hablar”. Yo fruncí el ceño. “¿Por qué?”, pregunté sin salir del asombro. “Pues por ese discurso que dijo”, me contestó de mala gana. “Pero, ¿Luego usted no se dio cuenta del discurso y antes me felicitó y me dio el delicioso almuerzo con gallina?”, le dije medio turulato. “Sí me dijo, yo escuché su discurso pero no sé qué fue lo que dijo, tampoco sé por qué esta bravo el padre”.


Cogí la copia y me dije: “A lo hecho pecho”. “No me voy a guiar por los chismes – le dije ofuscado a mi hermana – voy a ir a la fuente a saber la verdad”, le dije al abandonar la casona de dos pisos ubicada en el marco del parque Los Fundadores. Crucé la distancia con firmeza. Al llegar a la casa cural golpeé la puerta metálica y esperé pacientemente. Quien lo creyera: Me abrió personalmente el cura que a esa hora revisaba las llantas de su carro parroquial. “Buenas tardes, padre”, dije con fuerza. “Buenas tardes, Nelson”, me dijo secamente. “Me dijeron que usted estaba bravo conmigo y como no soy amigo de los chismes decidí venir directamente a la fuente”. Me miró colérico. Retrocedió unos cuantos pasos y me miró casi con asombro. Entonces cambió el tono de su voz. “Cierto Nelson, dije que no volvería a hablar contigo porque traicionaste mi confianza y admiración que te tengo”. No tuve capacidad de respuesta en el momento. También retrocedí un poco. El cura reaccionó al instante y me dijo: “Dije eso, Nelson, pero considerando tu coraje para venir a responder por sus actos, te recibo”. “Aquí – le dije – traigo las palabras pronunciadas”. “Entre – me dijo – vamos a mi despacho”.


Su despacho quedaba en el segundo piso. Nos sentamos en mullido sillón, comenzando a leer el discurso. “Esto está bien, esto también, esto también, esto también, el error está en este párrafo”, me dijo. Me incliné un poco para leerlo personalmente previendo algún error de redacción o de ortografía. El párrafo decía más o menos lo siguiente: “Excelentísimo señor Arzobispo: La juventud no quiere creer en la iglesia católica porque una cosa dice y otra muy diferente hace. No hay sintonía entre la teoría y la práctica. Por ejemplo, habla de humildad pero sus pastores viven en verdaderos palacios, habla de solidaridad pero solo es de palabra, habla de justicia pero no denuncia la injusticia. ¿Cómo creer así?”.


“Este fue el párrafo que más le dolió”, insistió el cura Londoño Botero repitiéndolo. Me miró y dibujando una sonrisa leve me dijo: “Casi me pega en la sacristía. Me dijo: “Londoño esta no es la forma de recibirme. Ya me regreso. Es como yo ser colombiano y al ir a Panamá allí me digan: No quiero ser colombiano”. Metió sus manos en los bolsillos de la sotana y se paseaba furioso de un lado para otro. Yo trataba de calmarlo. Ahí, fue donde me dije: No vuelvo a saludar a Nelson”.


Tomé ánimos y me fui al ataque: “¿No es cierto esto padre?”, le dije con seguridad. Hice una leve pausa y agregué: “Mire esta casa cural y miremos las vecinas, son totalmente diferentes. Esta refleja opulencia y aquellas pobreza extrema”. El cura me miró y sin sonrojarse me dijo: “Eso es cierto, pero no debería haberlo dicho”. ¿Si no era la oportunidad para decirlo, entonces cuándo?”, le pregunté con fuerza. No contestó la pregunta. La evadió. Dijo: “Es hora de corregir el error”. “¿Cómo?”, le dije. “Muy sencillo – me dijo – haga un telegrama y se lo envía pidiéndole perdón”. Por primera vez sonreí levemente: “Padre – le dije – la biblia dice claritamente que lo escrito, escrito está”. “¿Es pecado decir la verdad? Luego, ¿Jesús no murió precisamente por decir la verdad? ¿Qué hay de calumnia?”. Tampoco contestó ningún interrogante. Dijo: “Este discurso no lo hiciste tú, este discurso te lo hiciste un comunista”. Yo tenía aún el anticomunismo vivito del padre Pablo Antonio Quitora Gómez, quien tenía un programa por los altos parlantes todos los domingos de seis a siete de la mañana llamado: “Formando un pueblo” y siempre decía lo mismo: “Dice el comunista no hay Dios, dice el comunista no hay cielo”. Era la cantaleta de cada ocho días. Por eso reaccioné asombrado: “Padre, siempre me han dicho que los comunistas son malos. Me parece que lo que digo en el escrito no es malo, es bueno porque es la verdad. Además – agregué – sin aspaviento: “Para bien o para mal yo me hago responsable de este discurso, porque es mío, yo lo escribí y me responsabilizo en su totalidad de él”.


El cura se puso en pie y gritando a la cocinera le dijo: “María, prepárate un café con leche y dos buñuelos porque vamos a seguir siendo amigos de Nelson”. Me abrazó y me dijo: “Lo pasado es pasado”. Tomé la bebida y regresé a casa con la buena nueva de que había restablecido las relaciones humanas con el párroco Roberto Londoño Botero. Entonces mi hermana Mariela volvió a reír. 

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