viernes, 10 de julio de 2015

Las propuestas son para discutir y no para eludir

Por Nelson Lombana Silva

El estrés es generalizado tanto en la clase dominante (Burguesía) como en la clase dominada (Pueblo), con sus propias características contradictorias, por supuesto. Mientras la burguesía se mueve en el agite por volverse más oligarca, más poderosa y no descansa, ni duerme, pensando en sus inverosímiles cifras astronómicas, el pueblo lucha incansablemente apenas por sobrevivir, mitigar el hambre o cubrir modestamente su desnudez sin lujo y sin privilegio.



Gabriel García Márquez, nuestro nobel de literatura, decía en cierta oportunidad que él primero aguantaba física hambre por necesidad económica y después por vanidad, por mantener la figura. Es decir, estrés por la falta de plata para comprar el alimento y después estrés por no comer lo suficiente por el miedo a perder su figura determinada por la clase dominante, exactamente por la sociedad de consumo, quien determinó que en el caso femenino las medidas perfectas son 90, 60, 90. Mujer que no tenga esas medidas, no es digna de concursar en belleza, ni jamás podrá ser feliz, supuestamente.


Todo esto sucede en una sociedad descompuesta, en una sociedad capitalista. Son los antivalores. Diría un bogotano común y corriente: “Esta es una sociedad de locos, la dinámica del rebusque es la constante al interior del pueblo, mientras la clase rica no para de buscar fórmulas siniestras para hacerse más rica, más poderosa. No descansa, no duerme”.


Muchos factores se conjugan, originando el estrés y por ahí la intolerancia. No admitir ni siquiera una propuesta equívoca, sino rechazarla sin escucharla para sostenerse en la idea de que solo su idea es genial que hay que aprobar sin discusión. Nos volvemos ogros y nos descomponemos de una manera tenaz. Las propuestas son para discutir y no para eludir. Hay que escucharlas, debatirlas, controvertirlas y finalmente, modificarlas o sencillamente rechazarlas con ideas, argumentos y cordura. Alguien dijo acertadamente: “La educación no pelea con nadie”.


Esos comportamientos son criticables porque el hombre se mueve en función social. Surge la alternativa propuesta por el guerrillero Ernesto Che Guevara: “La construcción del hombre nuevo”. Ese es el desafío. Por eso, resulta urgente acabar con las relaciones capitalistas y desarrollar las relaciones socialistas. Esto resulta ser una utopía realizable que por supuesto no se da de la noche a la mañana, es todo un proceso complejo con avances y retrocesos.


Hasta en esto aparentemente tan sencillo se pone de relieve la lucha de clases. Esta lucha no es una lucha abstracta o un invento de los comunistas, es una ley inherente al régimen capitalista, como antes fue al feudalismo y más antes a la esclavitud. El descubrimiento de estas leyes son obras del marxismo – leninismo. He ahí su mérito que dimensiona con la fórmula de superar ese estadium en busca de una sociedad sin clases, que sí es posible y se llama: Socialismo.


Por eso el comunista insiste en la tolerancia, en respetar la diversidad y persistir en la unidad. Son puntos concordantes y no divergentes. Escuchar al otro con paciencia, controvertir con ideas y sin la petulancia que lleva a creer vanamente que se es portador de la verdad absoluta. “Quien se considere tener la verdad absoluta que la ponga sobre la mesa”, dice el antropólogo Santiago Cabrera.


Persistir en la decencia y en la fuerza del argumento. Abrir la posibilidad al debate crítico y autocrítico y no enconcharnos en nosotros mismos, pensando que el otro es el equivocado. No es fácil, pero no se puede renunciar a esta utopía. Por el contrario. Hay que colocar voluntad política para que prime lo positivo sobre lo negativo, lo correcto sobre lo incorrecto, lo colectivo sobre lo individual. Respirando profundo reconociendo que el Otro también piensa, también tiene iniciativa, sueños y utopías.


Errar es de seres humanos, rectificar es de grandes con visión universal. Dicho en otras palabras: El problema no es cometer el error, el problema es insistir en él por simple orgullo o analfabetismo político. ¡Viva la unidad!


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