domingo, 25 de enero de 2026

Vacaciones lluviosas con sabor (A manera de crónica)

Calle central del municipio de Anzoátegui, Tolima. Foto Nelosi

Por Nelson Lombana Silva

El calor mágico que genera las vacaciones fue suavizado por la lluvia de principio a fin. Tan pronto cerré la biblioteca, el 30 de diciembre, después de las dos de la tarde, comenzó a llover. Villa Restrepo fue ensopado de lluvia transparente y gélida, dándome la despedida con reverencia. No tuve tiempo ni de emocionarme, ni de echar una última mirada al centro cultural más importante de este corregimiento, perteneciente al municipio de Ibagué (Tolima). Cuando abordé la camioneta blanca, sus vidrios polarizados estaban húmedos y gotitas resbalaban melancólicas por el parabrisas.

No estaba lloviendo en todo el Cañón del Combeima. Dos kilómetros abajo de Pastales la carretera no estaba húmeda. El vehículo se deslizaba normalmente. La primera etapa era llegar a la secretaría de cultura para entregar las llaves. La segunda etapa, era recoger a mi hermana Mariela,  su esposo Edilberto y mi sobrina Yormari. Al abandonar la ciudad musical, volvió la lluvia hirsuta, la que nos acompañó gran parte de la llanura. En el Cruce de Palobayo, dejamos la vía central y comenzamos el ascenso por una carretera estrecha y en precarias condiciones con el pavimento seriamente deteriorado y bastante rastrojo al lado y lado de la vía, sin las señales de tránsito a la vista del conductor, quien con verdadera pericia conducía la camioneta.

El diálogo en el interior del vehículo no era muy fluido. De vez en cuando alguna remembranza efímera que rápidamente se diluía en la introspección de cada viajero. Al parecer, cada quien hacía sus propios cálculos y proyecciones, seguramente acerca del año que languidecía a velocidades insólitas. Quizás, lo más destable fue el comentario pueril del esposo de mi hermana, que había tenido la oportunidad de asistir a una sesión de espiritismo por accidente, con todo el teatro incluido y que le había producido bastante hilaridad contenida. Aproveché para comentar que me había tocado ir a un consultorio de San Gregorio a traer medicamentos para mi hermano Cristóbal. El teatro me impresionó. Era joven campesino sin experiencia para entonces.

La “médica”, una mujer joven y elegante, me escuchó atenta el mensaje que portaba. Me miró con sus ojos redondos color miel y sin anestesia me preguntó: “¿A ti no te da miedo hablar con muertos?” Quedé de una sola pieza. No sabía qué contestar. Todavía creía en fuerzas sobrenaturales y todos los demás cuentos que la iglesia católica impuso en el continente con base en mentiras y violencia desalmada. Quise decir que sí me daba miedo, pero pensando en mi hermano dije que no.

Nervioso, pálido y tembloroso, me condujo a un pequeño cuarto donde había un altar en honor a San Gregorio. Muchas flores y velones alrededor del busto. Había una mesita y dos asientos. Me hizo sentar en uno y pasándome un papel y un esfero, me dijo que hiciera todas las preguntas y pidiera la fórmula. Sin entender muy bien por el pánico, le dije que bueno. Ella se acomodó en el otro asiento y entrecerrando los ojos pronunció una serie de oraciones que no entendí muy bien, pues estaba pendiente del papel y del esfero.

Pasados algunos minutos, dos o tres, la miro de reojo y veo que se va poniendo pálida, lívida y como descompuesta. Pensé que le había sobrevenido un paro cardiaco. “¿Está bien, doctora?”, le pregunté. “Calla, me dijo, estoy en trance”. Por supuesto que no entendí qué me quería decir, pero callé porque me lo dijo en tono de regaño. De pronto el altar se estremeció. Fue un movimiento fuerte. Algunos velones estuvieron a punto de caer. Quedé literalmente paralizado. “Buenas y santos días”, dijo la doctora. Turulato no sabía qué contestar. No recuerdo las palabras exactas, pero entendí que me preguntaba qué quería.

“Doctora, mi hermano está muy enfermo al parecer de artritis. ¿Qué me recomienda?” Me hizo otras preguntas que no entendí muy bien. Escriba. Fue tanto el susto que muchas palabras no pude escribir y otras las escribí a medias. Creo que me preguntó: “¿Algo más?” “No señora”, le contesté. La “doctora” se mantuvo unos segundos más con las manos crispadas y pálida. Después, poco a poco fue abriendo los ojos y el color de su piel lo fue recuperando. Algunas gotas de sudor resbalaban por sus mejillas. “¿Cómo te fue?”, me preguntó poniéndose en pie.  “Bien, pero no entendí muy bien algunas palabras, ¿Me puede hacer el favor de repetirlas?” “Entienda una cosa, me dijo, acomodándose en su escritorio, usted no estaba hablando conmigo, usted estaba hablando con San Gregorio. Yo simplemente fui el instrumento. Por lo tanto, no sé qué hablaron y qué le recomendó como fórmula”. Más desconcertado quedé. Solo atiné a contestar: “Bueno señora”. Cogí el papel fórmula, pagué, no recuerdo cuánto, y salí disparado, pensando que nunca volvería.

Allá está el pueblo

Al cruzar el Alto de Juntas, divisamos el caserío encaramado en la cresta de la estribación de la cordillera Central. Sobre él neblina grisácea y espesa. Sentí un estremecimiento glacial. La nostalgia me estremeció de pies a cabeza. No hay momento más emotivo que volver a la tierrita, los recuerdos reverdecen a borbotones. Pensaba que era sábado. Y como se trataba de cruzar el pueblito de un extremo al otro, sugerí que lo hiciéramos por la calle muerta, hoy calle del Ecuador. Nadie contestó nada al instante, lo que comprendí que todos estaban de acuerdo. El vehículo no hacía pausa. Medio adormilada, mi sobrina dijo sin mucha convicción: “Hoy el centro no está atiborrado de carros y motos”. La miré por el espejo retrovisor. “Eso ocurre los sábados, los domingos y días festivos. Hoy es martes”.

Efectivamente, el centro estaba literalmente solitario. Uno que otro vendedor parado en el marco de su negocio, miraba silencioso la calle solitaria, rogando que un alma se arrimara a comprar algo para bajar bandera. Pensaba encontrar alegría desbordante en la gran víspera de la culminación y el advenimiento del siguiente año. No fue así. Tuve la sensación que los habitantes estaban de espaldas al holgorio. Un solecito tierno, el de nos venados, se filtraba por entre la densa nube negruzca. La camioneta paró la carrera en el barrio Tres Esquinas. Los ocupantes descendieron y con sus maletas al hombro, desaparecieron, dando las gracias. “Yo, les dije, me voy para la finca Buenos Aires”.

Despaché al conductor de la camioneta, agradeciéndole el transporte y deseándole un feliz año siguiente al lado de su familia. Lo vi alejarse presuroso. Me eché la maleta al hombro y entré a un negocio a comprar el presente para mi hermana Argelis y mi hermano Gustavo que me esperaban en la finca. Esperé a mi sobrina Blanquita interesada en saludarme, una joven agraciada de piel blanca y de fina locuacidad. No demoró. Conversamos animadamente. “Mire, tío ese encanto de mujeres que vienen allí”. Señaló con el índice. “Una para ti y otra para mí”. Celebré la ocurrencia con una carcajada. Me acompañó un trecho de camino, comentando los últimos sucesos del pueblo. En la partía nos despedimos con la esperanza de encontrarnos al otro día con su mamá en la vereda La Bandera, para despedir el viejo y recibir el siguiente año en comunión familiar.

Descendí por la pendiente, por un camino amplio disfrazado de carretera entre oscuro y claro. Apuré el paso. El escándalo bullicioso de mi hermana al verme llegar, alertó a mis hermanos, quienes expresaron su regocijo. En la vetusta casa centenaria dormimos cuatro hermanos: Argelis, Gustavo, Abel y el suscrito, un tontico llamado Flauta, que hace más de veinte años mi hermana le da posada, le lava la ropa y le ofrece alimento, en cumplimiento del versículo bíblico que dice da de comer al hambriento, posada al peregrino, ropa al desnudo. “Este es su cuarto”, dijo mi hermana después de cenar. Dormí como una foca.

La víspera de año nuevo

Me levanté después de las nueve de la mañana con un firmamento encapotado, pero sin preludio de lluvia. A raticos asomaba el astro rey, nos miraba y se opacaba, se perdía entre las nubes. Mi hermana tenía miles de actividades pendientes. Tenía un trabajador recolectando café, tenía que ir dos veces al pueblo, tenía que preparar el almuerzo. Argelis es bajita, delgada, pero de un filamento increíble, un corazón oceánico. Todo lo hizo entre risas y comentarios de sus propias experiencias. Después de las cuatro partimos a La Bandera. Fuimos caminando, siempre por carretera. Durante el recorrido, varios vehículos detuvieron la marcha y el conductor nos invitaba a abordarlo. Agradecíamos la invitación y les decíamos que la idea era caminar. Cruzamos Riofrío, un río de aguas cristalinas y gélidas. El puente tiene barandales destruidas producto de una avalancha que arrasó incluso con una casita levantada entre el río y una pequeña quebrada. Es una cascada enorme. La travesía se hacía infinita. Al llegar al alto de La Bandera, dejamos la carretera central y comenzamos a descender por una trocha empinada y pedregosa, retorcida y angosta. La oscuridad era evidente. De todas maneras, sin ningún contratiempo, llegamos a la casa de mi sobrino Carlos a las siete de la noche.

Nos recibió un sobrino de escasos años, Carlitos, estudia en el colegio Carlos Blanco Nassar. Mofletudo y sonriente nos invitó a seguir y sin preámbulo nos pasó a cada uno una cerveza. “Mi papá, dijo, está en el pueblo trayendo algunos invitados”. Es una casa amplia de madera y cemento instalada en plena pendiente.  La cocina es la más grande que he visto en mi vida, perfectamente organizada. La cruzamos para ver la cochera con más de dieciocho hermosos y corpulentos cerdos blancos, el galpón atiborrado de gallinas, pollos y pollas. Todo estaba perfectamente organizado.

No demoró el dueño de casa. Carlos es un hombre alto, acuerpado y barrigón, atento y humano. “Qué alegría tenerlos por acá tíos”, dijo, estrechando la mano corpulenta y fuerte por el trabajo material. Su esposa Luz, es una mujer bajita y acuerpada, mirada taciturna, generosa y atenta, también celebró nuestra presencia con alborozo. Entramos con ella a la inmensa cocina, sirviéndonos de inmediato parte de sus manjares, una exquisita natilla con buñuelos. Repetimos en varias oportunidades, mientras conversábamos animadamente. Me preguntó por mi hija y yo por sus hijas.

Gustavo, mi hermano respondiendo saludos de navidad y año nuevo. Foto Nelosi


Mi sobrino regresó al poblado a traer más invitados. “Y la música, ¿Qué?”, le dije. El niño se encargó de resolver el problema provisionalmente. Una pequeña columna comenzó a bramar. Vinieron más cervezas, más diálogos y más sonrisas. La noche oscura avanzaba, las doce se acercaba. Mi hermano Gustavo, trenzó conversación con el esposo de mi hermana. Ambos docentes jubilados. Al filo de las diez de la noche, la casa era un hervidero en un marco de alegría y sana conversación. Risas, bromas, cuentos, recuerdos, iban y venían, siempre sosteniendo en la mano una helada cerveza.

Cuando regresó mi sobrino con la nueva “carga” de invitados, comenzó el revoltijo más espectacular: Vino, aguardiente rosado, aguardiente azul, wiski, crema de wiski, brandy. Dichas bebidas las suavizábamos con la cerveza helada. Un olvido fatal: La cabina oficial había quedado en el pueblo, un joven jovial de ojos zarcos, “voló” en su moto a traerla. En recorrido “suicida”, retornó con la enorme cabina. Rápidamente fue acondicionada y el ruido estridente retumbó por todo el imponente cañón del río Riofrío.

La medianoche se acercaba. Sonó la antiquísima canción de Guillermo Buitrago: “Cinco pa las doce”. El revuelo fue total. Risas, recuerdos, gritos, animaban el ambiente de una noche fresca y sin estrellas. El saludo de año siguiente, la algarabía total. Los abrazos se entrelazaban deseando el feliz año que había comenzado. El firmamento se iluminó con los fuegos pirotécnicos. Las luces multicolores, el estruendo de los voladores, las velitas romanas, las luces de bengala. Durante casi una hora Carlos y Luz, ofrecieron el hermoso espectáculo.

Vino después la cena de medianoche. Suculenta y espléndida, hasta reventar. El baile continuó desarrollándose con alegría, hombres con mujeres y mujeres con mujeres. Fantástico. Me acomodé en una perezosa a libar sin control. Era cantina abierta. Hacia la madrugada canté rancheras hasta más no poder. Creo que después de las seis de la mañana, del primero de enero, me venció el sueño. Dormí hasta la una, cuando fui despertado con el cuento que regresábamos al pueblo. Sonámbulo me incorporé y me subí al Jeep de primero. Estando allí, me retracté. “Qué afán – pensé – si estoy en vacaciones”. Me bajé y mi sobrino jefe de hogar, puso a disposición aguardiente y cerveza. Edilberto y Mariela, dijeron que tampoco se iban. Tomamos hasta las nueve o diez de la noche. Nos acostamos hasta el otro día, que llegó otro sobrino, Faber con su esposa. Conversamos largamente en un fresco ambiente de camaradería. El desayuno fue un tamal. No tuve valor para devorarlo en su totalidad a pesar de su exquisitez.

La esposa del jefe de casa, una mujer incansable, anunció la preparación de un sancocho de gallina campesina para el almuerzo. Sentí que no me pasaba comida. Entonces aproveché que el jefe de hogar tenía que ir al pueblo a llevar un cerdo. Me vine en su Jeep, cruzando esas laderas con susto y precaución. Regresé a la finca Buenos Aires, donde mi hermana espantaba gallinas, perros, gatos, cerdos, piscos, gansos, pollitos y muchos animalitos más, hablando maravillas del holgorio con mi hermano. Me uní al coro, detallando, paso a paso, el fantástico rumbón.

Siempre al lado del mejor amigo del ser humano El libro. Foto Nelosi


La lluvia helada volvió. Era una lluvia monótona y perezosa que caía con abulia de noche y de día. La crepitación del preciado líquido sobre el tejado de zinc ocre, impedía salir del corredor largo y angosto. La densa neblina cubría el entorno con increíble persistencia. “Comenzó el año muy lluvioso”, dijo mi hermana al colocar el tinto sobre la mesita roja plástica. Yo leía el texto de Gabriel García Márquez con el prólogo de Jon Lee Anderson: “El escándalo del siglo”, una recopilación fantástica del premio Nobel de Literatura. “No hay duda, le contesté, este será el año de crudo invierno”.

Atormentado por el frío y la lluvia, regresé a la ciudad. Para eso consulté a mi hija, que dejando escapar una escandalosa sonrisa, no muy característica en ella, me dijo que por la ciudad también estaba lloviendo todos los días. Su ocurrencia fue mayor al decir que tenía que buscar la costa en busca de calor. Apesadumbrado no tuve más respuesta que decirle que era diferente en el sentido que no hacía mucho frío. “Qué consuelo”, me dijo. Viajé el martes catorce en compañía de sobrino Wilfran Estiven,  próximo a cumplir sus quince años.

El esplendor mágico de la madre naturaleza en la finca Buenos Aires, Anzoátegui. Foto Nelosi


Echando una mirada furtiva a las calles húmedas, nos embarcamos en la buseta de once de la mañana, sin dejar de lloviznar, era menuda y transparente, pero que de todas maneras mojaba. El viaje fue normal y apacible. En su interior, los pasajeros contaban animados las experiencias de las festividades, algunos se lamentaban del guayabo y otros dormían sin remordimiento. Antes de llegar al terminal de transportes, comenzó a llover. El vehículo rodaba sobre los charcos, mientras en el interior algunos vociferaban en voz baja. “La lluvia es por todas partes”, alguien comentó en voz alta.

Permanecimos en la ciudad hasta el domingo once, cuando decidimos regresar al pueblo a la celebración de los reyes magos. La camioneta nos recogió a las 4:30 de la mañana, comenzando a llover. Era un aguacero fuerte y desalmado que apreciábamos a través de los vidrios polarizados. Fuimos a la terminal y la buseta nos llevó de retorno al pueblito perdido entre las nubes como dice el escritor anzoateguiense, Leonel Osorio Cardona. Al dejar la ciudad dejó de llover, apareciendo el astro rey tímidamente entre las nubes grisáceas. Igual, fue un viaje normal. Al acercarnos a las goteras del poblado, comenzó a llover. Las calles ensopadas de lluvia, los arroyos inundaban la calle principal. El pueblo solitario, uno que otro caminaba resignado bajo la lluvia. Desayunamos en un pequeño restaurante del centro. No había ambiente de fiesta, más bien la cruda melancolía se desplazaba libremente, metiéndose de inoportuna en todas partes.

Fuimos a la casa de mi sobrina Yorleidi para dejar las maletas. Mi sobrina laboraba en un café esquinero. Wilfran Estiven me ofreció una maxi ruana de su mamá y desempolvando el paraguas de su abuela, fuimos a saludarla. Nos recibió con ironía. “Se va lloviendo y regresa lloviendo”, dijo Yorleidi, mientras me servía un tinto caliente y espumoso. “Ríase del dolor ajeno”, le contesté. Pedí otro tinto. “¿Cuál es la programación?”, pregunté. Sin mucha alharaca y convicción me dijo que había programado para la una de la tarde una cabalgata por el pueblo en honor al cantante Yeison, muerto la noche anterior en accidente aéreo cuando la nave se incendió, pereciendo seis personas. “Todos quedaron carbonizados”, anotó.

¿Estará Federín?

Lamenté el suceso que era tendencia en las redes sociales. “Más que cantante era un joven rico y con mucho futuro”, comenté en voz baja y acento dubitativo. “Estará Federín?”, pregunté. Me miró con ojos adormilados. “¿Quién?” “Perico, el talabartero”. Salió Yorleidi y me señaló su lugar de trabajo y de vivienda, un edificio de dos pisos hecho en concreto con puertas de madera pulida. Fui directo a su laboratorio, pero estaba cerrado. La vecina me dijo que podría estar en la casa, por el otro costado. Lo encontré en el marco de la puerta conversando animadamente con un joven. Al verme, me saludó tal como es su personalidad. Le expliqué el motivo de su búsqueda. “Necesito un par de ojales a la correa” “Vamos”, dijo, con el altruismo que le conocí de niño en la escuela de Varones, hoy escuela Jesús Antonio Lombana. Con parsimonia y conversación amena, abrió el laboratorio, haciendo lo que tenía que hacer. “¿Cuánto vale?” sonrió. “No vale nada”.

Aquella respuesta no me asombró, porque en otros tiempos le había pedido algunos favores y en ninguno me cobró un solo centavo. Lo invité a tomar tinto en el café donde laboraba mi sobrina. Después de tomarlo y entre charla y broma me dijo que quería mostrarme su proyecto en marcha. El edificio que otrora era la sede de la Federación Nacional de Cafeteros, lo había transformado totalmente. En el primer piso su laboratorio, en el segundo, hospedaje y en la azotea un inmenso bar con panorámica oceánica. Se podía coger con la mano la mota de neblina que se movía silenciosa por el poblado. Quedé asombrado, admirando de la capacidad de superación de Federín Usme. Poco a poco recorrimos el amplio espacio cuadriculado, escuchando con atención el relato pródigo. Federín es menudo, de baja estatura y ojos redondos vivaces color miel. Fuimos compañeros de estudio en la escuela. Le gustaba más la pelea que la comida. Jugador empedernido de canicas, trompo, rayuela. Rebelde, desobedecía con frecuencia las normas de la institución, enfrentaba a los docentes hoscos. Sin embargo, era solidario con sus compañeros de aventura. Podía soportar fuertes castigos sin aventar a un solo compañero. Era parado. Tampoco daba quejas a los profesores, él mismo hacía justicia con sus propias manos. A pesar de su regio temperamento era querido y admirado por compañeros e incluso, docentes. Uno de ellos, a manera de ejemplo, el eximio profesor Belisario Aguirre.

El equipo de sonido bramaba con esplendor dejando escuchar en esos momentos los mejores éxitos del cacique de la Junta, Diomedes Díaz. Por fin sentí que el pueblo estaba en holgorio, a pesar de la llovizna eterna, la neblina espesa y la poca gente que caminaba sonámbula por las estrechas calles. Consideré que era el sitio adecuado para mirar la cabalgata. Parado en una esquina, mirando hacia la calle, dije en voz baja: “¿Será que nos tomamos una cerveza?” “Hágale”, me dijo. “¿Qué música quiere?” “La que está sonando”, contesté al acomodarme en el asiento, un inmobiliario plástico, cómodo y nuevo.

Esa cerveza fue el principio y el fin. Entré a las nueve de la mañana y salí a las ocho de la noche con destino al café que atendía mi sobrina. Allí, compré varias cervezas y luego me regresé a dormir cómodamente en la residencia de don Federín Usme. Pasado el mediodía apareció la esposa de Federín con un gigantesco pollo descuartizado, rodeado de papa y maduro, el cual devoramos en un santiamén. Desperté sin dinero y sin gafas. Me levanté pasadas las ocho de la mañana con el propósito de volver al bar de Federín, pero estaba cerrado. Fui a la casa de mi sobrina que sonriente me recibió con un tinto hirviente. “Amanecí sin dinero y sin gafas”, le dije. Volvió a reír. “Usted me dijo que le guardara la plata y las gafas. Que sacara cincuenta mil pesos. Yo, sin embargo, saqué doce mil pesos más, pero ya se los devuelvo”.  

Dormí allí, hasta bien entrada la tarde. Almorcé con apetito. Y aprovechando que la lluvia hizo una breve tregua, me fui para la finca. Mi hermana me recibió como siempre me recibe, con algarabía. “Sinvergüenza, no me dejó dormir pensando en donde estaba”. “Son los gajes del holgorio”, le contesté. La lluvia volvió. Metido en la ruana, me senté en el corredor a ver llover. En realidad, es un espectáculo fantástico. Las plantas se inclinan reverentes y los patos corren alegres por el patio moviendo las alas como pidiendo más lluvia.

Dormí plácidamente. Desperté después de la seis de la mañana con el mismo ruido monótono en el tejado, seguía lloviendo. “Esta lluvia no va a parar nunca”, le dije a mi hermana después de saludarla. “Llovió toda la noche”, me contestó. Pensó un instante para agregar mientras atizaba el fogón: “Es el verdadero diluvio universal que habla la biblia”. “Lo de la biblia es un cuento, esto sí es realidad porque lo estamos padeciendo”. “Incrédulo como siempre”, dijo al pasarme el humeante tinto.

La densa neblina nos acompañó todo el día. Es un espectáculo ver cómo el viento la transporta formando diversas y caprichosas figuras. La llovizna permanente seguía bañando el entorno sin escatimar esfuerzos. Todo el día permanecí en el corredor comiendo y leyendo la hermosa selección de textos del laureado escritor, Gabriel García Márquez. Ya había terminado de leer el libro del escritor Roberto Gil de Mares, intitulado: “Cuando se acerca la noche”. Este texto lo había terminado de leer exactamente el cinco de enero de 2026, a las 4: o2 pm en la finca Buenos Aires con la grata compañía de la sobrina Yorleidi Molina, mujer de hierro y coraje oceánico, madre soltera de dos niñas y un niño.

Anocheció lloviendo. Era una lluvia menuda y silenciosa que caía con hastío y sin pausa por toda la región. Metido debajo de las numerosas cobijas, me mantuve atento a la melodía de la lluvia sobre el tejado, hasta que el sueño me venció. Desperté a las cinco de la mañana con la misma melodía. “Estas no son vacaciones”, me dije. Después de las seis abandoné el lecho. Mi hermana estaba ensimismada en el fogón de leña preparando el desayuno. Me sirvió un tinto delicioso. Sentado en la troza de madera áspera, miré el trepidar taciturno de las llamas amarillentas que manipula mi hermana con qué sapiencia. “Voy a regresar a la ciudad, le dije, la lluvia me tiene inmovilizado”. Mientras atizaba el fogón y extraía las mejores brazas para dorar las arepas con afrecho, me miró sombría como queriendo decir que la decisión era incorrecta. “En cualquier momento comienza a hacer verano”, me dijo con qué ternura. Cambié de tema. Empuñé el látigo para espantar la recua de gallinas, patos y piscos que revoleteaban esperando la primera vianda del día. “El invierno es necesario, pero tiene en sí mucha melancolía, mientras el verano también es necesario, pero me genera mucha alegría”. “Eso es cierto. Todo es necesario, pero no en exceso”.

Volví a la mesita roja y plástica con la ruana puesta, leyendo el texto del laureado escritor de Aracataca, Magdalena. Después del desayuno hice una pausa breve. La lectura del texto era embriagadora. Fue la misma dinámica de casi todos los días.  Solo suspendía la actividad alucinante para las comidas, ir a la regadera y al inodoro. La neblina no se retiró un momento del entorno, ni la lluvia monótona. La pausa que hacían estas, eran muy breves y efímeras.

Esa noche tomé la decisión irrevocable. Me levanté temprano y organicé la maleta sin que mi hermana se enterara. Una vez le di los buenos días, pasé al retrete y del retrete a la regadera. El agua helada fortificó mis cansados y añejos músculos. Miré al salir de allí, el firmamento. Estaba encapotado, sin rastro de lluvia. “Es la oportunidad”, me dije. “Me voy, hermanita”, le dije con voz pausada. “Le ganó el mal tiempo la partida”, me dijo con cierta ironía, mientras apuraba el desayuno.

El busto imponente del general venezolano que luchó por la libertad de Colombia, José Antonio Anzoátegui. Foto Nelosi


Despacio, pero sin hacer pausa, ascendí por la estrecha y destartalada carretera, perdido entre la niebla densa. El pueblo estaba desolado, recuperándose de la resaca. Fui a la alcaldía municipal a solicitar el certificado de trabajo en este municipio, mediante Derecho Petición. Una vez radiqué el documento en la ventanilla del Palacio Municipal, visité brevemente el imponente monumento del General José Antonio Anzoátegui, contemplé el adorno de la plazoleta y regresé a casa de la sobrina. Volvió a lloviznar. A la una de la tarde, abandoné el pueblito, observando a través del ventanal la lluvia intermitente. Tuve la sensación que no llovía con ganas, llovía con abulia.

El recorrido fue apacible, con absoluta normalidad. Al bajarme del bus, vi en el asiento contiguo un celular abandonado. Lo cogí con el interés de entregárselo al conductor, pero, finalmente, me abstuve. “Alguien tendrá que llamar”, me dije. No me equivoqué. No había abandonado la buseta cuando el celular comenzó a palpitar. “¿Con quién hablo?”, pregunté mientras caminaba de prisa por el largo corredor. “Fue que se me quedó el celular en la buseta”, contestó una voz femenina con suma ansiedad. “Yo lo tengo”, le contesté. Pregunté dónde estaba y me contestó que en el barrio El Refugio. “Venga por él, pero de prisa, porque estoy de afán”.  Me dijo que, en diez minutos, pero en realidad llegó una hora después. Fijamos como punto de encuentro la taquilla de Rápido Tolima.

Era una joven agraciada, de ojos vivaces y expresivos, cabellera abundante que le caía a la cintura. Una vez comprobé que era la dueña, lo entregué sin comentarios y exigencias y me marché satisfecho, porque, no hay cosa más hermosa que hacer feliz a una persona, servir. La camioneta me esperaba. Comenzó a llover. Recorrimos la distancia sin contratiempo, sobre calles y avenidas húmedas y concurridas. “Fueron vacaciones lluviosas”, le dije al conductor al abandonar el vehículo y agradecer su valioso servició. “Cierto compa, está lloviendo demasiado.

Los últimos días de vacaciones fueron de reuniones y cortos viajes. El bullicio de la campaña electoral, la cascada de promesas inverosímiles de los huérfanos del poder a través de sus medios masivos de comunicación había saturado la ciudad. El escándalo del exagerado incremento del transporte urbano y las palabras desobligantes del secretario de movilidad de que todo aquel que se oponía al alza era canalla y politiquero, prendieron las alarmas en el comando de paro que aglutina a las principales centrales obreras. A pesar de la resaca, el ambiente de inconformidad se disparaba, naturalmente al lado de la campaña electoral.

Estuve en el cálido municipio de Alvarado, el 23 de enero, cursando invitación del sindicato de trabajadores agrícolas del Tolima, Sintragritol”, filial de Fensuagro, donde se dictaría una conferencia sobre economía campesina y de paso se llevaría a cabo mercado campesino en el parque principal. Fue un encuentro fastuoso, que contó con delegados y delegadas campesinos y campesinas de tres departamentos: Tolima, Cundinamarca y Boyacá. El evento fue coordinado por Sintragritol seccional Alvarado, bajo el liderazgo del presidente, Rómulo Carranza Cárdenas. La discusión sobre la importancia y dinámica de la economía campesina, fue amplia, ubérrima, que contó, además, con una delegación de la provincia de Valencia (España). La economía campesina en el marco del gobierno del cambio tiene especial importancia de crecimiento y desarrollo en Colombia, por lo que se hace necesario profundizar el proceso democrático iniciados con el Pacto Histórico y el gobierno nacional.

Al otro día visité la cascada hídrica del corregimiento Kay, en el cañón del Combeima, con la desilusión que la lluvia monótona en todo el cañón, no permitió que me sumergiera en estas gélidas y medicinales aguas cristalinas. Durante horas permanecí viendo llover. El último día de vacaciones fue dedicado a la solidaridad con el compañero chaparraluno, Luis Rosendo Cruz, quien sale de la clínica y no tenía donde hospedarse para las diálisis, organizar las principales ideas para el plan de trabajo del presente año o hasta donde nos lo permita el supuesto concurso de méritos para dejar la provisionalidad y entrar a carrera administrativa, un concurso lleno de sombras e interrogantes sin respuestas claras y concretas, manejado a todo galope desbocado. Lo único cierto es que comencé las vacaciones y las terminé, lloviendo. Esa es la cruda e inexorable realidad. De todas maneras, un período de descanso y reflexión supremamente importante. ¿Disfrutaremos las próximas? He ahí el interrogante mayor. 

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