
Candidato a la presidencia, Iván Cepeda Castro. Foto: Andrea Moreno - Portafolio
Por Agamenón
Un cúmulo de lecciones queda del debate electoral del pasado domingo 21 de junio en Colombia, las cuales hay que estudiar una por una con serenidad, inteligencia y profundidad. Prácticamente, medio país se pronunció por la vida, la paz y el apoyo incondicional a las Reformas importantes que ha venido implementando el presidente saliente, Gustavo Petro Urrego y que el candidato del pueblo, Iván Cepeda Castro llamó a defender dichas reformas con la movilización, una vez conocidos los resultados presentados en las urnas. Eso es importante.
Algunos obreros se apresuraron a decir que habían ganado y que si yo me sentía derrotado. “No me siento derrotado – les dije – que se sientan derrotados los que votaron por el candidato de los Estados Unidos, el mafioso Abelardo de la Espriella, sobre todo cuando comience a tomar medidas contra los intereses populares del pueblo”.
El país nacional, del cual hablara Gaitán, retrocedió, pero no a cero. La lucha continúa, los procesos de cambio no son lineales, se suceden con avances y retrocesos. Esta elección, si persiste la pírrica diferencia, ha significado un retroceso significativo, pero eso no significa que haya que arriar la bandera y claudicar. Hay que fomentar el alfabetismo político en todas las regiones de la nación; fomentar la conciencia social y de clase. Téngase en cuenta que nunca un rico vota por un pobre, en cambio el pobre sí vota por el rico, así sea mafioso, corrupto, deshonesto y vulgar como el supuesto presidente electo. El argumento que muestra el pobre es que el rico genera trabajo y no tiene necesidad de robar. La ingenuidad es tal que no admite ningún tipo de argumentación y razonamiento. Está convencido que es mejor las migajas que caen de la mesa del rico Epulón, estando siempre dispuestos a arrastrarse sumiso y vergonzante.
Aparentemente, medio país le dio la espalda al liderazgo oceánico del presidente saliente, desconociendo los esfuerzos enormes que hizo por la defensa de la educación y la salud pública, disminuir el desempleo a un dígito, bajar el valor del dólar, sacar a más de siete millones de la pobreza absoluta, cancelarle un salario mínimo a los soldados, un salario mínimo a los aprendices del Sena, una remuneración humana de $230 mil pesos a tres millones de viejitos y viejitas, darle estatura y dignidad a la diplomacia, etc.
Esa parte de país pobre y humilde en su inmensa mayoría, se dejó seducir por la mentira mediática, el miedo al cambio y el dinero sucio que al parecer circuló en cantidades industriales. Muchos se contentaron resolviendo su problema económico por un día con la mezquina dádiva. Este sector poblacional votó sin conocer el programa, a ciegas, irresponsablemente.
Mi sobrino, por ejemplo, votó convencido que Iván Cepeda Castro era o es guerrillero. Me repitió textualmente los libretos de RCN, Caracol, El Tiempo, El Espectador, la Revista Semana, entre otras yerbas desinformativas, para justificar lo injustificable. Ni un solo argumento presentado lo convenció. Y como él, miles y miles de personas.
Entorno al resultado en curso tengo dos percepciones: El resultado fue inflado, no creo que este personajillo de mal agüero, haya obtenido limpiamente semejante votación. Fueron infladas las cifras. En segundo lugar, fue una victoria pírrica, dudosa e inverosímil, totalmente alejada de la pulcritud y la decencia.
Lo importante es que la lucha de clases en Colombia se cuantifica y se cualifica. Con Jaime Pardo Leal, hablábamos de 300 mil votos, con Iván Cepeda Castro, estamos hablando de casi trece millones de votos. Con avances y retrocesos los procesos avanzan, Colombia necesita una segunda oportunidad y se está construyendo al calor de la lucha revolucionaria y progresista.
Agradecemos el brillante papel de Iván Cepeda Castro, la altura como manejó la campaña, el papel singular de Aída Quilcué, el papel descollante de la Alianza por la Vida y el Pacto Histórico. Son movimientos de esperanza y de vida. Que se sientan derrotados los que votaron por ese esperpento, que no tengan que llorar la muerte de familiares y amigos fruto del terrorismo de Estado, quedar desempleados, sin salud y sin la posibilidad de ir a la universidad pública.
Ciertamente, la lucha continúa, no hay que doblar el brazo, un país al alcance de todos y todas, sí es posible. Nada es eterno. Todo está en movimiento. Los cambios son irreversibles y siempre siguen hacia adelante, siguiendo las manecillas del reloj.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario