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| Foto: Internet |
Por: Nelson Lombana Silva
Cuento
El torrencial aguacero bañaba el cañón con ímpetu descomunal, bien parecía el diluvio universal. El grupo de jovencitas, apretujadas en el salón de la casa de misiá Lola, contrariando el miedo de la tempestad, hablaba de las aventuras amorosas y de sus sueños románticos, propios de la juventud que poco a poco se abre al universo mágico del amor, precisamente, en la edad en que la joven está segura que tiene el mundo a sus pies girando a su alrededor. Su preocupación es vivir el momento; no interesa ni el pasado, ni el futuro.
La casa estaba ubicada en el monte, a orillas de la quebrada de aguas mansas y cristalinas. Techada de zinc ocre, con largos corredores y chambranas de madera. Era propiedad de Doña Lola, la viuda que perdió a su cónyuge, en severa gresca presentada en el pequeño caserío, después del mediodía, cuando alguien en alto estado de alicoramiento, se le ocurrió lanzar un viva al partido liberal. El vecino de mesa, también ebrio y tuntuniento, se puso en pie y con voz desarticulada gritó con todos sus pulmones que viviera el partido conservador.
Esa fue la causa de la furrusca. Ambos sacaron de sus cubiertas enramaladas afilados machetes. Con fiereza se trenzaron en violenta riña, los machetes cortaban el viento, las mesas se iban al piso, las botellas se rompían al rodar por el piso. La gente se desparpajaba para tomar mejor posición y ver el desenlace. Era los últimos rezagos de la violencia en Colombia, donde los campesinos todavía se mataban por los colores políticos, entendiendo ingenuamente que entre uno y otro había diferencias. Los conservadores, llamados también godos, consideraban que el Partido Conservador era el Partido que defendía la iglesia católica, en síntesis, la salvación. Mientras los liberales, llamados cachiporros, eran acusados de ser ateos y “comunistas”. Se creía ciegamente que el Partido Conservador era obra de Dios y el Partido Liberal del Demontre.
Los curas, desde el púlpito, incendiaban el ambiente afirmando que el liberalismo era una serpiente venenosa que había que destriparse comenzando por la cabeza. Además, afirmaban que matar liberales no era pecado. Aquellas enseñanzas proféticas cayeron en tierra fértil dejando como resultado trescientos mil muertos, entre liberales pobres y conservadores pobres, mientras los jefes nacionales de bando y bando departían plácidamente en el exterior sin ningún tipo de remordimiento. Tiempo después, regresaron muertos de risa, montando el denominada Frente Nacional. Primero dividieron al pueblo entre rojos y azules, después lo obligaron a todos a votar por los rojos y en los siguientes cuatro años, a todos por el conservatismo. La masa amorfa y analfabeta política obedeció ciegamente, hasta que Gabriel García Márquez señaló que la única diferencia era que los liberales iban a la misa de cinco y los conservadores a la misa de las ocho. Desde entonces, tímidamente comenzó a florecer la crítica y la sospecha. El proceso tomó fuerza, superando largos y aciagos períodos. Después de muchos encuentros y desencuentros, se concretó en la segunda década del siglo XXI, el Pacto Histórico. Es un proceso en ciernes, que Eleuterio define como montonera en marcha con muchas probabilidades de convertirse en el Partido de la Revolución, si sus cuadros nacionales y regionales no se tuercen o se equivocan deliberadamente y a propósito.
Después de media hora de crudo enfrentamiento, sendos machetazos impactaron en distintas partes del cuerpo de ambos campesinos. Ensangrentados, resoplando como toros, resistieron hasta el último aliento. Casi al tiempo ambos se desplomaron en el centro del salón de la cantina, quedando sin vida casi al instante. Ni siquiera tuvieron tiempo de gritar un último viva al Partido de sus afectos. Así quedó viuda Doña Lola y huérfano dos niños, apenas volantones. Doña Lola era hermosa, joven y romántica, que asimiló rápidamente la novedad trágica. Por un ojo lloraba la tragedia y por el otro miraba el sustituto entre la manada que se derretía por ella.
Alejadas del mundo real, el grupo de jovencitas comentaba banalidades, sueños utópicos, deseos inverosímiles que se diluían tan pronto como aparecían. Solo pensaban en el momento, en el libertinaje, en conquistar el chico de moto, que era el medio de transporte sensación del momento. La más libertina de todas era Carmelina, joven alta y acuerpada de ojos color miel y senos abultados. No pensaba para hablar, hablaba para pensar. Se deleitaba contando su vida íntima paso a paso. Su fama de mujer fácil, corría por todo el espeso y frondoso cañón. Era para ella su máxima distinción que disfrutaba en sus largas conversaciones con sus amigas, muchas de ellas compinches de sus prácticas cotidianas. “¿Cuál es tu máximo sueño?”, preguntó Damaris, joven de piel oscura y ojos vivaces. “No dejar pájaro sano en todo el cañón”, respondió sin vacilar. La algarabía no se hizo esperar. El grupo festejó la respuesta con carcajadas escandalosas. “A mí, también me gusta caminar en sentido contrario de las normas establecidas, cada vez que lo hago me siento libre como el viento”, dijo Damaris con seguridad. “La vida es un momento que hay que disfrutar”, dijo Luisa, la más joven del grupo. “La sociedad crea normas más para enredar que para clarificar, sobre todo la sociedad mojigata”, opinó la bella y duce Ángela, moviendo sus brazos como dos aspas entrelazadas.
Carmelina era imprudente al hablar, decía como pensaba sin medir consecuencias. En muchas oportunidades había estado en calzas prietas por este parecer. Sin embargo, no aprendía de los errores, porque consideraba que nunca se equivocaba y que todo lo que decía y hacía tenían relación con la modernidad. Había dejado de llover y el sol de los venados aparecía lánguido en el inexorable atardecer. El monte verdoso lanzaba destellos límpidos que se proyectaban con candor en el espacio.
La tertulia llegaba a su final con una síntesis vacía de contenido. La dueña de casa que se había mantenido al margen de la conversación entró de improviso sonriente, moviendo los brazos como remos. Miró el grupo y recostándose en el pequeño escritorio de madera pulida que estaba a la entrada, dijo: “No he participado de la conversación, pero la he seguido sin perder detalle desde la cocina”. La algarabía fue total. Algunas trataron de ocultar el rostro con las manos en señal de vergüenza. “No es posible”, dijo Damaris buscando protección en el asiento. Ángela, ruborosa, se tragó con fuerza la saliva, diciendo por entre los dientes: “Eres una mujer de confianza, ¿Verdad?” Todo el grupo dirigió la mirada hacia Doña Lola, quien dejando escapar una carcajada bullosa y acomodándose mejor en el asiento, contestó el interrogatorio sin ambages: “Escuchando llego a la conclusión que ni uniendo todo el grupo me dan a los tobillos en cuanto a pilatunas. Así que despreocúpate”, dijo frunciendo un tanto el ceño.
Lo dijo sin emoción alguna, mirando el entorno esperando la reacción del selecto grupo, que permanecía estático, sin reponerse del impacto que le había producido la aseveración de Doña Lola. Todo imaginaba el grupo menos que la dueña de casa tuviera tanto mundo encima. Contó que había dejado de ser niña a los doce años, cuando se atravesó en su vida un joven reciclador de chucherías. Desde que lo vio, le clavó la mirada. “Era tímido. Me tocó luchar para que el sueño se diera. Ocurrió en la quebrada La Sardina, en un paraje silencioso y taciturno. Él tenía veinte años. Era fuerte, moreno y rudo. Yo lavaba la ropa interior en la misma piedra, arrullada por el murmullo de la quebrada sobre el lecho de piedras pulidas y de vistosos colores y tamaños. La tarde era soleada. Sin embargo, la frescura que se respiraba era fantástica. Tenía short negro con líneas blancas y una blusita beis ombliguera. Estaba tan concentrada en la labor que no me di cuenta que hacía rato Arturo me observaba plantado sobre una piedra lamosa, entre la espesa jungla. Al verlo me asusté y quise salir corriendo, pero el joven se acercó con una sonrisa de oreja a oreja. “No temas, Lola”, me dijo. Su gruesa y amachada voz me dejó inmóvil. “Pensé que era un depravado”, le dije. Volvió a reír y acomodándose a un lado del lavadero, me preguntó muchas cosas de mi vida cotidiana, cuál era el trato de mis padres conmigo, que me gustaba, que no me gustaba. Era la quinta vez que lo veía y he de confesar que desde la primera vez me había gustado. Lo consideraba una estrella distante, él tenía veinte años, yo apenas doce. Me parecía hermoso. Fuerte. Ojos expresivos y mirada profunda. ¿Qué haces por acá?, pregunté tímidamente, suspendiendo mi actividad porque me daba pena que me viera lavando la ropa interior. “De vez en cuando suelo caminar por la quebrada, me gusta su frescura y el ruido que genera la quebrada al deslizarse por entre las piedras”, me dijo. “¿Busca sardinas?” volví a preguntar recostada en la piedra. Lo dije con doble sentido. Sonrió, ruborizándose. “¿Por qué no lavas?”, me preguntó con fina ironía. Sentí pena. No sabía qué contestar. Agaché la cara fingiendo mirar el curso del arroyo. Insistió en la pregunta. “Es queeee…” “No te preocupes”, insistió. Antes que hablara, me propuso que se marchaba para que continuara con la labor. No sé por qué, pero reaccioné instintivamente. “No te vayas. Estoy lavando la ropa interior”, le dije en voz baja. “Lo sabía”, contestó, golpeando la roca con una pequeña rama. “Normal”, me dijo. Continué con mi labor, sin levantar la mirada para mirarlo. Se acercó más, mirando las prendas sin disimulo. “¿Qué miras tanto?” “Pues sus hermosas prendas íntimas, son hermosas”, dijo acercándose más. Volví a sentir miedo, lirios en la barriga y aceleramiento del ritmo cardiaco. “Deja de ser mirón”, le dije. Sonrió y estirando una mano de dedos perfectos, me rozó el hombro derecho. “Por favor, compórtate”, le dije. “Tienes razón, disculpa”, me dijo retirándose, volviendo a la piedra donde estaba inicialmente. “La cagué”, pensé para mis adentros. Traté de corregir el error exponiendo la ropa en su totalidad sobre el lavadero, de tal manera que la pudiera ver sin dificultad alguna. Ansioso clavó la mirada sobre ellas permaneciendo ensimismado largo rato. “Puedo coger una?”, dijo en voz baja, casi suplicante. Reí a mandíbula batiente, sin mirarlo de frente. Era una risa nerviosa. “¡Cómo se te ocurre!” Se acercó nuevamente y suplicante insistió. Finalmente, accedí. Cogió la tanga color marina con las dos manos. Las miró al derecho y al revés. Parecía emocionado, como ido de este mundo terrenal. Cuán fue mi sorpresa cuando levantó la prenda y la beso. “¿Qué haces?”, dije turulata. No contestó nada, la volvió a besar en varias veces, dejándola nuevamente en su puesto. Lo sentí exaltado. Con una mano se acomodó la pretina del pantalón con dificultad, regresando a la piedra. Se mantuvo ensimismado mirando la corriente hídrica. En cierta manera, yo también estaba excitada. Disimuladamente cruzaba las piernas, mientras jugaba con el agua.
Por fin terminé la labor. Agrupé la ropa en el balde negro y me dispuse a marchar. ¿Te puedo acompañar hasta el naranjo? Divagué un rato evitando decirle al instante que sí. Me dio la mano para salir del lugar. Me estremecí de pies a cabeza. Eran manos de algodón, lo tuve tan cerca que sentí su fresca respiración en mis oídos. Al cruzar la cerca me detuvo suavemente y acercándose poco a ´poco me dio un ósculo en la mejilla. Creí morir. Era la primera vez que alguien me besaba el rostro. Quedé estática, petrificada con la respiración alterada. Cerré los ojos y por primera vez lo acerqué. Suavemente me abrazó y me besó en la boca. Creí morirme. Sentía que el paisaje mudo giraba más rápido. “Te amo”, me dijo en el pabellón derecho del oído. Fue una melodía fantástica. Tomé conciencia después de una larga faena. No sabía besar, pero aprendí y de qué manera. Caminamos de la mano hasta el naranjo. Allí, nos despedimos con el compromiso de vernos al otro día en el mismo horario.
Mi madre me vio entrar al corredor con cierta perspicacia. Nadie como ella para conocer mi comportamiento por dentro y por fuera. Sentí su mirada a mi espalda, mientras extendía la ropa en la larga chambrana de madera. La tarde era silenciosa, acariciada por una brisa helada y monótona. “¿Qué fue la demora?”, preguntó mi madre Eugenia parada en el marco de la puerta de la cocina con las dos manos metidas en el amplio bolsillo del traje de fatiga. La miré sin reproche. “Tenía harta ropa por lavar”, le contesté. Crucé cerca de ella en busca de tinto. La chocolatera estaba en el rescoldo del fogón. “¿Quiere tinto?”, le pregunté a mi madre. “No está mala la idea”, contestó acomodándose en la pequeña banqueta de madera tosca.
Pasé el tinto en pocillo de porcelana, acomodándome en la otra banqueta me dispuse a degustar la bebida hirviente. “No es argumento decir que por tanta ropa se demoró en la quebrada”, dijo Eugenia sin mucha convicción. Sonreí. “¿Qué te imaginas, mami?” La mujer otoñal, veterana de mil batallas, se volvió para verla mejor. “A todo el mundo puedes engañar, menos a la mamá. ¿No te parece?” Dudé un instante, no sabía qué contestar. “Tienes razón mami”, dije nerviosa.
Con ambages, le referí todo sin omitir detalle. Decidí jugármela el todo por el todo. Me escuchó atenta en silencio. “Las jovencitas de hoy no se dejan criar y tú eres una de ellas”, dijo. Con los ojos abiertos me preparé a escuchar una larga cantaleta, incluso, una rejera como era tradicional en estos casos. Pero, no fue así. Creo que no me habló de mamá a hija, sino de mujer a mujer. Boquiabierta la escuché de principio a fin sin pestañear.
Con dulzura me habló de los cambios físicos y psicológicos que la humanidad va padeciendo en la medida en que va creciendo y desarrollándose. Definió el amor como una fuerza mágica que une, humaniza y da sentido a la vida. “El amor es el velero que nos lleva por un mundo cenagoso y violento, direccionando el horizonte de la vida, la esperanza y el cambio con la suficiente fuerza de impedir el naufragio”, anotó sin perder la calma.
Realmente quedé anonadada con ese concierto de palabras bien hiladas que mi madre me dirigió, mientras la tarde languidecía sin darnos cuenta. “¿Cómo debo actuar, madre?”, pregunté en voz baja. Mi madre sonrió. “No hay fórmulas fijas y preestablecidas, hija de mi corazón”, contestó. “Tome decisiones con conciencia y conocimiento de causa. No hay guiones que determinen el camino a seguir. El mundo es cambiante y cada generación tiene sus características. Yo me enamoré a los treinta años, pero mis padres no estuvieron de acuerdo. Tuve que esperar paciente que ellos me consiguieran a su papá. Veo que tú estás enamorada a los doce años y quizás tienes más conocimientos que yo sobre el particular. Por eso, te digo: Decidas con plena libertad, pero ruego, asuma las consecuencias con espíritu crítico y autocrítico no responsabilizando a los demás. ¿De acuerdo?” No contesté al instante como hubiera querido, un tumulto de imágenes en desorden rodó por mi mente. Atónita no sabía qué contestar. Me puse en pie y caminé por la pequeña cocina terrosa, sin poder ordenar las ideas. Era un tumulto que se agolpaba al mismo instante, en cantidad inverosímil. Recuerdo que mi madre me miraba absorta, como ida de este mundo, sin darle gran espectacularidad a la conversación. Mientras caminaba intentaba mirarle el rostro, sobre todos los ojos, pero no era posible porque no resistía su mirada apacible.
El dramático momento lo interrumpió mi padre, quien entró llevando en su hombro un ubérrimo racimo de plátanos verdes. Sofocado, lo descargó sobre la mesa de madera, dejando escapar un suspiro prolongado. “¿Qué hacen mis amores?”, preguntó al quitarse el sudor con el meñique izquierdo. Esposa e hija lo miramos con asombro, palpando algunos plátanos. “Qué hermoso racimo”, dijo Eugenia al incorporarse y pasarle limonada.
Al otro día, continuamos dialogando sobre el tema. “Me pude dar cuenta que mi madre, no era del pasado, era del momento. Su libertinaje me abrumó, dándome libertad plena para hacer y deshacer con mi cuerpo. Solo me recomendó tres cosas: No permitir el manoseo de indeseados, mantener aseado el cuerpo y embarazo deseado por ambos”. Fue directa, diáfana y certera. Me miró al decirme con suavidad: “Yo también lo hice”. “Mami, pero, ¿luego no dijiste que tuviste que esperar que mis abuelos decidieran por ti?” “Cierto, hija, pero a escondidas hice lo mismo que hiciste tú y a la misma edad”. “La diferencia fue que no conté. Mis padres me habrían matado, porque consideraban era pecaminoso, gracias al cuento del cura en sus farragosas homilías cada ocho día. La virginidad era considerada sagrada que solo podía colocarle fin el matrimonio. Quien no era virgen en el momento del matrimonio, era devuelta y satanizada en toda la comarca, desde entonces era señalada por tirios y troyanos de puta”. “¿El hombre también tenía que ir al matrimonio virgen?”, pregunté con más confianza. “Por supuesto que no, dominaba a las anchas el patriarcado, el machismo”.
Desde entonces, tuve libertad por parte de mi madre. Mi padre poco se refería al tema, simplemente solía decir que la mujer que tuviera sexo antes del matrimonio era prostituta. Esa coyuntura la aproveché al máximo. Conocí y disfruté mi generación de la comarca. Las locuras se sucedían unas tras otras en cascada. Fui amada, odiada, solicitada e ignorada. La felicidad no es completa y lineal. Tiene sus altibajos horribles, que se superan con tenacidad, sin dar el brazo a torcer, queriendo ser. ¿Feliz de mi pasado? ¿Avergonzada? No sé contestar con exactitud estos interrogantes. A veces me remito a decir con Pablo Neruda, el gran poeta chileno: “Confieso que he vivido”.
Absorto, sin chistar palabra, el grupo escuchó atento el relato descarnado de Doña Lola. Sin pestañear escuchó la narración explicita. “Nos da sopa y seco”, dijo Damaris. “La cosa no es de ahora”, agregó Luisa, moviendo la frondosa cabellera de atrás para adelante y de adelante para atrás. Carmelina que se había mantenido expectante y atenta a la síntesis biográfica de Doña Lola, levantó su rostro para preguntar: “¿Existe la fidelidad?”. Doña Lola que se había inclinado para recoger del piso un objeto de poco valor, dejó escapar una carcajada estridente y en cierta medida empalagosa. La miró con ironía. “La fidelidad – dijo – es una engañifa, simple imaginación humana”.
El grupo en su totalidad reaccionó. Era la primera vez que escuchaba una respuesta así. Casi en coro, pidió una explicación clara y contundente. Doña Lola volvió a reír. “Yo tengo una tesis que casi todos los días la confirmo y es que la mujer no es para un solo hombre o un hombre para una sola mujer”. Hizo una pausa corta para luego rematar la idea: “Qué aburridor sería la vida así, sería una monotonía eterna y deplorable”.
“Doña Lola, dijo Carmelina, el matrimonio sella la unidad. Es el sacramento que une hasta la muerte. Hacer lo contrario, es pecado mortal”. El grupo se miró entre sí, entendiendo que se abría un debate de gran importancia. El matrimonio con su célebre frase: “Hasta que la muerte los separe”, no iba con Doña Lola. Le parecía una soberana estupidez que rayaba en la mediocridad y en el completo desconocimiento de la especie humana. “No hay estupidez más grande que creer en esta afirmación vacía y deshumanizada de que somos para un solo hombre o el hombre para una sola mujer”, insistió. “Somos una manada, no somos islas. Nacimos para vivir en comunidad. El hombre es para la mujer y la mujer para el hombre, creo que no hay discusión en esto, ¿Verdad?”
Carmelina, que le había picado el pico a Doña Lola, no hallaba cómo calmarla. Doña Lola vomitaba fuego con ímpetu trascendental. “El cuento más ingenuo que he escuchado hasta ahora es ese, sobre todo dicho por una entidad que surgió para proteger la vida y honra de los más poderosos a punta de lengua, espada y crucifijo. Dicha postura contradice la naturaleza humana. Hay culturas donde el hombre puede tener el número de mujeres que pueda alimentar, vestir, brindarle techo y educación. Hay que luchar para adquirir esta igualdad. Sería muy bueno”.
“Detesto la fidelidad porque ésta es sinónimo de cohibición, de alguna manera, negación de la condición humana. Solo se le ocurre decir a la religión que el matrimonio es eterno. Tremenda falacia. El matrimonio es la ridiculez más grande, carece de ciencia y sentido, es un negocio de los curas que aprovechando el analfabetismo saca la mejor partida económica. “Eres muy dura con la tradición cultural”, dijo burlona Luisa.
El ambiente era cada vez más entretenido. La tarde se iba y la noche llegaba. Lola fue a la licorera ubicada en un extremo del salón y sin pensarlo sacó dos botellas de vino añejo, colocándolas en la mesita de centro. “Vale celebrar el encuentro”, dijo. La frase fue ahogada en ruidoso aplauso acompañado de gritos ensordecedores. Doña Lola fue a la cocina y regresó con las copas en la bandeja floreada. Luisa se apresuró a destapar la botella y servir el rico contenido con seguridad absoluta. “Falta los machos”, dijo Carmelina sosteniendo en alto la copa. Todas rieron. “Brindo, dijo Doña Lola, por el encuentro, la amistad, los hombres y la salud”. Levantó la copa, la chocó con las demás, saboreando el contenido de un solo golpe.
Entre risas, historietas vacías de contenido y bromas, vaciaron el contenido de las dos botellas. Damaris, buscó en su bolso el dinero para comprar otras dos. Así, una a una, compró su tanda. Turulatas, frases vanas y sin coherencia, inundaron el amplio salón. “Quiero macho”, dijo Carmelina recostando pesadamente su cuerpo en el largo sillón. Todas rieron desarticuladamente. “¿Le picó?”, dijo Lola despernancada en su asiento. La madrugada comenzó con una leve llovizna monótona y helada. Algunas contertulias dormían con la boca abierta, respiraban con fuerza. Era un ronquido infame que hacía parte del momento. Doña Lola, que hacía rato no le quitaba la mirada a Carmelina, se sentó a su lado y con movimientos torpes comenzó a rozarle el rostro. Carmelina profunda, permanecía recostada en su sillón con los ojos cerrados. El rostro pálido, cejas abultadas y ojos grandes color miel, los cuales permanecían cerrados, le daban la imagen a Doña Lola de ser una diosa caída del cielo. Primero, estampó un ósculo en la mejilla. Fue suave y apacible. Levantó su mirada abotagada, cerciorándose que las demás dormían plácidamente en sus asientos. Entonces, acercó sus labios a los labrios de Carmelina besándola suavemente. “Es miel pura”, dijo para sus adentros. Carmelina se estremeció. Abrió su delicada boca y sacó la lengua rosadita y pura. Doña Lola la sujetó con sus labios saboreándola con fina delicadeza. Poco a poco abrió los ojos, mirando extasiada, como ida de este mundo a Doña Lola, quien acariciaba la cabellera con sutileza. Doña Lola esperaba la reacción de Carmelina que podía ser violenta y de rechazo. Se mantuvo a la expectativa. Doña Lola buscó con ansiedad los labios y Carmelina correspondió suavemente. Así, pues, mientras rozaba los labios con pasión desbordada, deslizaba poco a poco su mano por el corpiño moviendo los dedos con agilidad felina. Carmelina dejó escapar un suspiro ahogado y acomodándose mejor en el sillón, se dejó llevar sin la menor resistencia. Abrió la entrepierna para facilitar la labor desesperada de Doña Lola, quien no paró y metiendo sus dedos delgados y pálidos entre el calcetín rozó suavemente la entraña íntima de la joven Carmelina, quien se estremecía dejando escapar suspiros profundos y prolongados. “Vamos a la cama”, dijo Doña Lola en voz baja, e incorporándose se encaminó a su cuarto llevándola de la mano. Sin preámbulos, se despojaron de sus prendas y tiradas en la cama disfrutaron a plenitud.
El amanecer era evidente. El canto de los gallos del vecindario y el bullicio de los pajaritos multicolores buscando el alimento en el ramaje espeso del bosque, despertaron con brusquedad a Doña Lola y a Carmelina. Desnudas y soñolientas se miraron por última vez, intercambiando ósculos y caricias por todo el cuerpo. Vestidas salieron sigilosas al salón. Las demás seguían durmiendo. Doña Lola fue a la cocina a preparar tinto, mientras Carmelina fue a la alberca y llenando la botella de agua regresó, dejando caer el líquido en el soñoliento rostro de sus compañeras. Todas despertaron al instante en un escándalo de padre y señor mío, sin saber con exactitud quién era la autora de la broma. “Broma es broma”, dijo con voz adormilada Ángela, acomodándose su cabellera. “La vida es así”, dijo Carmelina, mirándose en el espejo. “De todas maneras, no somos las únicas, en el Cañón la juventud solo quiere llegar a esta instancia: Vivir la vida sin futuro”, Damaris, mirando a través del ventanal. “Y, ¿Qué más quieres?” preguntó Luisa, mientras se acomodaba la cabellera azabache. “Hay que vivir el presente, dijo Doña Lola entrando con la tasa de café hirviente, porque el pasado es pasado y el futuro es futuro. Lo único real es el presente”. El aplauso fue general. La juventud del Cañón por el momento no miraba más allá de la nariz, no se preocupaba ni por su pasado, ni por el futuro, solo por el presente. El frondoso Cañón estaba condenado a la incertidumbre y al caos total, era vivir por inercia y de espaldas al cambio y a la misión histórica de la juventud de transformar la realidad en bien de todos y todas. Allí, se ponía en práctica la filosofía del sistema de los antivalores con todo su esplendor.
Fin

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