
Foto: Captura de pantalla
Por Nelson Lombana Silva
Con preocupación y frustración me pregunto, quién realmente está gobernando la República de Colombia. Abelardo De la Espriella, es un cómico, un ventrílocuo de mala calidad que cumple su triste papel que le ordena Estados Unidos. Es un circo de mala calidad que entretiene a la masa analfabeta. Un presidente de la república haciendo el show de perseguir ladronzuelos con pistola al cinto en medio de su nutría escolta, no admite consideración alguna. Más parece un psicópata llevado de la droga convenciendo tontos e ignorantes, que desafortunadamente los hay. Un parroquiano afirmaba súper asombrado: “Nunca se había visto un presidente con estas acciones. Qué verraquera”. Un mismo copartidario le contesta: “Por supuesto que nunca se había visto eso. ¿Por qué? Porque esas payasadas no son funciones de un presidente de la república”.
La hipótesis es que De la Espriella no es el gobernante, no es el líder que tiene perfil de estadista y el país le cabe perfectamente en la cabeza como al expresidente Gustavo Petro Urrego. Es un personajillo con delirios de grandeza y serios problemas mentales que se encontró la presidencia por acción de los que realmente toman las decisiones, es decir, gobiernan para sus intereses de clase. Un gobierno así resulta muy peligroso porque no tiene capacidad ni para pensar, ni para tomar decisiones conscientemente. Es como un loco administrando un arsenal de dinamita. ¿Qué seguridad puede generar éste?

Presidente de la república haciendo el show
Desde el primer día recibió la orden de cerrar los ojos e irse lanza en ristre contra las buenas obras del expresidente Petro y más concretamente del Pacto Histórico. A punta de mentiras y show de mala calidad, el pelele de Estados Unidos e Israel, ha lanzado una verdadera andanada de contrarreformas sin escrúpulos de ninguna naturaleza, apoyado por los medios masivos de comunicación y desde luego, la sucia oligarquía liberal-conservadora.
Colombia se desangra por sus cuatro costados. El paso atrás es enorme. Vuelve el fantasma de la violencia en todo el territorio nacional: Un muerto acá, otro allá, otro más allá; uno, dos, tres, cuatro, etc. Se convierte en el pan nuestro de cada día. Los abelardistas esconden la cabeza como el avestruz, seguros que el horror de la violencia no afectara sus humanidades. Según estadísticas en el mes y quince días de su nefasto gobierno, van cien miembros de la fuerza pública caídas en combate, ente ejército y policía; muchos delincuentes asesinados y pateados por este desvergonzado gobierno.
En la mira del nefasto gobierno inescrupuloso está acabar con el proceso de paz con la guerrilla firmado en el 2016. La paz no le da réditos, le da réditos la guerra, especialmente a sus amos: Estados Unidos e Israel. Sí, la guerra es su mejor negocio, guerra en la que se maten los pobres entre sí.
Ahogar económicamente la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), para que la verdad no salga a flote y el manto de la impunidad continúe inmodificable. Qué no se conozca las causas de la perenne violencia que ha acompañado a los colombianos y a las colombianas que luchan a diario contra las múltiples vicisitudes, como la pobreza galopante, la falta de oportunidades, la educación de calidad y las oportunidades de trabajo digno y bien remunerado.
Arremete sin escrúpulos contra la educación pública y de calidad. Prefiere su privatización, sin calidad y sin cientificidad. Dice con cinismo: Sacar a Marx, que significa ciencia y meter a Dios, que significa idealismo, metafísica, no cientificidad. Necesita un país paria e imbécil, que no piense, que no critique, que no proponga, que sea dócil de manejar, manipular.
El momento es apocalíptico. Sin embargo, no es para claudicar. La historia no es linear. Corregir lo que haya que corregir, unir lo que haya que unir y avanzar. Los cuadros de la altura deben bajar a las regiones e impulsar a subir a las masas. Se tiene que producir una verdadera Revolución, una fuerte resistencia y una sólida oposición. En la adversidad es donde se sabe quien es quien. Como diría Fidel Castro en las Naciones Unidas: “Basta de palabras, hechos”.
El Pacto Histórico se debe cuantificar y cualificar. Tener formación ideológica y política que le permita entender el momento histórico. Solo así es posible su transformación y fortalecimiento. Nada de personalismos. Nada de egoísmos y oportunismos. La dialéctica de la práctica y la formación permanente debe llevar a este movimiento a ser una estructura capaz de derrotar la caduca estructura del sistema capitalista.
Por eso, las actividades de movilización programadas para octubre y noviembre por el movimiento sindical y el Pacto Histórico, deben ser preparadas, organizadas y dirigidas con conciencia de clase y dolor de patria. Hay que reaccionar, hacer causa común y blandir siempre la bandera de la unidad. Un pueblo unido jamás será vencido.
Nos está gobernando Estados Unidos e Israel, a través de su ventrílocuo Abelardo de la Espriella, no hay duda.
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