domingo, 18 de octubre de 2026

¿Qué es un pueblo sin memoria y sin historia? Nada

Foto: Internet

Por Nelson Lombana Silva

El comportamiento animalesco del presidente ilegítimo Abelardo De la Espriella, frente a la memoria y a la historia prende las alarmas en los seres humanos. No es problema solamente de los humanistas, ni de los historiadores, es problema de toda la humanidad. ¿Qué sería de un pueblo sin memoria y sin historia? La respuesta es única y concluyente: ¡Nada!

Por eso, resulta supremamente peligroso que este seudo cómico se empecine en borrar del pueblo colombiano elementos determinantes como la cultura, la memoria y la historia. Con patanería, sin ningún tipo de cordura y decencia, pretende construir un relato histórico de acuerdo a su forma neofascista de pensar y de actuar. No es cosa de poca monta. Son los brotes fascistas que quiere reivindicar en la gran patria de Bolívar y de abnegados luchadores como Manuel Marulanda Vélez, Manuelita Sáenz, La Pola, Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo Ossa, Alberto Márquez, José Antequera, Raúl Rojas González y un largo etcétera.

La forma grotesca como viene desvalijando los museos y los centros de memoria histórica, no es para quedarnos cruzados de brazos, mostrar indiferencia e incluso, sumisión. Hay que pellizcarnos, comprendiendo el valor de la cultura, la memoria, la historia y nuestra identidad en primera instancia. Seguidamente, develar el siniestro propósito que no es otro que instaurar el fascismo como lo indica Estados Unidos e Israel con el sionismo y, por último, asumir una postura enhiesta y consecuente, pues el compromiso es defender nuestra identidad y nuestros valores culturales e históricos.

El fascismo busca borrar la historia, para que esta se parezca al querer de los gobernantes criminales como de la Espriella y no a la realidad. Bien lo dijo Gabriel García Márquez: “Nos han escrito una versión complaciente de la historia, echa más para esconder que para clarificar”. La verdadera historia de Colombia está escondida, ignorada y tergiversada, puesta al servicio de la criminal clase dominante. Es tal la tergiversación que los criminales son héroes y los héroes criminales.

El empeño por desconocer la verdadera historia del país no es de ahora. Álvaro Uribe Vélez, de quien no se habla por estos días, prohibió en los colegios las cátedras de historia y filosofía, con la única perversidad de no hablar del pasado y menos que el estudiante desarrolle un pensamiento crítico y analítico. Existe el macabro interés en esta maldita oligarquía de que el pueblo no debe pensar, solamente ella como algo “lógico” y “natural”.

Quemar libros porque son subversivos

Una manera que el pueblo no piense es aislándolo de los libros. Entre menos lea una persona es más analfabeta y está propensa a ser manipulada fácilmente. Hay las más diversas artimañas para que el pueblo no lea. Son estrategias desarrolladas entre bambalinas que aparentemente parecen inofensivas.

Pero, no se han contentado con esto. Han hecho campañas para quemar libros. La historia resalta numerosos casos emblemáticos en el contexto mundial. Un par de ejemplos: Quien lo creyera, la primera ocurrió antes de la denominada era cristiana, cuando el imperialismo chino, con Qin Shi Huang a la cabeza, ordenó quemar masivamente libros con el fin de consolidar su poder absoluto, eliminando textos de filosofía, historia y poesía.

El nazismo, el 10 de mayo de 1933, en más de 20 ciudades de Alemania, miles de estudiantes y miembros de la S.A. Nazis, con la dirección del ministro de propaganda Joseph Goebbels, quemaron más de 25 mil libros, con el torpe criterio que no eran alemanes. Fueron incineradas obras de Albert Einstein, Sigmund Freud, Carlos Marx, Ernest Hemingway, Hellen Keller, textos judíos, imponiéndose de esta manera la ideología aria (Racismo Puro).

En América, también se ha presentado esta infeliz práctica: Durante las dictaduras en el cono sur, en el marco de la guerra fría y la persecución ideológica, las juntas militares ejecutaron quema masiva de libros, con el propósito supuesto de acabar con la “subversión marxista”. En chile durante la dictadura de Augusto Pinochet. Allanaron bibliotecas y librerías, quemando miles y miles de libros de filosofía, política, sociología y libros de arte.

Lo mismo ocurrió en Argentina, 1976. La bota militar ordenó la quema de millones de obras literarias y de ciencias sociales, unas veces públicamente y en otras, clandestinamente, eliminando obras de autores nacionales y extranjeros.

En Colombia, el ex procurador Alejandro Ordóñez, se dedicó a quemar libros a diestra y siniestra, armando para ello grupos. Entre las obras quemadas, están las de Gabriel García Márquez.

El 13 de Mayo de 1978, Alejandro Ordóñez (exprocurador colombiano destituido por corrupción en 2016), quemando libros de García Márquez, Rousseau, Marx, y biblias protestantes. Los libros fueron sustraídos por Ordóñez de una biblioteca pública de Bucaramanga, luego los quemó. Foto: Internet

No demora el falso presidente Abelardo De la Espriella ordenar esta práctica salvaje.

La situación es compleja y peligrosa. La única salida es la organización y la unidad del pueblo colombiano, debidamente formado políticamente, dispuesto a romper con esta hegemonía oligárquica. Valorar los libros, leerlos, analizarlos y asumir una postura crítica, analítica y revolucionaria. No hacerlo así, es condenarnos a otros cien años de soledad como diría Gabo

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