jueves, 23 de abril de 2026

El niño y La Turquesa

Foto: Pinterest

Cuento

Por: Nelson Lombana Silva

El golpe estridente despertó sobresaltado al pequeño que dormía plácidamente en su estrecho camastro. Nervioso permaneció estático mirando hacia el techo donde supuso se había originado el estrepitoso ruido. Pensó que el techo se le podría venir encima, cubriéndose el rostro con el cobertor oscuro, pensando eludir la tragedia de esta manera. Después de un corto silencio, que le pareció a Mateo una eternidad, volvió a sentir el ruido más contundente y consecutivo. Sentado en el borde de la cama, determinó el lugar. Metió sus pies en las pantuflas y encaminándose hacia la puerta, la abrió de un solo golpe. Era La Turquesa, la pequeña perrita de vistosos colores que se lamentaba del frío bajo el pequeño alar de la casita de madera sin pulir. Lo primero que se le ocurrió fue regañarla, pero el animalito se adelantó y moviendo la colita y dando chillidos de auxilio, conmovieron al pequeño, quien se hizo a un lado para que el animal entrara a su cuarto. “La perrita también siente”, pensó Mateo, permitiendo que La Turquesa subiera a su cama y se metiera bajo las cobijas.

Su padre, hosco y desconsiderado con el animal, no bien se enteró se incorporó agresivo descalificando el accionar del niño y obligando al canino a salir en estampida. “Los perros son de la calle”, dijo molesto. Con los ojos aguados, Mateo miró un instante a su padre con ira contenía y tirándose en la cama, volviéndose para el rincón se metió bajo las cobijas con la esperanza de no escuchar más la farragosa perorata de su progenitor, un hombre montuno, alto y giboso que por el más elemental incidente se ofuscaba.

La perrita volvió a golpear la puerta. Don Petronilo, se incorporó con violencia y abriendo la portezuela, la golpeó con el látigo. El noble animal, dejando escapar lamentos, se alejó de la vivienda por la estrecha callejuela, sin perder la esperanza de volver cuando al amo le pasase el malhumor. Se alejó con la cola entre las piernas, volviendo la mirada a intervalos. La lluvia menuda comenzó a caer en todo el poblado de casas de madera parada. Vociferando Don Petronilo cerró la puerta regresando a su cuarto.

Mateo que había escuchado con atención e indignación el accionar de su padre, esperó que se acostara nuevamente. Una vez comenzó a roncar, se incorporó con sigilo y cogiendo una bolsita de concentrado para perros, abandonó la casa, pensando en el dicho que solía decir su madre: “El que no quiere el perro, no quiere la chanda”.

Bajo el paraguas negro, Mateo comenzó a recorrer la callejuela en busca del canino con el propósito de brindarle solidaridad. Desencajado, pensando en el drama de La Turquesa, atravesó la callejuela ensopada de hirsuta lluvia de sur a norte. Estaba solitaria, solo lluvia menuda y el viento helado, eran sus compañeros de aventura. Al llegar a la esquina, al lado del parque, cerca de la biblioteca, se detuvo jadeante y mirando en todas direcciones, permaneció estático, tratando de ubicar al considerado “mejor amigo de la humanidad”.

El parque también estaba solitario. Los árboles se mecían con el viento y el silencio sepulcral deambulaba impávido sin contratiempo alguno. Nervioso Mateo, movía los ojos en todas direcciones, tratando de ubicar el noble animal, era como si la tierra se lo hubiera trago de un solo estirón. Triste, a punto de darle libertad a las lágrimas, Mateo cruzó la estrecha callejuela terrosa y sentándose en una banca de madera tosca y húmeda, esperó, siempre con la esperanza de hallar a su héroe. La densa neblina cubría el poblado y la monótona llovizna menuda no paraba. “Octubre es así”, pensó el niño sin dejar de mirar a su alrededor.

Una anciana envuelta en plástico negro apareció en la distancia por los lados del templete. Era pequeña y menuda a pesar del impermeable. Caminaba con dificultad. Al verlo se acercó preguntando con asombro: “¿Qué hace niño bajo la lluvia? “Deberías estar durmiendo, porque está lloviendo”. Mateo la miró inquieto al momento de contar con detalle su caso. “Para mí abuelita, la perrita es como una hermanita con la que comparto gran parte del tiempo. Seguro, agregó, tú sí me comprenderás”.

La abuelita se estremeció de pies a cabeza. Admiró el coraje del niño, lo mismo que el amor que le profesaba al noble animal. “De acuerdo contigo, dijo con su delicada y casi susurrante voz, los animales son en realidad nuestros hermanos, porque nosotros mismos somos animales, quizás más irracionales y egoístas que los mismos animales”. Emocionado el niño celebró el encuentro con la anciana. “Coincidimos”, dijo alborozado. “Es más, agregó la anciana con su débil voz aflautada: “Los caninos son más fieles que el mismo ser humano. La perrita debe estar sufriendo, no solo frío, sino algo más: Sentimiento de abandono”.

“¿Sentimiento de abandono?”, repitió maquinalmente Mateo en voz baja, volviendo a sollozar, sin dejar de mirar en todas direcciones. Poco dejaba ver la densa neblina negruzca que se arrastraba a ras de piso. “No estás solo en esta empresa de buscar la perrita, cuenta conmigo”, dijo.

El sentimiento de solidaridad de la anciana, animó el espíritu del pequeño dándole un aliento pródigo de encontrar a su mascota y convencerla para que retornara a casa. Mientras se movía bajo la tierna y gélida llovizna, Mateo pensaba qué decirle a la Turquesa para convencerla de retornar a casa y perdonar la salida en falso de su padre. “Todos estamos expuestos a cometer errores”, pensaba para sus adentros. “¿Cómo te llamas?”, preguntó. “Carmen, pero me suelen decir carmelita”, dijo la anciana dejando escapar un suspiro lastimero.

El mal estado del tiempo no fue impedimento para acelerar la búsqueda de la Turquesa por todo el poblado. Poco a poco la comunidad pueblerina fue despertando. Los tenderos adormilados y abúlicos, envueltos en sus gruesas ruanas fueron abriendo sus pequeñas tiendas. La noticia de que la perrita había escapado sin dejar huella, poco a poco se fue regando por todo el pueblo. Fue una bomba expansiva. Después de las diez de la mañana, había dejado de llover, pero la nubosidad continuaba, un verdadero ejército de niños y niñas, escudriñaban los sitios más inhóspitos de la comarca, el bullicio era generalizado. Incluso, un grupo llegó hasta la residencia de Don Petronilo, recriminándole su postura e invitándolo a querer los animales, especialmente los peluditos. “Los animalitos sienten”, le dijo Camilita, moviendo sus manitos con profunda indignación. “Tienen corazón y sentimiento”, agregó Rosita, caminando de un lado para otro en la vetusta callejuela.

Descompuesto por la vergüenza, Don Petronilo, no sabía qué decir y hacer. Se movía desordenamente en todas direcciones, se negaba a responder las crudas recriminaciones de los niños que sin permiso se tomaron la residencia, buscando hasta por debajo de las camas a la perrita extraviada. El caos era total. El corregidor convocó a la comunidad a buscar el canino, a través de avisos que ubicó estratégicamente en las paredes y postes del fluido eléctrico. Un grupo de periodistas de la capital llegó haciendo registros al derecho y al revés. Un titular decía: “Comarca consternada por la pérdida de la Turquesa. Niños no paran en su búsqueda en todo el territorio”. Otro decía: “Niño no para de llorar por la pérdida de su mascota”.

Después del mediodía, Mateo regresó a casa cabizbajo y meditabundo con los ojos abutagados de tanto lagrimar. Derrotado cruzó el umbral, encaminándose a su cuarto. Don Petronilo no quiso profanar su duelo, se retiró a su cuarto cerrando el aposento. Su madre, pendiente de los quehaceres de la casa, agobiada por la melancolía, suspendió sus actividades y entrando al cuarto del pequeño, se acomodó a su lado, rosando con ternura el rostro de Mateo. “Ánimo, le dijo, Turquesa aparecerá en cualquier momento”. Mateo la miró con infinita tristeza y dejando escapar un prolongado suspiro, dijo por entre los dientes: “¿Ya comería algo? ¿Tendrá mucha hambre? ¿Alguien le habrá pegado? Dios mío, ¿Dónde estará mi Turquesa, mamita?” Fulvia lo miró circunspecta, sin saber qué contestar. Hacía esfuerzos por no dejar salir lágrimas, las consideraba inoportunas en esos momentos aciagos para el niño de cabello ensortijado.

Mateo era un niño apacible y estudioso que admiraba los libros, especialmente los relacionados con las ciencias naturales y los animales en particular. En los ratos de ocio se encerraba en su cuarto a mirarlos con delite y concentración. Eran libros que su padre traía de la capital con alguna frecuencia, pensando en que su hijo fuera científico, amante de los animales, seres inocentes e indefensos que le daban dinámica al entorno. Enseñaba que los animales sienten tanto como los seres humanos, mereciendo siempre aprecio, admiración y respeto. En alguna oportunidad le preguntó por qué los animales no hablan. Don Petronilo, reaccionó afirmando que los animales sí hablan, lo que sucede es que los humanos no tienen la capacidad de interpretar su léxico. Mateo consideraba necesario estudiar con el fin de poder entender el lenguaje de los animales. Esa era la motivación principal con el fin de mantener al tanto de los textos que hacían referencia a los animales. Tanto el mundo canino como el felino lo sedujeron desde un principio. Admiraba la destreza de estas especies para sobrevivir y no dejarse amilanar de las dificultades y vicisitudes. Consideraba que el canino era expresivo y espontáneo, mientras el felino, el gato, por ejemplo, era introspectivo, no expresaba fácilmente las emociones. “El perro es emotivo, el gato sosegado”, solía decir. Sin embargo, pensaba que ambos amaban con igual pasión desenfrenada, lo que sucedía era que la forma de expresar ese sentimiento era distinta. Pareciera que el gato fuera indiferente al amo, no le importara su suerte. No era así. Incluso, llegó a decir que el gato estaba más pendiente del amo que el mismo canino.

Después de reposar y comer una albóndiga con un trozo de papa y una porción pequeña de arroz, Mateo regresó a la calle. Carmelita no estaba a la vista, pero seguía en la búsqueda sin dar tregua. Recorría la playa del río Cutucumay apoyada en el bastón. “Caramba, ¿En dónde se habrá metido La Turquesa?”, pensaba atribulada la noble y venerable anciana. El ruido del agua deslizándose sobre el lecho pedregoso, se confundía con el canto de los pájaros y el ulular del viento huracanado de las tres de la tarde. Los niños chapuceaban el agua gélida, revisando las piedras con algarabía. Algunos pensaban con ingenuidad extrema que el canino podría haberse metido debajo de una lamosa piedra.

Quien lo creyera, pero la pérdida de la Turquesa había movilizado la comunidad, despertando en ella el amor por los animalitos y, desde luego, la defensa del medio ambiente. Por primera vez, los líderes comunitarios comprendían varias cosas obvias, que hasta entonces se subvaloraban sin remordimiento: La naturaleza es un ser vivo que siente y experimenta como cualquier ser humano. Igual, el extravío del animalito había generado unidad y comunicación. Personas que nunca se habían saludado, se saludaron y compartieron el drama por igual. Desarrollaron la operación búsqueda en conjunto, compartiendo el clima húmedo y las vicisitudes de revisar los sitios más oscuros e inhóspitos.

Mateo, con las manos en los bolsillos de la raída chaqueta, no paraba de deambular, casi sonámbulo, por los alrededores de la comarca. Caminaba sin rumbo fijo, lo hacía maquinalmente. Su corazoncito arrugado lo reflejaba en su semblante lívido y desencajado. Era un robot que se movía maquinal sin conciencia del esfuerzo que estaba haciendo por recuperar su mascota. Entró al santuario y de rodillas le pidió al Señor de los Milagros, el milagro del reencuentro con su fiel compañera. Lo hizo con tanta concentración que entró en un estado de éxtasis, viendo una nube brillante esférica, la cual se fue estirando como un hilo mágico o camino angosto. Aturdido por la escena fantasmagórica e inspirado en el férvido interés de recuperar a su mascota, se mantuvo al tanto del recorrido del hilo mágico que terminaba bajo el pequeño puente sobre el riachuelo de aguas mansas y cristalinas que bajaban orondas sobre el lecho de piedras pulidas de diversos tamaños y colores. “Ese es el camino”, dijo saliendo del trance.

Salió alborozado y encontrando a sus padres parados en el atrio, les comunicó la buena nueva. “Ya sé donde está La Turquesa”, dijo. Sus ojitos brillaban con intensidad. Los padres lo miraron atónitos, no podían dar crédito al cambio que había experimentado al ingresar al santuario. Era un templete del siglo pasado, ubicado en una esquina del parque principal. “Vamos”, dijo. A paso largo cruzó el parque de occidente a oriente, caminó sobre la grama húmeda, cruzando bajo los corpulentos y seniles árboles que adornaban el parque. Parte del grupo que acompañaba la búsqueda suspendió la actividad para seguir de cerca el recorrido del niño.

La tarde estaba suavizada por el sol de los venados, no obstante, permanecer el firmamento nublado. Los débiles rayos solares se filtraban con suavidad y ternura iluminando el rostro de los intrépidos buscadores del can. Mateo, seguido de sus padres, llegó al pequeño puente, ubicado en la entrada principal al poblado, mirando con ansiedad hacia abajo. No paraba de mirar cambiando de lugar, seguido por sus padres acongojados al pensar que aquello era una falsa ilusión. Camilita llegó apresurada y cruzando por un lado de sus incrédulos padres, se le acercó a Mateo, preguntando qué certeza tenía de que La Duquesa estuviera a la orilla del cause de la quebradita. El pibe la miró sin verla, afirmando que lo más posible era que estuviera ahí. “Si no está ahí, no esta en ninguna parte”, dijo. “Si es así, dijo, busquemos la forma de bajar”. El niño la miró preocupado. “¿Por dónde?”, preguntó preocupado. Camilita sonrió. Comprendió que no se podía matar el tigre y atemorizarse con la piel. “Vamos, dijo, se cómo llegar al fondo de la quebrada”. Don Petronilo, reaccionó preocupado, afirmando que era peligroso el descenso al caudal, que era mejor esperar con paciencia y buscar otras alternativas. Cansada arribó Carmelita, siempre apoyada en su bastón y al enterarse de la noticia, le dio vía libre a la expedición de Mateo y Camilita. “Don Petronilo: Uno arriesga la vida bajándose de la cama. Además, los niños son ágiles como los gatos”.

Mientras la aguda polémica se desarrollaba con cierta brusquedad, los dos pequeños se alejaron por la otra calle y apoyados en la fresca vegetación, descendieron al lecho de la quebradita, caminando despacio sobre las piedras lamosas evitando perder el equilibrio. Los cuatro ojos, como cuatro lámparas, escrutaban los sitios más recónditos del helado paraje. Sobre un tronco en descomposición, enredada en bejucos que la inmovilizaban, estaba La Turquesa, temblorosa y temerosa. Sus ojos lanzaron destellos de esperanza al ver a su amo, seguido de la pequeña y simpática Camilita. “Mi niña”, gritó Mateo abalanzándose, rompiendo las ataduras que impedían la movilidad. Fue emocionante el reencuentro que disfrutó Camilita, que habría de contar con detenimiento durante toda su vida. “Vi en ese reencuentro – solía decir – el rostro inmaculado de la felicidad pura y oceánica”. “Es más: Comprendí cuán grande y hermoso es el amor puro e incondicional entre seres que en verdad se aman”.

El retorno a casa de La Turquesa fue un verdadero holgorio. Hasta cohetes y luces de bengala iluminaron el firmamento. Los abrazos se estrecharon, las lágrimas rodaron y los compromisos con los animales y la misma naturaleza en su conjunto, se manifestó con alegría y compromiso. Don Petronilo, junto a su esposa y e hijo, agradeció la solidaridad de la comunidad, pidió perdón públicamente a La Turquesa y se comprometió a amar la naturaleza sobre las demás cosas. “Antes de ser divinos, somos naturaleza”, dijo.    

FIN

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