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Por Nelson Lombana Silva
Fue la única vez que mi abuela tuvo que intervenir para que me levantara y asistiera puntual a la ceremonia de graduación. No podía creer que hubiera sucedido en mi día especial de recibir el título de Comunicador Social. Asombrada la veterana mujer me increpó al cruzar al inodoro, mientras se colocaba los zarcillos plateados. Me parecía cursi hacer todo un esfuerzo por ir a recibir un simple cartón que le había costado a mi viuda abuela un dineral, que la vecina le había prestado con la promesa que se lo pagaría a cuotas semanales con la venta de los huevos de sus cinco gallinitas que cuidaba con el mayor esmero en el viejo corral del patio trasero de la vivienda que le había dejado mi abuelo. Al regresar del inodoro, la miré con ternura y haciendo caso omiso a su perorata de padre y señor mío, me dispuse a entrar a la regadera. “Qué tal fuera ella el graduando”, pensé para mis adentros, sin perder el estado de ánimo.
La familia fue llegando con sus detalles bajo el brazo: Hermanos, hermanas, tíos, tías, sobrinos, sobrinas, primos, primas. Moverse en la pequeña habitación era una odisea. Algunos tuvieron que salir al solar y esperar pacientemente la salida del grupo en procesión con destino al teatro municipal, ubicado en el centro del poblado, que el colegio había alquilado para la solemne ceremonia. El murmullo del cuchicheo y la celebración de los chistes, tensionaban el ambiente. La vieja Mila, la abuela materna, veterana de la guerra de los mil días, sentada en la poltrona ordenaba con milimetría qué se tenía que hacer. Era regordeta, de baja estatura y cimarrona, se apoyaba en el bastón de madera pulida. La ceremonia estaba programa para las diez de la mañana, una mañana soleada y apacible en la cumbre de la imponente y verdosa cordillera. “Carajo, gritó la anciana golpeando el piso con el bastón, apuren al graduando, vamos a quedar sin asientos por su tardanza”.
Cuando apareció el joven bajo el marco de la puerta con su traje oscuro de primera postura, el júbilo fue total. La algarabía llegó al vecindario, muchos de ellos salieron a ver qué estaba pasando y curioseando por las ventanas y las hendiduras se mantuvieron hasta ver salir el desfile rumbo al teatro municipal.
En el barrio nadie sabía a ciencia cierta cuál era el motivo del escándalo, pero como la imaginación vuela, rápidamente rodaron las más diversas versiones, entre ellas, que me casaría, que viajaría en busca de mejores horizontes. Agobiada por la melancolía, la joven Matilde, sollozaba pensando que su amor de infancia se escapaba. Era una mujercita menuda y agraciada que deliraba cada vez que Alejandro se atravesaba en su camino. Tras el cristal de sus lágrimas, esa mañana lo vio espléndido caminando con cadencia, mientras el núcleo familiar, bullicioso, lo seguía.
Al cruzar la plaza de mercado, el olor de la fritanga inundaba el entorno, originando bostezo en la comitiva. No hubo quien dijo en voz baja que con gusto se sentaría en el toldillo de tafetán de misiá Adolina a disfrutar un plato de rellenas de cerdo con arepa y papa salada. El comentario llegó a los oídos de Mila, quien, volviendo la mirada, expresó su disgusto. Consideró el comentario un despropósito que nada tenía que ver con la solemne ceremonia que estaba programada para ese día.
El teatro municipal era una casona abandonada por sus propietarios que tuvieron que salir en estampida del pueblo durante la cruda violencia entre conservadores pobres contra liberales pobres, invento de la gran burguesía que mantenía en la capital y en otras veces en el extranjero, sin ofenderse la alta dirigencia nacional entre sí.
Con traje de gala, la secretaria del colegio, plantada en la entrada principal, recibía las distintas delegaciones y les indicaba con claridad el protocolo y la ubicación. El rector, con saco y corbata, ya estaba sentado en la mesa principal, al decir de la vieja Mila, parecía un “pisco encorbatado”. Le tenía fobia porque le había colocado matricula condicional a su nieto, durante todo el último semestre, porque en formación, el joven estudiante le cuestionó su continuo estado de beodez, que impedía su asistencia al establecimiento con bastante frecuencia. “No hay responsabilidad”, dijo el inquieto joven, generando carcajadas y rechiflas de los estudiantes dispuestos a formar. Pálido de indignación el rector le contestó con patanería diciendo que el que manda, manda, aunque mande mal. El joven tuvo que comparecer en su despacho, regresar a casa y volver nuevamente con el acudiente, la matrona Mila.
Dijo que el estudiante lo había irrespetado públicamente, haciéndolo el hazmerreír de los estudiantes y de los docentes. Era una falta grave que ameritaba su expulsión inmediata y que para ello la había convocado. Mila era de armas a tomar, igual que su nieto, era irreverente. Una vez escuchó la argumentación del rector, respondió sin rodeos con una pregunta que dejó perplejo al rector: “¿No es cierto? Es vox populi que el señor rector mantiene más en la cantina que en la rectoría”.
La discusión se tornó agria. Argumento de parte y parte luchaba por imponerse. Después del largo rifi rafe, que se extendió por casi una hora, Mila se puso en pie y convidando a su nieto, se encaminó a la puerta de salida. “Señor Rector, le dijo, haga lo suyo que yo hago lo mío”. El prefecto de disciplina que había presenciado la discusión le aconsejó no expulsar a Alejandro, primero porque era un buen estudiante, decente y con capacidad argumentativa. “El niño le puede generar un verdadero conflicto, le dijo, por cuanto el pibe no está mintiendo y en un momento dado podría agregar otros escándalos que se han mantenido en reserva”. El rector golpeó el escritorio y poniéndose en pie, fingió mirar el prado a través del pequeño ventanal. Se volvió para mirar a su interlocutor lanzando una pregunta ácida y directa: “En un litigio, ¿Cuál sería su decisión?” El prefecto, que ya se había puesto en pie para abandonar la oficina, lo miró perplejo, era un interrogante comprometedor que ponía a prueba su rectitud. Sin embargo, no se amilanó y mirándolo con crudeza, contestó: “Haría valer la rectitud, la verdad”.
El rector se estremeció de pies a cabeza y volviendo a sentarse, rascándose la cabeza, dijo por entre los dientes: “Lo sabía. Puede retirarse”. Salió despacio dando pasos seguros. Lo vio alejarse y manoteando nuevamente se mantuvo expectante hasta cuando pudo llegar a la cantina y tomar varias amargas. Entonces vio un mundo distinto, todo fácil de manipular.
Mila, después de mirarlo nuevamente como un pavo real, sentado en el centro de la mesa principal, le restó importancia al recuerdo, concentrándose en el acto de graduación. El teatro había sido decorado, apropiado para la ceremonia. La delegación fue ubicada cerca del atril, donde hablaría Alejandro en representación de los graduandos. El cuchicheo era mínimo. El acto comenzó con las notas del himno nacional, después las palabras del rector, las cuales estuvieron salpicadas de hipocresía e hipérboles.
Luego, las palabras del graduando. Alejandro que estaba al lado de su abuela, se puso en pie y después de estampar un ósculo en la mejilla, se encaminó al atril. El teatro abarrotado, se mantuvo expectante con aire de admiración. Había sido destacado como el mejor estudiante de esta promoción, a pesar de la animadversión del rector hacia él.
Su intervención fue corta, pero emotiva, llegando al corazón de los asistentes. Fue directo y contundente, destacando el compromiso de los graduandos, no solo con sus familias, sino con la sociedad en su conjunto. Ir en contra de lo establecido, generar proyectos innovadores y vivir la vida con intensidad, fueron apartes centrales de su intervención. El rector quedó boquiabierto, no parpadeaba escuchando el discurso, se había imaginado una diatriba contra su gestión, teniendo en cuenta que ya se marchaba de la institución el joven y nada tenía por perder. Era la oportunidad de desahogarse o quizás tomar revancha por su matrícula condicional. Nada de eso, considero que puse la nota alta al decir “que vivíamos en el sistema de los antivalores. El dinero es un fetiche que aleja a la humanidad del humanismo, lo acerca al animalismo, haciéndolo lobo del hombre mismo. Lo estratifica, lo minimiza, lo cosifica, lo hace ogro de la única especie con capacidad de pensar e inventar dioses: El hombre”, dije en uno de mis apartes durante la pausada intervención, que duró aproximadamente cinco minutos.
Al terminar, los asistentes se colocaron en pie, ofreciendo una prolongada ovación, aplausos sonoros sin límites. El rector saltó de su asiento, encaminándose presuroso a estrecharme la mano, pero, al adivinar las intenciones, me devolví en sentido contrario, regresando al puesto, al lado de mi abuela, quien me prodigó un fuerte abrazo y unos cuantos besos en la mejilla. “Qué bonito hablaste”, me dijo al oído, mientras se limpiaba las lágrimas con la yema de los dedos.
La ceremonia concluyó con la entrega de los certificados y las condecoraciones, las cuales entregué inmediatamente a mi abuela, reconociendo su heroica labor durante largos y azarosos años. “Eres tú, abuelita la que mereces estas condecoraciones”, le dije mirándola a sus ojos con ternura y gratitud infinita. La comitiva regresó a casa disfrutando suculento sancocho de gallina, siempre bajo la supervisión de la vieja Mila, que se sentía espléndida, plenamente realizada en el sueño de hacer profesional a su nieto. A pesar de su edad y quebrantos de salud, estaba atenta para que todo saliera bien y la familia se llevara la mejor impresión. En el bullicio, alguien preguntó qué había estudiado el joven, Mila dijo que Comunicación Social y antes que le preguntara en qué consistía esa profesión, ella dijo que no tenía la menor idea, qué era la carrera, para qué servía y cómo se desarrollaba. “Solo mi hijo sabe”, dijo cambiando de tema.
Alejandro se había despojado del traje volviendo a colocarse el blujean desteñido, la camiseta sin cuello y sus sandalias de cabuya, era su traje favorito. Al verlo, su abuela frunció el ceño, pero no le dijo nada. La reunión se prolongó hasta bien entrada la tarde, cuando uno a uno se fue marchando henchido de orgullo de tener un familiar profesional. Era un sueño que la pobreza lo había postergado.
Los primeros días me dediqué a conocer de cerca su entorno, rápidamente me di cuenta el desconocimiento del hábitat a pesar de permanecer en él y transitarlo para arriba y para abajo desde el amanecer hasta bien entrada la noche, todos los días. En la medida que observaba, el asombro crecía como espuma. Maravillado duraba horas enteras en esta actividad. Comencé el estudio por el lenocinio. Era el sitio despreciado por la gente, satanizado por el cura y odiado por las esposas. Por primera vez reflexionaba sobre el llamado “barrio malo”. Jóvenes y mujeres envejecidas, sanas y enfermas, vendiendo su cuerpo por una moneda que les garantizara el magro alimento y el sencillo y casi elemental traje. No había hacia ellas ninguna manifestación humana, eran consideradas pecaminosas, familia del diablo, cuya misión era pervertir a los hombres y destruir los hogares. El estigma perenne las rondaba en todas partes, cuando caminaban por las calles céntricas eran miradas con desprecio y hasta con lástima, los cuchicheos se hacían frecuentes incluso, entre los que visitaban a hurtadillas el barrio durante la noche.
Después de observar con detenimiento el barrio y conversar con ellas, una serie de conjeturas las plasmó en mi libreta de apuntes. Lo primero que advertí es que la prostitución es quizás la “profesión” más antigua, una lacra propia de los sistemas caracterizados por las clases sociales antagónicas. A este sitio concurrían jovencitas sin recursos económicos, analfabetas y rechazadas por la sociedad, que no dudé en calificar de hipócrita y de doble moral, de simple apariencia.
Los testimonios recogidos eran dicientes y reveladores: “No estoy acá porque me guste, estoy acá por necesidad, quedé huérfana de padre y madre a los doce años, ellos fueron víctimas de la violencia por ser liberales, quemaron la ranchita y todo cuanto poseíamos. Los amarraron en el botalón y los descuartizaron en mi presencia, luego me violaron y me arrojaron al camino. “Pa la mierda”, me dijo el violador. No sabía para dónde iba. Solo corría. Al cruzar por este lugar la matrona me detuvo y después que le conté la historia sollozando, me ofreció posada y comida. Gustosa acepté. Los primeros días, todo bien, era tratada con consideración, me dio buena comida y me compró ropa nueva. Llegué a pensar que la mejor estrella había caído sobre mí para iluminarme y esa estrella era la matrona. Pero en realidad, la dicha fue efímera. Comenzó a llevarme a la cantina. Veía con asco a los viejos morbosos ebrios que sentaban viejas en sus piernas y sin pudor les tocaba todas las partes del cuerpo, incluyendo las íntimas, mientras las mujeres fingían excitación. Al rato, se alejaban por el oscuro pasillo y entraban a pequeños cuartos, regresando media hora después, ella por un lado y él por otro. Pensaba que habían discutido. Sin despedirse él salía presuroso, mientras la hembra buscaba entre el bullicio a su nueva víctima, haciendo el mismo recorrido”.
“Yo le decía a la matrona que el lugar no me gustaba, pero ella insistía en que tenía que mirar el verdadero rostro de la sociedad capitalista. El mundo es así, insistía con sorna. Un viejo mal encarado, sucio y ebrio, un día se me acercó, mirándome con morbo. Sentí asco. Temblaba de pies a cabeza. Comencé a retroceder, buscando escapar. Me hablaba, pero no le entendía nada, estaba demasiado borracho y la música a todo volumen. La matrona estaba al tanto, detrás del vetusto mostrador. La miré con angustia, dirigiéndome a ella, pero su reacción fue de indiferencia, volvió el rostro fingiendo hablar con el más adinerado del pueblo. La halé del delantal. Se volvió hosca. Le conté lo que ella sabía, respondiéndome con crudeza: Normal, don Tiburcio seguramente te quiere hacer mujer. No entendí nada. Pero intuí que no era una respuesta de solidaridad y ayuda. Me eché a correr. Fui al cuarto y trancando la puerta, me metí entre las cobijas y me estuve silenciosa. No pasó mucho tiempo cuando escuché golpes violentos en la puerta. “¿Quién es?”, pregunté nerviosa. “Soy yo”, contestó la matrona. Abrí nerviosa. “Mijita, me dijo, por qué te vino, don Tiburcio solo quería saludarte”. “Señora, ese señor me produjo miedo, asco y terror, es muy parecido al tipo que me violó. ¿Me entiendes?” La proxeneta sonrió a carcajadas, diciendo: “Un diablo se parece a otro diablo. Tiburcio es uno de los mejores clientes, paga muy bien y gasta licor. Usted ya debe ir pensando cómo pagarme; dejemos y mañana hablamos con más claridad, por ahora duerma”. Tranqué de nuevo y pensando que la matrona era la mejor mujer del mundo me dormí. El escándalo propio del lenocinio no fue impedimento para dormir plácidamente”.
“La matrona regresó a la cantina, siendo abordada por Tiburcio. Le dijo que se sentara y tomara algo. “Un roncillo”, dijo irónica. “¿Estoy viendo visiones?”, preguntó a media lengua. La matrona rio a carcajadas, después de consumir la bebida. “Viejo vagabundo y pollero”, le dijo sin dejar de reír, mientras servía otro trago. El viejo dejó escapar una carcajada desarticulada, dejando entrever la ausencia de algunos caninos. “¿Está sana?”, preguntó. “Totalmente”, contestó sirviendo otra copa. Cuadraron el plan, el precio, el lugar y la hora. El incremento fue notable”.
“Al otro día, después del desayuno, la matrona me contó toda la película de la noche, la conversación con el asqueroso Tiburcio y el interés de conocerme y tratarme. “Es un viejo de billete”, me dijo. De distintas maneras le dije que no me interesaba hablar con ese individuo, no me importaba el dinero, solo quería crecer y aprenderme a defender del mundo que bueno no era. La matrona se ofuscó y levantando la voz, me dijo que tenía que dejarme orientar, que esa noche vendría exclusivamente a saludarme y a conversar”.
“Me dijo nuevamente que era un cliente adinerado, gran gastador que lo necesitaba para garantizar mi subsistencia y estadía, que tenía que hacer el esfuerzo de no hacerle ningún desaire que colocara en peligro su asistencia al negocio. Sentí que llevar la contraria, era un acto de desagradecimiento imperdonable. Durante el día traté de prepararme, no tanto para convencer al tal Tiburcio, sino a la matrona. Quería que el día no se acabara. Pero sucedió todo lo contrario. A las seis la matrona me ordenó colocarme el mejor vestido, la ropa interior más nueva, el brasier sin estrenar. Me peinó y me colocó algunas joyas de su propiedad”.
“Llegó después de las ocho, era una noche apacible y silenciosa, de gran expectativa para mí. Me impresionó: Bien acicalado, rasurada su montuna, perfumado y sonriente. Era de regular estatura, delgado y piel canela. Habló con la matrona, mientras yo los observaba en silencio. Alcancé a escuchar que hablaban de dinero. Ella me hizo señas para que me acercara al salón principal. Tenía unos ojos claros. Me presentó, diciendo que era una persona muy importante en la comarca, cordial y respetuoso. No me miró con morbo, más bien con una mirada tierna, no sé por qué, pero evoqué la mirada de mi padre. El estrés cedió, saludándolo con cordialidad, me acomodé en el sillón, preguntando cómo se llamaba. Me dijo Tiburcio y yo le dije Iris. Bonito nombre, me dijo”.
“Creo que a los veinte minutos hablábamos como viejos conocidos. Sus historias eran chistosas y me hacían reír mucho. La matrona como una arpía observaba. Rompió su silencio diciendo que conversar a palo seco no era bueno. Tiburcio sonrió, pidiendo una botella de Ron, sacando un fajo enorme de billetes de diversas denominaciones, realmente deslumbrándome. Cómo era posible que tuviera tanto dinero en efectivo, mientras yo no tenía un céntimo, vivía porque la matrona me había acogido en su seno. Me sorprendió en grado sumo cuando me dijo que me podía quedar con los vueltos. “¿Todo ese dinero para mí?” Le dije sorprendida. Tiburcio sonrió. La matrona, dijo: “Le dije que don Tiburcio es una persona muy generosa, ¿Verdad?” “Sí señora”, le contesté alborozada”.
“La matrona alistó tres copas. No pasé inadvertido el hecho. “¿Por qué tres copas?” Tiburcio sonrió con gracia. “Cómo vamos a tomar nosotros y tú solamente mirándonos. Sería imperdonable”. La matrona se apresuró a decir: “El negocio está cerrado al público, no tenemos el problema de la puta policía, eres libre, no hay barreras ni prohibiciones”. Aquello me pareció, no le vi malicia de ninguna naturaleza. Por el contrario. Me sentí libre y grande para hacer lo que hacen los mayores. Tiburcio no paraba de hablar, sobre todo, chistes graciosos y entretenidos. La matrona destapó la botella, porque yo no pude. “Debes aprender mija”, me dijo. Colorada les dije que sí. Tomamos la copa rebosante y levantándola más alta Tiburcio dijo: “Brindemos por este maravilloso momento. Brindemos” dijimos con la matrona. Vi que Tiburcio devoró el contenido de un solo golpe sin hacer gestos, la matrona lo mismo. Quise hacer lo mismo, no desentonar, pero no fue posible. Qué chasco tuve. Sentí que me quemaba la garganta, sentí que me ahogaba y dejando escapar un grito boté el licor al piso, solo una parte ínfima bajó por la garganta. Hice el oso. Temí la reacción de la matrona y del mismo Tiburcio. Quise salir corriendo y esconderme para que no vieran mi rostro. Pero, qué sorpresa: Las miradas de ambos fueron de comprensión y de carcajadas estridentes que retumbaron por todo el salón. “Eres valiente”, me dijo Tiburcio; “Así es la primera vez”, me dijo la matrona sirviendo una nueva tanda. Me opuse a recibirla, diciendo que me daba pena hacer nuevamente el oso. “Estamos en confianza”, dijo Tiburcio acomodándose mejor en el sillón rojizo”.
“Tomé la copa entre mis manos y después de hacerle gestos, fui bebiendo su contenido lentamente. Quemaba la garganta, no había duda. No obstante, me sentí bien porque no desentoné y prueba de ello fue el estruendoso aplauso de la matrona y de don Tiburcio. “Es una forma de empezar a ser mujer”, me dijo la matrona en voz baja, mientras don Tiburcio se marchaba al orinal. “Es más, hay que tomar harto para que gaste, es un tipo adinerado”, me dijo susurrante. Tiburcio regresó con el cuento que, si sabía bailar, era una práctica que disfrutaba de niña, soñaba con ser bailarina. “Por supuesto”, le contesté una vez tomé una nueva copa. Me preguntó que qué música bailaba y yo le contesté que todo género y que me gustaba mucho la música argentina, el tango. “Yo también bailo tango qué dicha”, invitando a la matrona a colocar este género musical. Nos tomamos otro trago y salimos a bailar. Me sentía feliz, era un bailarín consumado. Pensé que la noche sería corta para bailar, pues me gustaba demasiado. Era un deseo reprimido por mis padres que disfrutaba de golpe sin estarlo buscando, pensaba que el momento había caído del cielo. Después de bailar un buen rato, comencé a sentirme mareada, sentía que el piso y todo a mi alrededor se movía. “Todo se mueve”, les dije y ellos rieron, diciendo que era normal, que el licor me relajaba y me llevaba al mundo mágico y maravilloso para disfrutar de principio a fin. La matrona me llevó al inodoro y me hizo tomar aceite de almendra. “Con esto – dijo – podrás resistir la tomata y disfrutar mejor la noche”.
“Dicho y hecho. Ya no esperaba que me sirvieran, yo misma me servía con el beneplácito de la matrona y don Tiburcio. Me sentía libre, gritaba y me contorsionaba, haciendo figuras graciosas. Don Tiburcio al bailar me amacizaba, qué delicia, era un sueño multicolor. Incluso, con el permiso de la matrona me le senté en sus piernas sin parar la algarabía. Eso me pareció un hecho histórico, acorde con el momento. Me preguntó que cuántos años tenía y le contesté que trece, que por qué estaba allí, le hice un resumen de mi vida, que qué más quería experimentar y le respondí que me era suficiente con bailar y compartir con ellos la bebida y el momento”.
“Comenzó la madrugada. La matrona miró maliciosa a través del pequeño ventanal hacia la calle, regresando con el cuento que estaba helada y solitaria. “Estamos solos”, dijo con aire de triunfo. Yo trastrabillaba, pero era consciente de todo cuanto estaba sucediendo. La matrona se secreteó con don Tiburcio, lo cual me generó de improviso un raro y efímero presagio, el cual eliminé de tajo con la bebida. Me dijo que la acompañara al inodoro, recuerdo que sacó del brasier un frasco oscuro y me dijo que absorbiera, que eso me servía para resistir el parrando. No me acuerdo de más”.
“Desperté después de las seis de la mañana. Estaba en un cuarto distinto al mío. No era mi camastro. Con ojos abotagados por el sueño y la resaca, miré a mi alrededor despacio. Estaba desnuda, solo cubierta con una sábana blanca. Al moverme sentí un dolor inmenso en la entrepierna, todo mi cuerpo maltratado, molido. Me moví con mucha dificultad, era como si estuviera paralizada. Llevé la mano a la entrepierna y qué horror, ver mis dedos untados de sangre. Sobreponiéndome al dolor me puse en pie y vi que la sábana estaba untada también de la viscosa sangre. Sin tener tiempo de pensar corrí a la ducha y me bañé una y otra vez. Cuando salí, ya la sábana no estaba, había otra. La miré pensando que había enloquecido. Me acosté y traté de dormir. Necesitaba ordenar las ideas. ¿Qué había pasado? No lo sabía. Por supuesto no pude dormir, permanecí bocarriba mirando el techo del cuartucho de mala muerte, hasta que apareció la matrona con lambonería, preguntando que como me encontraba, diciéndome que era guapa para tomar, que me había portado muy bien, que el cliente se había ido satisfecho con deseos de volver”.
“La miré con rabia contenida. Vi su rostro de maldad en toda su dimensión. “Me duele mucho la entrepierna, todo el cuerpo lo siento maltratado ¿Qué pasó?” La matrona sonrió de una forma siniestra, sarcástica e imponente, respondiéndome: “Nada”. Soberbia la increpé. “Me duele la cuca, ¿Entiendes?” “Calma, me dijo, es normal, siempre la primera vez duele, después disfrutarás. Además, es una forma de pagarme todo lo que he invertido en ti, muñequita hermosa”. Se incorporó y se marchó. La miré alejarse por el largo corredor, sintiendo náuseas, pero sabía que no podía contradecirla, porque colocaba en entre dicho mi existencia. “El mundo es así, pensé”.
Igual a este relato, recolecté muchos más, quizás más dolorosos y dramáticos que resultan impublicables. Resumí la experiencia escribiendo las conclusiones en mi libreta de apuntes, marchando a otro punto del poblado. Me trasladé al Palacio Municipal, recorriendo los pasillos, visitando las oficinas y conversando con los empleados públicos. Algunos se mostraron generosos, otros, por el contrario, se mostraron ogros y huraños, mirándome con cierto desprecio y desdén. “No tengo tiempo para atenderte”, me dijo la alcaldesa, mientras la estilista le hacia el maniquiur. Realmente no iba a que me atendieran, iba a observar el comportamiento de los empleados y la dinámica de la administración pública. No era el ambiente muy diferente al del lenocinio. También era pesado e incierto. El campesino llegaba sudoroso y después de una larga fila era atendido, casi siempre salía cabizbajo, meditabundo y otros vociferando con indignación.
Cuando llegaba el político de turno todo era diferente. Era recibido con honores, se invertida buena tajada del presupuesto en el protocolo de recibimiento, junto con su comitiva, generalmente numerosa. Venía con las manos vacías, pero eso sí, cargado de promesas. El populacho reunido frente al Palacio lo aplaudía con frenesí, solo por el hecho de ser godo. Consideraba que era un honor tener a tan eximio personaje en la comarca. De vez en cuando levantaba la diestra, la mayor parte del tiempo estaba empecinado en conversar en voz baja con la alcaldesa sobre el presupuesto municipal. No tenía empacho en recomendar dejar buena partida para la campaña electoral que se avecinaba. La alcaldesa, tomaba atenta nota sin chistar palabra alguna. También pude recibir varios testimonios de los labriegos, relatos directos, sin ambages y humanos. Rafael Ortega, del páramo, campesino laborioso, montaraz con manos encalladas y frente curtida por el sol y la lluvia, me miró relatando su propia experiencia y forma de pensar: “Soy campesino de tiempo completo. Llegué a esta región buscando salvar la vida durante la cruda violencia, el liberalismo se había ensañado contra el conservatismo y los jefes nos advirtieron que no debíamos dejarnos joder, que para eso teníamos que aprender a manejar cualquier arma y estar dispuesto a zanjar la disputa con ella. Ofrecieron cursos de capacitación y muchos asistimos convencidos que con ello salvábamos la vida y la dignidad patriótica del partido conservador”.
“En ese ambiente tenso, me radiqué con la mujer y mis hijos en el páramo, dedicándonos al trabajo. En realidad, nunca he estado de acuerdo con la violencia, pienso que es ignorancia, ausencia de ideas y argumentos para convencer al otro. Era godo y lo sigo siendo, pero no soy fanático y sectario. Si puedo ayudar a un liberal lo hago. Claro, no con mucho agrado, pero lo hago, porque pienso que todo mundo tiene derecho a vivir, el cielo es azul y la sangre roja”.
“Me gusta participar del debate electoral, recibir el llamado de los jefes y actuar con mi comunidad. Pienso que el que no vota, no es ciudadano, no es persona de bien, porque para exigir hay que dar. Y nosotros los pobres, lo único que tenemos para dar es el voto. ¿No te parece? El patrón también es godo y con alguna frecuencia nos da charlas de política, son charlas importantes, porque nos muestra el rostro perverso del liberalismo, es la cabeza de la serpiente venenosa que hay que golpear con fuerza en cada debate electoral.
Dice, además, que el conservatismo defiende la religión católica, se relaciona con el mensaje cristiano y aboga por la paz y la sana convivencia”.
“Durante una charla, nos habló de un Partido que amenaza con llegar a la nación y que sería el acabose total, sería el advenimiento del anticristo, dice el cura en sus homilías con escándalo. Dicho Partido acabaría con la libertad, seríamos marcados como hacemos con los animales, no tendríamos derechos, los hijos serían raptados por el Estado, tendríamos que trabajar como esclavos, no para nosotros sino para el gobierno. Al parecer es un movimiento turbulento que invade el mundo poco a poco. Su fuerza descomunal arrasa todo a su paso, dice el patrón. El primero de enero de 1959, llegó a la isla más grande de las Antillas: Cuba. Los gobiernos democráticos encabezados por Estados Unidos, lideran una verdadera cruzada y el conservatismo encabeza en el país esta lucha. Se rumora, dice el patrón, que el liberalismo se hace cómplice de la arremetida del comunismo. Por eso, gobierne bien o mal el partido conservador, hay que apoyarlo con todas las fuerzas del corazón”.
“Así, sin tener qué escoger, voté por la alcaldesa. Dijo que su mandato sería de puertas abiertas, haría obras comunitarias, trabajaría con transparencia y mantendría la convivencia ciudadana. Todo fue macumba, palabras que el viento se llevó. Nada de lo dicho ha cumplido, se mantiene distante de la comunidad, su despacho permanece cerrado, no ha construido una sola obra en el páramo, mantiene dizque respondiendo demandas por corrupción, se la pasa – dicen - chismoseando, generando odios e intrigas a montón en toda la comarca. Al parecer su jefe se lleva casi la mitad del presupuesto y ella no dice nada”.
“El año pasado, tuve un accidente. Me fracturé un brazo. Acudí a su despacho solicitando solidaridad. No fue posible hablar con ella. Me mandó a hablar con el jefe de oficios generales, quien me dijo que en el momento no había disponibilidad presupuestal, porque las arcas estaban en ceros, que tuviera resignación y que le pidiera a Dios mucha fuerza de voluntad para superar el chasco. La muy descarada me mandó a decir que el jefe me mandaba un saludo y que me fuera alistando para la campaña, la cual sería muy dura y definitiva para mantener la unidad y la existencia del conservatismo”.
“Mire usted, los sapos que hay que tragar, los momentos que hay superar y la paciencia que hay que tener para no claudicar, porque eso sí, pienso que hay que ser firmes hasta la muerte. No voy con los volteados ni un pitico. Como dice el dicho popular, amigo: El hombre por los pantalones y la mujer por las enaguas. En eso sí soy intransigente”.
“Realmente no sé si sea alcahuete o pendejo, pero nunca he recibido una sola ayuda de los jefes, a veces he dicho que no vuelvo a joder con esto, pero una vez comienza el bullicio de la campaña, se me calientan las venas y de una vez acudo al directorio colocándome en primera fila. Se me olvida que no sirven para nada participando activamente de la campaña”.
“Mi mujer es liberal. Sus padres se opusieron férreamente a la relación, su padre decía que prefería verla muerta que en brazos de un condenado godo. Me tocó raptarla durante la noche. Saliendo por la ventana, después de la medianoche, nos internamos en el bosque por un estrecho sendero. Caminamos toda la noche hasta llegar a mi posada exhaustos pero felices. Hoy, no tocamos el tema político. Respetamos el espacio. Superamos la perseguidora de los padres y después de muchas afugias pudimos normalizar el impase y convertirnos en buenos amigos, él con su cuento y yo con el mío”.
“Tú me preguntas que qué es ser conservador. Pensando seriamente tendría que decirte con franqueza que realmente no sé. La pregunta debería trasladársela al jefe, él sí sabe contestar, porque tiene conocimiento de causa, sabe dónde pones las garzas y quien es quien. Yo camino para adelante porque veo caminar a los demás, de no ser así, caminaría de para atrás o de lado como suele hacer los cangrejos”.
“Creo que la fortaleza del Partido está en el analfabetismo del pueblo, porque el pueblo no piensa ni decide su destino, piensa y decide el jefe. Y pienso que así debe ser, imposible todos pensando sería como una torre de Babel de la cual nos habla la biblia con tanta espiritualidad en sus versículos. El mundo es perfecto e inmodificable, así tiene que ser, porque Dios es perfecto y la perfección no admite imperfecciones”.
“Llevar la adversidad con resignación es el fundamento del éxito, porque es muy lógico que es mejor sufrir en este mundo y gozar en el otro. Éste es efímero y aquel eterno. Creo que no hay discusión”. “Es muy cierto el dicho que dice que la humanidad vino al mundo con sus polvos contados, ni uno más ni uno menos. Luchar contra lo imposible es una soberana bobada, el mundo camina como es y no como quisiéramos que anduviera. El que manda, manda, aunque mande mal. Hacer oposición a la realidad concreta es un disparate, amigo”.
“La mujer es de la casa como el hombre de la calle. Tampoco hay objeción en este terreno. Ella lo sabe y lo asume así, por eso no tengo inconvenientes con ella. Yo digo y ella hace, es la lógica que asumimos con naturalidad. Así lo dice la biblia, así lo dice el cura en sus largas y farragosas homilías. Digamos que la gran tarea del cura es domar, sacar del corazón toda rebeldía y dimensionar en grado sumo la resignación. A mi modo de ver es la más sublime virtud de la religión y de la iglesia católica”.
“No le temo a la muerte. Pienso que es el único momento en que uno en milésimas de segundos dimensiona la vida, es el descanso eterno, el cumplimiento de un ciclo más de vida, que sigue aprovechando el cura para ganar dinero con el cuento de la misa exequial, la misa de nueve días, la misa del primer mes, del primer semestre, del primer año, etc. Pero, no contento con esto, cobra la estadía del despojo mortal en el cementerio, la exhumación de los huesos, desconociendo de cabo a rabo el principio bíblico que el mismo prelado nos dice al colocarnos la ceniza que da inicio a la cuaresma: “Eres polvo y en polvo te convertirás”. No tengo ni alma, ni espíritu, tengo conciencia para amar a mis hermanos y a mis hermanas. La mejor oración es el trabajo, las buenas costumbres y las buenas relaciones hasta con los cachiporros. No matar, no robar, no mentir, no fornicar, no desear la mujer del prójimo, pienso que son los pilares para alcanzar la eternidad, el cielo”.
Los demás relatos que pude registrar en este lugar, me deslumbraron y me llenaron de ánimo, comprendí una vez más que tenía mucho que aportar, para lo cual tenía que seguir estudiando porque los conocimientos de la academia eran muy limitados, además que el conocimiento es infinito, llegando a la conclusión que uno moría estudiando. Pero, lo que más me impresionaba era que viviendo en el poblado, todos los días pasar por allí, nunca me había detenido a mirar en detalle, lo que estaba mirando ahora. Era analfabeta, me había dejado arrastrar de la sociedad de consumo, estaba de espalda a la realidad que me afectaba, pero que no había tomado conciencia de ello.
Me fui para el pequeño y destartalado polideportivo. Era un armatoste en ruinas que era utilizado por candidatos en campaña como caballito de batalla. El libreto que retumbaba por todo el campo deportivo, convertido en basurero con la proliferación de gallinazos por doquier, era el mismo: “Yo sí voy a hacer un escenario que responda a las expectativas de los jóvenes”. Campaña tras campaña era el mismo discurso, ya estábamos acostumbrados, tanto a escuchar la propuesta como a padecer su incumplimiento. Unos pequeños descalzos jugaban con un balón de trapo. En las destartaladas tribunas, jóvenes distantes de la realidad consumiendo estupefacientes, con sus trajes raídos por el uso.
Viendo esta cruda y escueta realidad todos los días sin darme cuenta, solo hasta ahora me asombraba sobre manera. Controlando los nervios fui penetrando el círculo, sentándome cerca del grupo fingiendo mirar con curiosidad los niños descalzos jugando fútbol con la pelota de trapo, liada con cabuya. Uno del grupo me miró áspero, como queriendo decirme y tú que haces aquí. Le resté importancia, seguí mirando el juego de los niños. El que parecía ser el jefe, se me acercó un tanto agresivo, diciéndome: “Tú qué parce, como es la vuelta, qué pitos tocas por aquí”. Sentí pánico. Nunca había estado frente a un denominado “ñero”. “Como ves, le dije, estoy viendo el partido”. “Sobrado parcero, estás en la onda. Todo bien”.
Me dije: “Es la oportunidad de conversar. ¿Te provoca un cigarro?”, le pregunté, sacando del bolsillo de la camisa una cajetilla sin comenzar. Todos pararon la oreja, se miraron sorprendidos, afirmando el chico con el que había comenzado la parla: “Parce, es el maná que cae de la altura”. Sacó el cigarro devolviéndome la cajetilla, yo le dije que no, que bien se podía quedar con ella. Hubo algarabía, todos prendieron su cigarro, diciendo que yo era un bacán.
Charo, era el nombre del líder de la manada, se acercó sentándose cerca de mí, mientras fumaba con ansias el cigarro. Era conversador. Sutilmente le insinué que quería conocer un poco de su vida. Me miró con asombro diciéndome: “Qué importa mi vida, soy un don nadie que ni quita ni pone. Mi vida no tiene sentido don, ¿Para qué contarla?” “Eres un ser humano, teóricamente tiene los mismos derechos y deberes de cualquier joven de tu edad”, le contesté con seriedad y hasta con ira contenida. Charo me miró, viendo en su mirada dulzura brutalmente reprimida por una sociedad clasista y egoísta. Dejó escapar una carcajada, preguntándome el sentido de su historia. “Al joven se le ha estigmatizado, se le ha negado los derechos al habla, a opinar y por qué no a decidir”, les dije a todos los presentes, quienes concentraron sus miradas en mí, quizás como diciendo para sus adentros, y este bicho de dónde salió…
Guardó silencio algunos segundos, creo que minutos, como devolviendo el casete. Me miró nuevamente con desconfianza. Comentaría tiempo después que la primera impresión que tuvo de mí, era que, con toda seguridad, yo era un tira, un sapo de inteligencia. Nada tenía que ocultar, por lo tanto, era mejor contar la historia, tal cual sin omitir detalle. Así lo hizo. Fue un relato extenso y meticuloso, muy doloroso. El resumen es el siguiente:
“No fui fruto del amor, fui fruto del placer desbocado propio de animales. Él, un borrachín empedernido, irresponsable y hablador, cobarde, soñó con ser sicario, pero nunca tuvo valor de matar una cucaracha. Creo que la lengua lo mató. En una de sus tomatas, un sicario le disparó en tres oportunidades, dejándolo gravemente herido pues sus disparos fueron localizados, principalmente en la cabeza. Duró agonizando quince días. Nunca tuve cariño y afecto de él, solo malos tratos. Toda moneda que me ganaba “muchiliando” me la quitaba, siempre con el mismo cuento: Préstamela”.
“Mi madre me odiaba. Le oí decir en varias veces que fui simplemente un accidente, un error de cálculo. Me castigaba con sevicia, con lo que tuviera en sus manos. Muchas pilatunas de mis hermanas las pagaba yo. Sería interminable contar las formas de castigarme. Solo algunas: Me colgaba de las dos manos con un laso a la viga, me golpeaba con el perrero de tres ramales hasta que salía sangre, entonces me embadurnaba con ají, hasta que yo perdía el conocimiento. Cuando lo recuperaba estaba tirado en la cama, claro que cama es un decir, porque en realidad, estaba sobre un costal, arropado con una pequeña cobija maloliente y sin cabecera”.
“Me quemó las manos, porque había cogido sin su autorización un peso para comprar unas galletas para mitigar el hambre. Fue horrible, me dijo que me iba a matar, que no merecía vivir porque era una rata. Después, me llevó al basurero municipal, que era una pendiente y me arrojó para que buscara comida allí y calmara el hambre, pero en realidad su interés era que muriera”.
“Como pude salí de allí. Una enfermera caritativa me llevó al hospital, me hizo curación, me bañó y me dio una prenda de vestir. Tenía once años. Regresé a casa, pero mis hermanas sollozando me dijeron que tenía que irme antes que llegara mi mamá, porque ella había jurado que no me recibiría más, que se iba a dejar preñar del vecino para tener un niño de verdad, que yo era una porquería, una vergüenza de la naturaleza”.
“Salí de prisa, sollozando. Cogí la calle sin rumbo fijo. Di vueltas y vueltas, la noche me sorprendió cerca de la casa cural, el cura era alto y delgado, aindiado. Me paré en el marco de la casa cural. Una vez me vio me gritó diciéndome que me fuera, que el lugar era la Casa de Dios, no de gamines malolientes. Seguí caminando hasta cuando el cansancio y el sueño me vencieron en la madrugada, sentándome entonces en una acera. A pesar del frío dormí. Me arropé con un cartón. Me despertó el bullicio de la gente que se movía para un lado y para el otro. Nadie se fijó en mí, comprendí que era un don nadie. Caminé por la plaza de mercado, recorrí todos los puestos y de todos ellos, fui expulsado con violencia, usando palabras ofensivas e hirientes. Alguien me tiró una naranja para golpearme el rostro, la atrapé con alguna destreza devorándola”.
“Cuando me acosó el hambre fui al basurero y removiendo escombros hallé comida en buen estado todavía, sacié el hambre y guardé en una bolsa plástica un poco para más tarde. Crucé por la casa, estaba cerrada. Pegué el oído a la pared de madera vieja y escuché a mi madre jadear en su cuarto, comprendí que estaba acompañada por uno de los hombres que la solía visitar cuando mi papá no estaba. En el pequeño patio interior mis hermanitas quizás jugaban. Niños como yo, me comenzaron a saludar y a invitarme a robar. La calle es del más fuerte, dijo el mayorcito, creo que tenía dieciséis años. Inicialmente, rechacé la propuesta, temiendo un castigo de Dios, pues el cura decía que el que roba no tiene perdón de Dios y va directo al infierno, un lugar de fuego y dolor. Un pobre no podía hacer esto, pero un rico sí podía robar con astucia y grandes sumas. No se condenaba porque podía comprar la salvación. Quise apartarme del grupo, pero me fue imposible, por el contrario, me fue absorbiendo rápidamente. Compartía conmigo lo que hurtaba, me daba posada en un casarón abandonado en las afueras del poblado, por los lados del cementerio, me enseñaba cómo actuar en la calle, no dejarse del otro y huir en caso de la policía”.
“Latía en mi corazoncito la esperanza que un día mi madre se condoliera y me recibiera de nuevo en casa, extrañaba mucho el afecto de mis hermanitas y el calor maternal. De mi padre nada esperaba, todo lo que conseguía en la semana jornaleando lo gastaba en las cantinas, no podía pedirle un dulce porque me insultaba y me decía que era un haragán, un inútil completo. El hambre y el desprecio de la sociedad, eran dos cosas que experimentaba a diario. Acorralado, la tabla de salvación era el grupo. Realmente, no tuve que pensarlo mucho”.
“El entrenamiento fue reduro, adelgacé, el rostro lívido, los ojos un tanto hundido en las cuencas. El desplante de la sociedad me fue cambiando la forma de pensar y de actuar. Ya no me bañaba con frecuencia, lo hacía cuando iba con el grupo al río. Allí, todos nos quietábamos los raídos chiros y nos sumergíamos en las aguas heladas y turbias. En una de esas salidas, el mayorcito me quedó mirando con una mirada rara, se acercó y sin decir nada, me cogió el pipí suavemente. Yo quedé petrificado, quise madrearlo, pero era mayor y me ganaba. “No me mariquié”, le dije, cambiando de lugar. Me tiré al charco y nadando por debajo del agua, crucé a la otra orilla. La otra parte del grupo estaba allí, organizando el almuerzo con productos hurtados. Hacía mucho rato no saboreaba una comida caliente y bien preparada. Me tildaron de muerto de hambre, porque fui el que más comí en este improvisado safari”.
“Me metía a las cantinas y disimuladamente le metía la mano al bolsillo del borracho. Algunos me ofrecían licor y cuando pasaba la policía me escondía debajo de la mesa. Allí me estaba acurrucado hasta que pasaba la ola verde. Entonces salía sonriente y los borrachos complacidos me daban licor y algunas monedas. Era divertido”.
“Con el interés de saber de qué hablaban los borrachos, duraba horas escuchándolos. Me parecía divertido. Hablaban básicamente de dinero, mujeres, grandes hazañas y sexo. No entendía esto último, pero los escuchaba con bastante atención, pensando que algún día entendería la conversa de los mayores en su totalidad. Muy pronto entendí todo lo de los mayores, pues los mismos dipsómanos me contaban abiertamente. Además, el grupo en el que me movía me daba cartilla”.
“Una madrugada dormía después de haber tomado cunchos de cerveza, cuando sentí que alguien se acomodaba a mi lado con sigilo, era el mismo que en el río había intentado tocarme el pipi. Protesté. Me dijo que no fuera escamoso que nada malo me iba a hacer, que tenía mucho frío. Le ofrecí cobija y me volteé para el rincón con el ánimo de dormir. Marlon, así se llamaba, comenzó a decirme cosas cerca del oído que no entendía muy bien. Yo le dije que dejara dormir, que tenía mucho sueño porque estaba un poco jalao. No hizo caso. No pasó mucho rato para sentir que me rosaba con su mano mi cola. Se la quité en varias veces, pero él insistía suavemente sin violencia. No sé qué me pasó, lo cierto es que comenzó a gustarme la forma suave como me tocaba la nalga. No le quité más la mano de encima y me estuve estático haciéndome el dormido. Poco a poco me bajó la pantaloneta roja que tenía puesta. Yo comencé a respirar fatigado, era una sensación placentera que nunca había experimentado con esta intensidad. Tal fue la sensación que saqué hacia atrás la nalga para facilitarle su labor de tocamiento. De pronto sentí el roce de algo duro, quise protestar, pero, mejor preferí hacerme el desentendido, todo me parecía un sueño o cuando más una fantasía. Lo que vino fue duro, doloroso y perverso. Sentí que me rosó el recto, entonces quise protestar, pero fue demasiado tarde. Con agilidad felina me sujetó fuerte y sobre mí introdujo su miembro en mí sin consideración alguna. El ardor fue terrible. Sentí que me desgarraba por dentro. Completamente inmovilizado, solo pude dejar escapar un grito de dolor. Fue cuestión, creo yo, de dos a tres minutos, que para mí fueron eternos. Una vez terminó la faena, se bajó y sin despedirse se marchó para su camastro. No me dijo nada. En un mar de lágrimas me toqué esta parte y sentí algo líquido y baboso, era sangre mezclada con una sustancia babosa. El dolor era infernal. Como pude me incorporé y fui al inodoro con la idea de defecar, pero no pude. Allí, permanecí hasta cuando llegó un miembro del grupo, preguntándome que me había pasado, tuve pena contarle, le dije que me dolía el estómago y tenía diarrea. A la luz de la esperma Diego me miró irónico. No es tal, a ti te descorcharon. Me dio pena y me quedé callado. La calle es dura, parcerito, en ella impera la ley del Talión, así que pilas. Una vez hizo de las aguas, se marchó, golpeando suavemente mi hombro. Lo vi alejarse en la penumbra de la lluviosa mañana. Mi dolor se transformó en odio y el odio en venganza. Aquella violación no podía quedar en la impunidad. En ese momento preparé el plan para asesinarlo, lo haría a la semana siguiente durante el paseo al río. Calculé cada movimiento”.
“Al otro día, lo encontré desayunando con un pedazo de pan que el panadero de la esquina le había dado por ser el primero en llegar a la panadería. Pasé de largo sin saludarlo. Tuve la sensación que me miró hasta que desaparecí en la distancia. Fui al basurero en busca de comida. Me sentí triste, azotado por la adversidad, sobre todo por el desprecio de mi madre y ahora la violación de que había sido objeto. No merecía seguir viviendo, ¿Qué sentido tenía?, me decía, mirando la montaña de basura y oliendo la hediondez de la misma”.
“Algo me animaba a vivir en ese momento: La venganza contra Marlon. Pensé sin saberlo con sevicia. No era simplemente matarlo, era torturarlo hasta más no poder para que sintiera en carne propia el mismo dolor que había sentido en esa madrugada, consideraba que era la única forma de descansar mi espíritu. Durante los siguientes días, mantuve ensimismado pensando en la venganza, distanciado del parche, solo pensaba en Marlon. Por esos días tuve varias pesadillas en las que el personaje central y más repugnante era el malvado, hacia toda clase de fechorías y luego se marchaba campante como si nada hubiera sucedido. Era charlatán y entrador, rápido se ganaba la confianza del otro y rápido hacía lo que había hecho conmigo. Al parecer no se le había escapado un solo adolescente de mi edad, era persistente y astuto para conseguir lo que quería conseguir. Nadie le ganaba en el poblado, yo diría que en toda la región. Tenía una peculiar forma de seducir. Mi odio visceral crecía en la medida en que cruzaban los días, esperaba la oportunidad para saldar cuentas, pero. ésta no llegaba”.
“Las horas se me hacían días y los días siglos. Pero, el día llegó. Una mañana cualquiera me enteré que Marlon esa tarde iría a acompañar a su abuelo a la finca. Lo dejaba allí y se regresaría solo. Disimuladamente confirmé la versión, diciéndome con cierta alegría: La hora ha llegado. Saqué con cuidado de debajo del vetusto camastro, sin que nadie se diera cuenta un cuchillo mata ganado, lo miré al derecho y al revés, lo afilé en la piedra y envolviéndolo en un pedazo de papel periódico, lo oculté en la rústica maleta que siempre iba conmigo. La ansiedad era enorme”.
“Ese día no fui al basurero en busca de comida, la señora del restaurante me obsequió un plato de sopa deliciosa. Después de mediodía me bañé en la pila de la plazoleta de la mejor manera, me coloqué la mejor ropita y me eché un poco de desodorante que había encontrado en la calle. Conocía perfectamente el recorrido que haría Marlon. Sabía dónde podía esperarlo. Era un montecillo, cerca del riachuelo que bajaba sonoro por la pendiente. Consideraba que el lugar era estratégico porque el ruido del riachuelo impedía escuchar los lamentos de la víctima. Además, era un sitio solitario, había facilidad para ocultar su cuerpo inerte”.
“Escondido en el matorral verdoso y ubérrimo esperé impaciente. De vez en cuando sacaba el cuchillo, lo miraba por un lado y por el otro, lo cogía por la cacha de madera y lanzaba puñaladas al aire con fuerza y destreza. Después de las dos de la tarde, vi en la distancia dos cuerpos. Agudicé la mirada dándome cuenta que eran Marlon y su abuelo. Me agazapé y observé con detalle. Caminaban despacio, el abuelo apoyado en el bastón, mientras Marlon hacía gestos con sus manos sin dejar de conversar. Tenía un pantalón blanco y un buso rojo”.
“Cuando cruzaron por mi lado, yo contuve la respiración, mi corazón latía a mil, sudaba copiosamente. Pasaron tan cerca de mí que percibí la respiración fresca de Marlon, vi los ojos de gaviota y escuché su melódica voz. Iba feliz, comentándole a su abuelo que muy seguramente su vida cambiaria en los próximos días, porque estaba a punto de conseguir un empleo y la posibilidad de estudiar. ¿Se olvidará de la calle?, preguntó el anciano. Olvidarme de la calle imposible, tampoco del parche incluso, de Charo que no me habla, pero sé que es un buen parcerito y lo llevo en mi corazón. ¿Qué estaría dispuesto a hacer por Charo? Muchas cosas, abuelo. Recuperar su amistad, invitarlo a comer, comprarle ropita y una dormida digna. Eso haría por él, porque me cae muy bien. No me habla, pero tampoco me insulta ni levanta falsos testimonios contra mí. Charo es un bacán”.
“Se alejaron. Los siguió con su mirada de fiera enjaulada. Una vez se perdieron en el recodo del estrecho camino, respiró profundo y quitándose el sudor de su frente se sentó en el pequeño montículo. Pronto pasará, pensé mirando el entorno húmedo. Miré nuevamente el arma, mientras pensaba en mis progenitores y mis dos hermanitas. Trababa de borrar esos recuerdos, los consideraba inoportunos en ese momento, pero me resultaba imposible, no sé en qué momento dos lágrimas rodaron por mi mejilla, tampoco sabía exactamente por qué. Por primera vez, sentí miedo, quise salir corriendo, cerrar los ojos y olvidarme de la venganza. Sentí que el rostro de mis hermanitas flotaba, me miraban con ternura, me decían que nuestra madre era así y no de otra manera, pero que mamá es el ser más lindo sobre la faz de la tierra. Fue tal el impacto que olvidé la razón por la cual estaba allí, rascándome la cabeza, me incorporé con la idea de salir en estampida del lugar. Justo en ese momento apareció Marlon, venía jugando con palos, cantando. Sentí un vacío en la barriga, el corazón volvió a latir aceleradamente. Su rostro me impresionó, era el rostro de un niño inocente. Pensar que estaba a segundos de convertirme en asesino, ad portas de ir a la cárcel a vivir mi niñez, mi adolescencia, mi juventud, mi adultez y quizás mi vejez en este antro, lejos de mis padres y mis hermanitas, prácticamente me inmovilizó, nubló mi mente y en vez de exacerbar el odio hacia Marlon, sentí una sensación distinta, confusa y extraña. Tratando de contrariar esta situación intenté recordar el dolor de la violación, la forma violenta y desalmada como me poseyó en contra de mi voluntad, sin darme la oportunidad de defenderme. Pero, no fue posible. Lo miré con afecto, sin odio, sin deseos de represalias. Agazapado permanecía atento al movimiento del niño- adolescente que caminaba distraído. Cada vez estaba más cerca de mí. Según el plan, eran milésimas de segundos para salir con el puñal en alto y sin darle la oportunidad de defenderse, hundírselo en la barriga, después en el pecho, escupirlo, verlo morir y después, arrastrarlo a lo más profundo del bosque, cubrirlo con hojarasca y regresar rápidamente al poblado a festejar la victoria, la venganza. No fue posible. Arrojé el puñal lejos preocupado de que Marlon lo viera, me limpié la cara, me acomodé el cabello, la ropa y salí, haciendo que recogía algunas yerbas medicinales. Al verme, Marlon sorprendido dejó escapar un grito de alegría, permaneció estático algunos segundos. Luego, se acercó y me saludó efusivo. “Qué lindo poder conversar”, dijo. Yo arrojé las hierbas al piso y me crucé de brazos en señal de paz. “Te he extrañado mucho, porque eres rebacano”. Me estremecí de pies a cabeza. “No te preocupes – le dije – lo pasado, pasado”. Me abrazó y me apretó. Me sentí bien, me dejé llevar. Al rosar su piel húmeda, me estremecí de pies a cabeza. Me llevó, prácticamente, de la mano a lo espeso del bosque, repitiéndose la historia, ahora sí, con un final feliz”.
“Volvimos al pueblo. Puso a mi disposición una rebanada de queso con bocadillo que había logrado hurtar del granero más grande del poblado. Lo devoré con apetito glotón y sin más comentarios me marché en busca de mi mamá, quería contarle la experiencia con Marlon, recibir su consejo y mantener comunicación con mis hermanitas, quería volver a casa. Una vez más la casa estaba cerrada, acerqué el oído a la pared y nuevamente los retozos, quejidos desesperados y prolongados. Golpeé en varias oportunidades sin obtener respuesta”.
“Apesadumbrado, caminé por la calle sin rumbo fijo, sonámbulo cruce el pequeño parque y al internarme por la calle principal, un individuo de aspecto grotesco se atravesó. Me detuve molesto, pero el desconocido sonrió, diciendo que quería hablar conmigo. Me pasó golosinas, las que recibí con agrado. Seguí el recorrido y el desconocido siguió al lado mío buscándome la conversa. “¿Qué quieres de mí?” Pregunté con sequedad. Era un hombre que frisaba los treinta y cinco años, de tez blanquecina y ojos zarcos, barba espesa e hirsuta. “¿Cuántos años tienes?” Me dijo con voz chillona. “Trece años y tres meses”, le contesté. Calló unos instantes como haciendo cálculos mentales. Luego, me dijo: “¿Quieres comer algo de sal?” Tenía hambre. La invitación caía como bálsamo. Le sonreí. Fuimos al toldillo de la esquina, conversando banalidades. Comí al tope. Canceló y de paso medio un par de billetes. No me cambiaba por nadie, me sentía la persona más feliz del mundo. Me preguntó que tenía que hacer y yo le dije que nada, entonces me dijo que lo acompañara al alto de la Virgen. Fuimos. Es un lugar turístico, hermoso con panorámica esplendida. Desde allí, se divisan varios municipios, la llanura, el río Magdalena y las veredas adyacentes. Dejamos la tortuosa callejuela y cruzando la cerca entramos a un potrero de pasto quikuyo verdoso intenso. Al lado de un árbol frondoso, nos sentamos a contemplar el entorno sin dejar de conversar. “¿Cómo te llamas?” Le pregunté. Me contestó: “Manuel Riojo”. Sacó del bolsillo de la chaqueta una papeleta plástica y del otro unos papeles delgados color blanco. Lo miré extrañado. “No te preocupes” – me dijo – mientras depositaba una parte de la sustancia en el papelito y la enrollaba con meticulosidad, quedando en forma de tabaco. “¿Qué es eso?” Pregunté extrañado. Sonrió, diciendo que, mirando la panorámica, “había sentido deseos de volar”. “¿Volar?” Interrogué desconcertado. Sonrió de una forma extraña. Me dio miedo. Me incorporé y tomé distancia. “No te asustes, nada de otro mundo”, me dijo metiéndole candela al tabaco y aspirándolo profundo. Tuvo el humo unos segundos en la boca, arrojándolo despacio después. Lo hizo en varias oportunidades. Noté que los ojos cambiaron de color y su mirada era de idiota. “¿Quieres volar?” Me dijo. Dudé al contestar. La curiosidad se impuso diciendo que sí. Se puso en pie y me golpeó el hombro, felicitándome con una sonrisa desarticulada, diciéndome que me iba ayudar a ser hombre de verdad. Me pasó el tabaco, que ya estaba medio. Lo tomé en mis manos, lo observé y lo devolví. “¿Para qué sirve?” Pregunté. “Para muchas cosas: Nos alejamos de este mundo violento y miserable, dejamos a un lado las penas, el hambre, el miedo, el estrés, la angustia”. “¿Verdad?” Dije asombrado. Lo que más me llamó la atención fue que nos liberaba del hambre. Volví a preguntar a Manuel Riojo, confirmando. Le pedí el tabaco y lo aspiré con fuerza. Casi me ahogo. El ataque de tos fue horrible, expectoré e incluso, estuve a punto de vomitar. “Tranquilo, me dijo Manuel, es normal la primera vez, métase el otro plon, se sentirá mejor”. Lo hice. Me sentí mejor, aspirando un tercero, devolviéndole la colilla a Manuel, quien remató el excedente sin problema. La primera sensación que sentí fue de tranquilidad y sosiego, sentí un mundo raro a mi alrededor. Caminé por la explanada que bien parecía un tapete verde, mirando el entorno con tranquilidad. Sentí sueño y recostándome en el prado dormí. Cuando desperté estaba solo, Manuel Riojo había desaparecido. Regresé al centro del poblado con hambre, fui al toldillo y la calmé. Me encontré con Marlon y me convidó al basurero. Durante el recorrido le conté lo que me había pasado. Se paró un momento y me preguntó: “¿Probaste de verdad?” “Sí”, le contesté. “¿Te gustó?” “No del todo”. “Eso poco a poco”. “¿Qué metiste?” “Una hierba como verdosa”. Volvió a reír, al decir: “Metiste marihuana”. Lo miré sorprendido, no podía admitir que había metido marihuana. “¿Tú la conoces?” Pregunté. Me miró tranquilo al decir: “Obvio, la primera vez que estuvimos estaba más trabado que un bulto de cachos”. Lo miré sorprendido y en cierto sentido desconcertado. “¿Para eso sirve también?” “Es una delicia”, dijo, cambiando de tema. Yo tampoco quise insistir. Me dijo que estaba armando un plan para robar en el granero más grande del poblado, que si quería hacer parte del plan. Le pregunté que qué proyectaba robar y me dijo que dinero. “Iremos por las lucas”. “¿Cuándo?” “No se sabe, depende del momento justo”. “¿Qué tendría que hacer?” “Habría que mirar bien los planos”. Fuimos al montecito adyacente del basurero cruzando la pequeña corriente hídrica y metidos en lo más espeso, nos divertimos un buen rato”.
“Al regresar al poblado nos encontramos con la noticia de que un miembro del parche había sido acuchillado por la espalda por un desconocido que huyó sin rumbo fijo. El ambiente estaba candente. La policía patrullaba y requisaba a todo el que se le atravesaba, mientras el cuerpo inerte permanecía todavía en el piso bocabajo en un verdadero charco de sangre. Pálido de la indignación, Marlon juró vengar la muerte del pana, dijo que no descansaría hasta atraparlo y coserlo a puñaladas. Nervioso, tomé distancia. Era la primera vez que lo veía desencajado. No quise profanar su dolor, más bien, me fui retirando poco a poco del sitio atestado de mirones. El horrendo crimen sucedió en las barbas de la policía. La tendera del frente comentó que había presenciado todo, pero que no se atrevía a contar, por miedo a las represalias. Lo que más le impresionó, según contó, es que el sicario una vez enterró el cuchillo en varias vece, caminó hacia el puesto de policía limpiando el arma con su pañuelo, como si nada hubiera ocurrido. Incluso, dice sin confirmar que tuvo la sensación que el sujeto entró tranquilamente al cuartel”.
“Durante el funeral, el parche asistió en su totalidad, armado y drogado. El único sano era yo y me mantuve hasta cuando me topé con Marlon. Tenía un traje oscuro, caminaba maquinalmente con la mirada agachada como mirando el piso. Nervioso me le hice a su lado sin decirle nada. Al verme me dijo al oído: “Toma, la mariacachafa te quita el miedo”. Estiró su mano para entregarme la bareta, lista para consumir. No lo dudé. Con la cerilla lo prendí y eché varias bocanadas de humo oscuro por la boca y la nariz. El miedo se fue al carajo. Libre, lo primero que hice fue dejar que las lágrimas rodaran por mis mejillas, poco a poco me fui liberando de ese dolor que sentía en mi pecho. Pensaba que la vida era imprescindible y nadie estaba autorizado en quitarla y más tan violentamente por la espalda. El cobarde mata por la espalda, es la ausencia de hombría, pensaba”.
“En el cementerio, mientras el catafalco descendía al fondo del hoyo, liado con lasos, el desorden se formó. Gritos, términos soeces, lamentos y juramentos de venganza, estremecieron el entorno. La policía no intervino. Se marginó y solo se dedicó a tomar fotos y registrar rostros. Ronco de tanto gritar señalando a la policía cómplice del crimen, me fui retirando hasta desaparecer del lugar”.
“Días después, mientras hacía inteligencia al negocio que Marlon proyectaba robar, un desconocido me entregó un sobre lacrado. Era un panfleto de la guerrilla. Asustado busqué a Marlon y le comenté la novedad. Era una citación del movimiento guerrillero. No es nada, dijo, pero hay que asistir, esos manes están en todas partes y cumplen su palabra”, dijo.
“Toda la semana no dejé de pensar en el encuentro con la guerrilla. Marlon varias veces me encontró ensimismado como ido de este mundo, me golpeaba el hombro y me hacía mofa. En uno de esos encuentros le pregunté qué era la guerrilla y me dijo que era un poco de manes armados muy guapos para la pelea, se enfrentaban a la policía y al ejército. Varias veces soñé que eran pesadillas horribles con rostro de monstruos, mucha sangre y mucha adrenalina. Despertaba sudoroso y nervioso, no podía más conciliar el sueño. Me levantaba con la boca amarga, sin querer hacer nada”.
“El día del encuentro me levanté a las cinco de la mañana, me acomodé el traje de fatiga, tomé un tinto que me dio el panadero de la esquina y cogí camino. Busqué los desechos para llegar más rápido, mientras miles de pensamientos cruzaban por mi cabeza. La verdad no sentía cansancio. Era una mañana suave, ni lluvia, ni sol. Al primero que encontré en el camino fue al lechero, espantaba con parsimonia el jamelgo castaño. Me miró, pero no me determinó. Era flaco y moreno. Colgaba del cinto un machete”.
“Más adelante, encontré una veterana campesina, bajita y repolluda, venía ensimismada con el costal al hombro. Se sorprendió al verme. Yo le sonreí de la mejor manera. Desconfiada me miró. Le dije que tenía hambre, descargó el costal y me regaló un par de jugosas naranjas y un pedazo de queso. Pensé en arrodillarme para agradecerle, pero no tuve tiempo, porque la baquiana se marchó de prisa, sin despedirse. Devoré el queso y chupé las naranjas con apetito glotón, me daba energía para continuar la marcha”.
“Al doblar una vuelta, en el alto de los Pinos, varios hombres con trajes color oliva y armados hasta los dientes, se interpusieron en el recorrido y uno de ellos, se me acercó preguntando mi nombre. Una vez se lo dije, miró una libreta de apuntes, la observó con dificultad. Nervioso estuve a la expectativa. Pensaba muchas cosas, como salir corriendo o preguntar quiénes eran, pero no tenía valor, me mantuve rígido, prácticamente, petrificado. Levantó su mirada felina y después de mirarme de pies a cabeza, me preguntó que, si estaba armado, yo le contesté que no, que venía a una cita. “¿Sabe usted qué es la guerrilla?” No sabía qué contestar. Quise contestar lo que me había dicho Marlon, pero me dio miedo, más bien me quedé callado. Al insistir en la pregunta, le contesté que no sabía nada. “La guerrilla – dijo – es el ejército del pueblo”. Me invitó a seguir, guiado por un joven despercudido y sonriente. “Vamos – dijo – el comandante lo está esperando”.
“Entramos a un rancho de madera rústica que amenazaba con caerse, piso terroso. A un lado un pino viejo y abajo un socavón profundo. El joven guerrillero se adelantó y preguntó si podía pasar. Seguramente, le dijeron que sí, porque me dijo que siguiera. Entramos a un cuarto pequeño con una ventanita, una mesita y dos asientos de madera. En uno de esos asientos estaba sentado el comandante, me pareció obeso, sonriente y de buenos modales. Me saludó bien, me preguntó jocosamente muchas cosas, me ofreció tinto y pan integral, echó chistes, algunos me hicieron reír. El miedo se disolvió y el ambiente de camaradería floreció. Hablé con libertad, pregunté muchas cosas, también hice algunos chistes, los que fueron aplaudidos por el comandante Jerónimo, mono de ojos zarcos expresivos y de regular estatura”.
“Después de todo este tejemaneje, me lanzó la propuesta: “Lo conocemos de sobra, sabemos quién eres, cuál es tu diario discurrir. Queremos chino, que nos ayude, se vincule a la lucha revolucionaria y sea el día de mañana un gran patriota, un gran revolucionario, el Pedro Pascacio Martínez del momento”. Sorprendido no hallaba qué contestar. Lo escuchaba como distante, era como si estuviera soñando. Me mantuve así hasta cuando terminó. Me quedé callado, largos segundos, mirándolo. Jerónimo se puso en pie y me golpeó el hombro con afecto, dándome fuerzas para hablar. “¿Qué tengo que hacer, comandante?” “Nada de otro mundo, simplemente que nos tenga informados del movimiento de la policía, el ejército y de cuanta persona extraña llegue a la población”. “No entiendo muy bien la misión”, le dije. El comandante sonrió, “es muy sencilla la tarea: Parar la oreja e informar”. “¿Cuánto pagan?” “El guerrillero no lucha por dinero, lucha por unos ideales relacionados con el pueblo”, le dijo Jerónimo”.
“Me desinflé. Sin embargo, ser revolucionario, sin saber qué es revolución, me llamaba la atención. Recordé la vez que el policía me llevó al cuartel, me golpeó y me tuvo en el calabozo, me mojó a la una de la mañana, porque me encontró echándome un plon con Marlon cerca del cementerio. Recordé el piquete militar en la huerta de doña Josefina, arrasando con todo, sin que la pobre vieja pudiera decir algo, pues un soldado le apuntaba con su arma de dotación. Sin medir consecuencias, dije que sí. El comandante se puso en pie nuevamente y me abrazó. “Bien camarada, así se habla”, dijo.
“Después de comerme un apetitoso desayuno y recibir algunas instrucciones me marché, pensando en la tarea que tenía que hacer. Regresé al poblado, antes de mediodía, pensando que era “guerrillero” y “revolucionario”. Era una forma de pensar, porque no tenía la menor idea ni de lo uno ni de lo otro. Marlon me esperaba con cierto interés, cerca del basurero. Me preguntó y yo le contesté con evasivas, negando cualquier compromiso con la guerrilla. “Me dijeron, dije, que no volviera a fumar marihuana, que si me pillaban me llevaban con ellos”. Me golpeó los glúteos con la palma de su mano y se marchó”.
“Durante varios meses me la pasé haciendo “inteligencia”, estaba pendiente del movimiento de la policía, del ejército y de los extraños que visitaban la población. Me metía en las cantinas y escuchaba la conversación de los borrachos. Parar la oreja era mi tarea, prácticamente, día y noche. De vez en cuando, el contacto me pasaba un billetico, poquito, pero me caía del cielo para paliar el hambre y pagar una piecita en las afueras del poblado. Un día llegó el contacto con la propuesta que me volviera miliciano. Era algo muy raro para mí, ni idea de qué se trataba. Cuando el contacto me contó a groso modo de qué se trataba, me dio mucho miedo. Tener que portar un arma ilegal, amenazar, extorsionar e incluso, matar, me puso al borde del precipicio. Me dieron ocho días para pensarlo”.
“Ocurrió que, por esos días, llegaron al poblado dos tipos jóvenes, bien presentados y dicharacheros diciendo que eran comerciantes. Estaba en el parque y uno de ellos, con su maleta al hombro, me dijo que en dónde se podían hospedar. No solo les indiqué el mejor hospedaje, sino que les ayudé a llevar sus valijas, ganándome la confianza de los personajes. Durante el recorrido me preguntaron que qué hacía, que en dónde vivía, que si en el pueblo se hablaba de guerrilla, que si me gustaba la plata…como ya estaba bien entrenado di respuestas gaseosas y a medias, más bien contra pregunté muchas cosas, sentí que sus respuestas eran también evasivas y de poca credibilidad. Uno dijo llamarse William y el otro George. El más conversador era William, George era más callado, se limitaba a reírse y a escuchar. Se acomodaron en el hotel Nido, en el marco del parque Los Fundadores, al lado del templo. Agradecidos, cada uno me echó un billetico en el bolsillo. Feliz me retiré a hacer el informe de que dos desconocidos habían arribado al pueblo”.
“Tres días después de haber pasado el informe, los dos comerciantes saliendo del hotel, fueron acribillados a tiros por desconocidos, quienes al marcharse dejaron sobre sus cuerpos unos letreros que decían: “Por paracos y sapos. EP”. El hecho de sangre causó revuelo en toda la región, los comentarios y las especulaciones, se multiplicaban en todas partes, especialmente en las cantinas, bares y el lenocinio. Cada quien exponía y defendía su hipótesis con ardentía considerándose poseedor de la verdad absoluta. Yo escuchaba y memorizaba para el informe. Me metía en todas partes, siempre parando la oreja”.
“El pueblo fue militarizado. Proliferaron los allanamientos, las detenciones y las amenazas. El alcalde decretó toque de queda desde las nueve de la noche hasta las cinco de la mañana. Durante ese lapsus de tiempo nadie se podía movilizar, ni siquiera enfermos. Durante la noche solo se escuchaba el chasquido de las botas castrenses de los soldados atentos a reaccionar. Yo permanecía hasta bien entrada la madrugada, atento al ruido y al paso de los militares por el suburbio. Miraba a través de la hendidura de la vetusta puerta el movimiento de la represión”.
“Una vez el parche estaba en el parque Los Fundadores, conversando banalidades, cuando llegó un piquete de soldados, nos rodeó y nos pidió documentos de identidad. Ninguno teníamos. Nos condujo al puesto de policía, nos requisó, nos interrogó, nos ofreció dinero si sabíamos algo sobre los victimarios de los dos “comerciantes”. Nadie dijo nada. Marlon cerca de mí, me decía en voz baja: “Boca cerrada no entra mosca”. Un chafarote me cogió del cuello y apretándome duro, dijo con furia: “Cante, chino marica”. Entre inocente e irónico le contesté: “¿Qué canción quiere que le cante?” Verde de la ira me mandó severa patada que, si me hubiera cogido en pleno, no estaría contando esta historia. Quedé tendido en el piso, sin conocimiento. Solo escuché decir a Marlon: “Lo mató”.
“Cuando desperté, estaba en el hospital. No fue fácil para mí identificar el sitio. El médico y la enfermera con sus batas blancas, me observaban atentamente. Estaba canalizado. Poco a poco miré a mi alrededor, diciendo con voz débil: “¿Dónde estoy? ¿Dónde están mi mamá y mis dos hermanitas?” El médico me miró y palpando suavemente mi rostro, me dijo: “Tú no tienes ni madre, ni hermanitas”. Lo miré y no pude contener las lágrimas, lo hice con melancolía diciéndole: “Tienes razón, soy el hijo de nadie, tal como dice la canción”. El médico miró a la enfermera, dejando escapar un suspiro profundo y mohíno. Lo dejé sin aliento”.
“Tres días después salí del hospital. Lo primero que hice fue pasar por la casa. Pero, como siempre estaba cerrada y mi madre gimiendo en la soledad de su cuarto. Busqué a Marlon, tampoco lo encontré, según me informaron, la policía lo había sacado del pueblo acusado de comercializar alucinógenos. Se lo había llevado al amanecer para la capital de la provincia, amarrado de pies y manos, como cualquier vulgar delincuente, también acusado de ser sospechoso de la muerte de los dos comerciantes. Mucho tiempo después, supe que mi pana había sido torturado, asesinado y desaparecido por las fuerzas del orden”.
“Me dio mucho miedo. Renuncié a la propuesta de ser miliciano e incluso, consideré la posibilidad de dejar de ser informante. Era una vida muy dura, estresante. Una vez me hicieron llevar una cantina muy pesada de una vereda distante a la otra. Sudoroso y sediento, le quité la tapa, pensando que su contenido era líquido, sospechaba que era leche en bolsas. Pero, no era así, era munición. Comprendí entonces por qué su peso. “Será lo último que haga por la revolución”, me dije”.
“Sin dinero, sin amor maternal, sin hospedaje, seguí en la calle, dormía en el parque y cuando llovía me acercaba a la casona que un día fuera oficina de Telecom. Aguantaba mucha hambre y desprecio de la sociedad, casi todo mundo me ignoraba, solo uno que otro ebrio me usaba en la oscuridad, “cosecheros” que nunca volvía a ver. Fui cotero, era una actividad durísima de cargar bultos de un sitio para otro. Un buen día me abordó un tipo y me dijo que si quería ganar mucha plata sin joderme mucho. Lo trate con malas palabras, considerando que era una burla. “Es cierto”, me dijo y sacando del guarniel un fajo de billetes de alta denominación me lo tiro, diciéndome: “Es tuyo, haga lo que quiera con él”. Sentía que me desmayaba. Era mucha plata. La excitación fue máxima, no sabía qué hacer. Tiré un rollo al aire y vi caer los billetes, era una “lluvia” que ni en sueño había imaginado. Gritaba, lloraba y miraba al desconocido como a Dios”.
“Se intentó marchar, pero lo retuve por la solapa. Me dijo que tenía que marcharse, que después hablábamos. Se alejó sin prisa, en la esquina dobló a la derecha, perdiéndolo de vista. Un poco más calmado recogí uno a uno los billetes que había lanzado al aire y acomodándolos nuevamente me alejé del lugar, seguro que tenía que buscar una caleta, al cuchitril no podía llevar nada, si lo hacía, era hombre muerto. Yo convivía con sicarios que mataban por cualquier centavo. Para ellos, era un deporte. A diario comentaban entre sí sus fechorías sin remordimiento y con mucha alegría. Yo los escuchaba y me alejaba, esgrimiendo cualquier disculpa”.
“Pensé en mi mamá y en mis hermanitas. “Cuántas necesidades económicas deben estar pasando”, pensé. Me encaminé a la vivienda pensando que allí, podía organizar la caleta. Golpeé varias veces la fría puerta, pero la respuesta fue el silencio. Añoraba que se abriera para entrar con severo paquete de billetes y entregarlo a mamá, después de darle muchos besos en la mejilla. Nuevamente pegué el oído a la pared y de nuevo la respiración asfixiante de mi madre. Suspiré y cabizbajo me alejé ensimismado, pensando que el cementerio era el mejor sitio para la caleta. “Los muertos ni traicionan ni roban”, pensé. Di muchas vueltas hasta cerciorarme que nadie me estaba siguiendo u observando. Al lado del templete había una hendidura en la pared, la observé con sigilo y después de asearla deposité allí el enorme fajo de billetes, cubriéndolo con un pedazo de cemento. Después de mirar con detalle a mi alrededor y santiguarme me alejé, regresando al poblado”.
“Diez días después, me encontré nuevamente con el desconocido. Estaba en el pequeño bar de doña Leonor, ya había tomado porque estaba ebrio. Me le acerqué y lo saludé. Fingió no reconocerme. Yo le insistí, recordándole la “lluvia de billetes”. Se acomodó mejor en el asiento y entregándome una cerveza, me invitó a sentarme, pero doña Leonor dijo que no podía entrar porque era menor de edad. “La jodida soy yo con una multa”, dijo.
“El man se incorporó y trastrabillando, se encaminó al marco de la puerta desde donde yo le hablaba. Miró en todas direcciones y acercándome su cara a mi oído, me dijo que tenía una propuesta para hacerme. Salté de contento. Fue directo: “Quiero que trabaje con nosotros”, dijo. “¿Quiénes son nosotros?”, pregunté nervioso. “Somos paracos, la mejor organización que tiene el ministerio de defensa”.
“Quedé mudo mirándolo. “Se que tú trabajaste con la guerrilla, pero ellos no aflojan un peso, solo ideología y dizque conciencia social y de clase. Aquí, hay plata y tú lo sabes”. No coordinaba bien las ideas. “¿Tengo tiempo para pensarlo?” Interrogué. “Un día solamente”, me dijo y se volvió a sentar. Lo miré y me retiré. Toda la tarde estuve pensando en la propuesta. Caminaba ensimismado sumergido en la preocupación que implica tomar una decisión a quemarropa. Sin pegar el ojo, me levanté temprano, tenía la boca amarga y me dolía la cabeza. Atravesé la callejuela con destino a la panadería y al asomarme, lo primero que vi fue al man. Estaba saboreando un tinto. Me le acerqué y lo saludé. Me invitó a tomar tinto y comer pan. “De vez en cuando lo hago”, dijo. Poco hablamos. “¿Ya lo pensaste?” Me dijo. Inseguro le dije que sí. Pregunté si podía colocar algunas condiciones, me contestó áspero que no, “es o no es”, dijo con sequedad, poniéndose en pie. No había escapatoria. Dije que sí. “Un día de estos alguien te aborda, no te preocupes”, me dijo y se marchó”.
“Con ninguno del parche comenté los pasos que estaba dando, me entretenía con sus miembros en otras cosas diferentes, conversando puerilidades. Nos reuníamos en serio para hacer algún hurto, otros para consumir marihuana, bóxer o los más pudientes el polvo mágico que se ingiere por la nariz, la tal perica. Pasaron dos semanas y nadie se reportaba, llegué a pensar que todo había sido asunto de borrachos. Una tarde estaba pendiente de un hurto, siguiendo a la víctima esperando que diera “papaya” para chalequearlo, cuando una mujer de buen aspecto, delgada y abultada de pechos, piel canela y cabellera azabache y abundante, se me acercó y me dijo disimuladamente: “Sígueme”. Estaba tan concentrado en el espionaje que no asimilé bien el mensaje. La chica tuvo que hacer un nuevo intento. Entonces, comprendí y olvidándome de lo que estaba haciendo, la seguí a cierta distancia. Dio una vuelta de 360 grados al palacio municipal, fingiendo mirar una agenda, se encaminó por la calle principal con dirección a la plaza Simón Bolívar, al llegar dobló a la izquierda y buscando la bocacalle empinada, se internó por allí en busca de la calle muerta. Al llegar a la vía, giró a la izquierda, caminando con suma naturalidad”.
“Un tanto nervioso la seguía con cautela y disimulo. Pensaba mil cosas. Entró en un cuchitril calculando que la estaba siguiendo. Hice lo mismo. Era un cuartico angosto y maloliente con unos asientos de madera destartalados. Me saludó fríamente. “Soy el enlace”, me dijo. Me explicó la misión y me entregó un revolver Smith recortado y munición. “Es tu defensa”, me dijo. Boquiabierto lo miré asombrado sin saber qué decir. La enigmática fémina descubriendo mi horror, me miró fijamente afirmando: “Los nervios se calman con la acción”. Quise preguntar muchas cosas, pero no fue posible, se marchó, después de entregarme una esquela. La dueña de la pocilga era meretriz, una vieja canosa y desgarbada. Me miró con deseos, yo estaba concentrado en el arma y en la esquela. Me despedí marchándome. Me sentía diferente. Fuerte, al sentirme respaldado por un arma. Fui directo al cambuche. La miré detenidamente. Le extraje las balas, las miré y se las volví a colocar. La oculté debajo de la almohada al lado de los proyectiles, concentrándome en el sobre lacrado. Lo abrí con cuidado y leí despacio su contenido. Leí el saludo de bienvenida y la primera misión. Me pareció muy sencilla. Era vigilar los movimientos del panadero, sobre todo con quien hablaba”.
“Don Jeremías era adiposo con gruesas antiparras oscuras, dicharachero y crítico del gobierno que trabajaba desde el amanecer hasta bien entrada la noche. Se caracterizaba por su espíritu solidario, daba de comer al habitante de la calle, brindaba buen trato. Muchas veces se quitaba el bocado de la boca para donarlo al transeúnte de la calle. Con bondad y respeto atendía a los niños, siempre dejándoles en sus frescas cabezas un mensaje de paz y de sabiduría”.
“Durante un mes estuve pendiente de don Jeremías. Semanalmente presentaba un informe detallado de sus movimientos, sobre todo con quien se reunía y de qué hablaban. Nada me pareció extraordinario, dudaba al dar el informe porque lo consideraba estúpido y sin trascendencia. Sin embargo, ninguno fue rechazado o criticado”.
“Al terminar el mes, me ordenaron seguir de cerca al lustrabotas. Era un tipo bajito con quien poco me relacionaba porque era excéntrico, petulante y agresivo. Mal vestido, poco se bañaba. Su olor fétido se detectaba a metros. Así, pues, me hacía distante y mantenía atento de sus movimientos cotidianos. Tampoco le noté nada raro. Además, un tipo tan burdo y viejo, qué podía representar, pensaba. De todas maneras, siempre pasaba el informe lo más detallado posible”.
“Después, me ordenaron seguir a dirigentes estudiantiles, sindicalistas, comerciantes incluso, a un diacono que se movía entre la barriada, enseñando el mensaje cristiano más con la práctica que con la teoría. Era joven y carismático”.
“Por cada informe recibía buen billete que gastaba con mis panas, especialmente con las hembritas. Me divertía y hacía mucha locha. En la calle se aprende mucho. Se vuelve uno inmune al dolor e indiferente ante el dolor ajeno. Solo vegeta. Los días son iguales, lo mismo las noches. La consigna es clara: Sálvese quien pueda, el que se queme que sople”.
“Aquello me parecía un juego pueril. Imaginaba que era el agente 007. La verdad no le colocaba nada de malicia. Así duré mucho tiempo pensando. Mi madre no me volvió a hablar. Me miraba con desprecio, con asco”.
“Vine a tomar conciencia cuando el poblado amaneció inundado de panfletos del grupo paramilitar del cual hacía parte, anunciando represalias contra un grupo de personas acusadas de tener nexos con la guerrilla. Cuán fue mi sorpresa que al examinar el listado eran todas las personas que les había hecho seguimiento, en el mismo orden. Esa vez lloré como la primera vez que lo hice pidiendo teta. Solo pensar que don Jeremías corría peligro por mi culpa, un grupo de personas decentes, incluyendo el lustrabotas, me descomponía de rabia e indignación. Quise correr a pedir perdón a cada uno, confesar que era el responsable y que merecía un castigo, quizás ir al penal a purgar el error. Pero, la verdad, fui cobarde, entendiendo que la calle es del más fuerte”.
“Cuando comenzó la ejecución de dichas personas, salí del pueblo disparado, lo hice en la destartalada volqueta del municipio en horas de la mañana. Iba sin rumbo. Comencé a caminar las calles desérticas de la metrópoli, metiéndome por los suburbios. Calmaba el hambre con bóxer y dormía en la calle entre cartones. Casi todos los días peleaba. Daba y recibía golpes, malas palabras y tratos horrendos. Me especialicé en hurtar, al asociarme con un grupo de malandros como yo. Lo que conseguíamos lo repartíamos por partes iguales. Un miembro se pasó de listo y fue asesinado e incinerado. “Yo ayudé a arrimar cartones para aumentar la hoguera. Quedó convertido en un muñeco”. “Así quedan los traidores”, dijo el líder del grupo. “La traición se paga con la vida”, agregó acariciando el cuchillo con el cual lo asesinó”.
“No volví a saber nada ni de guerrilla, ni de paramilitares, me dediqué a deambular sin rumbo fijo. Iba de un lado para otro, metido en el submundo del alucinógeno, el atraco y la maldad. Buscaba jovencitos para saciar mis instintos animales, prometiéndoles regalos, dinero. Eran promesas que nunca cumplía. En varias oportunidades estuve a punto de ser capturado por la policía, acusado de acoso sexual con menores de edad, pero corría con suerte de tener cierta amistad con ellos, pues les hacía cruces, como conseguirles marihuana, compartir el producido de los atracos, llevar cartas de mujeres casadas, etc. Comprendí que la mejor universidad era la calle, porque se aprendía de todo”.
“Solamente una vez encontré en la calle del amor a Manuel Riojo, en medio de su fuma me reconoció saludándome con efusividad y contándome que los paras habían matado a Don Jeremías, acusado de auxiliar la guerrilla. La noticia me impactó en grado sumo, porque don Jeremías se había convertido en el padre sustituto, tenía un especial afecto por los habitantes de la calle, siempre estaba dispuesto a compartir y dar un consejo, consejo que nunca asimilé, pero que llevo en mi cabeza con mucha claridad y precisión”.
“Fue torturado, despellejado sin piedad alguna, cerca del cuartel de policía, sin que ésta hiciera nada, declarando en el juzgado que en ese momento estaba visitando el grupo el matadero y el centinela no podía abandonar el puesto asignado. Que había iniciado una rigurosa investigación y que con el transcurrir de los días, seguramente entregaría resultados. Todo fue escándalo en los primeros días, porque en la actualidad nada se dice del execrable crimen, la peste del olvido es total”.
“Tiempo después, se supo que los sicarios se ocultaron en el cuartel y permanecieron allí, hasta bien entrada la madrugada. Eran dos tipos mal encarados, sin dios y sin ley, que mataban por dinero. Salieron en el coche del burgomaestre, escoltados por la misma policía. Eso se decía en voz baja en los cafetines de la localidad. Adolina, comentaba que ella llevaba un pedido al cuartel de fritanga, cuando vio que dos hombres untados de sangre y portando severos cuchillos entraron de prisa. Asustada pregunté al centinela que qué pasaba y él me respondió que no fuera sapa y cerrara la jeta. Yo entregué el pedido, cobré y marché sin decir nada más”.
“La verdad, no fue sorpresa para mí esa versión, porque sabía a ciencia cierta el actuar de la autoridad. Lo sabía de memoria. Lamenté el crimen porque don Jeremías, el panadero, era una persona generosa, humana y asequible al habitante de la calle. Manuel Riojo compartió un buen rato y luego se marchó, diciendo que se regresaba pero que después volvería a comprar la merca”.
Escuché pacientemente el relato de Charo, sintetizando en mi libreta de apuntes la conversación. Me despedí con efusividad y marché a casa con el firme propósito de continuar con el trabajo al otro día. Matilde lo vio pasar y lo siguió con la mirada hasta cuando cruzó el umbral de su vivienda. La abuela, sentada en la poltrona, me miró de pies a cabeza, dejando escapar un suspiro de triunfo. “Bienvenido hijo”, dijo exultante. La miré con ternura al estamparle un ósculo en la frente. Después, fui de prisa al inodoro. Salí cantando una canción que solía cantar con frecuencia mi padre. Fui a mi cuarto y después de ir a la regadera, fui al comedor a cenar. Muchas preguntas, me hizo la abuela Mila, tratando de entender la labor que estaba haciendo. Comí fríjoles con arroz y papa salada, mientras explicaba con paciencia mi labor. Si bien Mila no entendió claramente, y menos su importancia, prefirió no armar cantaleta, consciente seguramente que estaba ante un profesional.
Fue una noche apacible, silenciosa y taciturna, con llovizna menuda sobre los vetustos tejados. Sin embargo, dormí plácidamente. Soñé visitando el mar caribe, caminando las playas doradas por el sol y visitando el monumento del generalísimo Simón Bolívar. Me impresionó el tamaño de la sencilla cama, donde el Libertador vivió sus últimos días, contrasta la sencillez con la magnífica obra libertadora y revolucionaria del genio de América. Una nube de pelícanos revoleteando en la hacienda de don Mier, lo despertó. Era hora de comenzar un nuevo día.
Después de las ocho, tomé el material de trabajo y me encaminé al polideportivo, consideraba importante escuchar a los deportistas. Estaba solitario. Solo una recua de perros callejeros, se movía por el lugar con abulia. La neblina cubría el poblado con meticulosidad. Me senté en la pequeña galería y revisando la agenda permanecí hasta cuando algunos jóvenes llegaron, unos a jugar microfutbol y otros, baloncesto. No cabía en mi cabeza que se pudiera practicar las dos disciplinas, simultáneamente. La curiosidad fue grande. Me mantuve atento hasta cuando terminó la práctica. Con todas las dificultades, los deportistas se sentían complacidos. Algunos sudorosos se sentaron en la gradería, haciendo comentarios graciosos y divertidos. La neblina se había evaporado y una tenue resolana bañaba el rostro de los jóvenes atletas.
Me acerqué a un joven que parecía ser el líder del grupo, presentándome y explicándole el objetivo de la conversación. Me miró irónico mostrándose dispuesto a contestar el cuestionario. “Solo pregunte”, me dijo. Era alto y delgado de tez morena y cabello ensortijado. La primera pregunta estuvo relacionada con la importancia del deporte y el respaldo de la autoridad a esta práctica.
Joel, así se llamaba el joven, dejó de reír y mirándome un tanto sorprendido, fijó su posición con seguridad y cierta indignación: “El deporte es vida, porque significa salud, disposición a desarrollar las actividades propias de la persona durante el día. Ayuda a fortalecer y a dinamizar las relaciones humanas, entretiene y fortalece la sana convivencia y la tolerancia. El deportista es culto y humano”, dijo”.
En relación al apoyo de esta práctica por parte de la autoridad, la respuesta es negativa, deprimente e indignante. “El politiquero de oficio la ha venido utilizando para fortalecer su fortín electoral, en detrimento del deporte y en beneficio personal. El campeonato de promesas durante el período electoral es inmenso, diría, oceánico, nada o quizás muy poco se cumple. Los gobiernos tiránicos utilizan el deporte como sofisma de distracción. Se ha privatizado casi todas las disciplinas, convirtiéndose en negocio particular de unos pocos oligarcas e incluso, mafiosos. No hay centros deportivos idóneos, para la muestra un botón”.
“Tampoco hay escuelas deportivas. El deporte se hace realidad gracias al interés particular de cada uno. La comarca no tiene escenarios ideales para la práctica. Los jóvenes viajan largas distancias en busca del escenario en la quebrada geografía, bajo la lluvia o el ardiente sol. Lo que más me duele, dentro de muchas cosas, es el uso del deporte como distractor o mejor, sofisma. Cuando la tétrica toma y retoma del Palacio de Justicia en Bogotá, mientras el poder judicial ardía en llamas y plomo venteado, a escasas cuadras, en el estadio El Campin, se jugada partido de fútbol, en tanto la censura era generalizada en el país”.
“Me produce fastidio saber que los jugadores profesionales sean tratados como esclavos, se compren y se vendan como una simple mercancía, satisfaciendo el interés avaro y egoísta de siniestros personajes que ni siquiera saben las características del balón con el cual se juega. Cierto lo que dijo el filósofo Carlos Marx: El capitalismo todo lo destruye, hasta los sentimientos más nobles y humanos, los convierte en vulgar mercancía que se vende y se compra al mejor postor”.
Joel, se incorporó para estirarse y tomar un sorbo de agua destilada, mirando a sus compañeros que silenciosos lo escuchábamos. “¿Hay algo más para decir?”, pregunté. Llevó el índice a la boca y mirando el piso aún húmedo, dijo que sí. Se refirió al papel mediático, calificándolo de irresponsable y criminal. “Pienso que su tarea desinformativa está enfilada a exacerbar la parte animal que cada ser humano trae consigo. Se empecina en profundizar el fanatismo, convirtiendo el simple partido de fútbol en un verdadero campo de batalla”. “El partido es a muerte”, dice irresponsablemente. “Disparo”, “Balazo”, son palabras que incitan a la violencia de una manera subliminal. Así, pues, el aficionado no va a ver un Partido, sino una batalla a muerte. Antes, la familia iba en grupo al estadio, ahora es un suicidio hasta para los adultos asistir. “Cierto, todo lo destruye el sistema capitalista y el deporte no es la excepción”.
Los demás integrantes del grupo opinaron, fijaron su posición y se identificaron ampliamente con el planteamiento de Joel. Señalaron la necesidad de rescatar la esencia del deporte, su masificación y la construcción de escenarios apropiados. Las figuras que han surgido y le dan gloria a la patria, han salido de la nada, simplemente del esfuerzo personal, pero que cuando están en la cúspide, el gobierno acude sin vergüenza a absorber el sol de la gloria, a pantallar y quizás a justificar el presupuesto que se ha esfumado sin saber en qué”.
Satisfecho, me despedí del grupo con la intención de regresar a casa a sistematizar la información como lo solía hacer. El salón comunal estaba atiborrado de campesinos y campesinas. Me acerqué pensando que era la oportunidad de hablar con los labriegos. La mañana seguía fresca. El carruaje tirado por el caballo, sobre el cual Jairo, distribuía la cerveza y la gaseosa en las cantinas, avanzaba por las tortuosas callejuelas, algunas, empedradas.
La bullaranga era enorme en el estrecho recinto, me imaginé la torre de Babel, una anarquía descomunal. Sin embargo, había en el rostro de cada campesino la esperanza de la promesa. Esa fue la primera característica que definí en la libreta de apuntes: La nobleza del príncipe del agro, su ingenuidad y limpieza de corazón. Rápidamente llegué a la conclusión que no hay ser humano más puro, limpio de corazón que el campesino.
Saludé uno a uno y después me acomodé en un asiento en un extremo del auditorio. Me miraron con asombro. Algunos incluso, se quitaron el sombrero al estrecharme sus encalladas manos. La presencia del alcalde demoraba y nadie daba explicación. El cuchicheo, el murmullo aumentaba con el transcurso de los minutos. Alguien dijo en voz alta: “Todos merecemos respeto. ¿Por qué tanta espera?” No tuvo respuesta. Era un campesino canoso, adiposo y conversador.
Me saludó. “Soy Gentil de la Hoz”, dijo con voz metálica. Me puse en pie y lo saludé con especial interés: “Soy Alejandro”, contesté. Me miró con asombro. “Eres el mejor estudiante, su fama recorre la región. Qué dicha poder saludarte”. “La dicha es mía”, respondí manteniéndome en pie. “Sentémonos”, dijo arrimando una silla a la mía. Nos sentamos. “¿Cuál es el motivo de la reunión?”, pregunté. “Una citación del alcalde para socializar la problemática del campesino y buscar soluciones a las más apremiantes”. Hice una pausa antes de preguntar sin mucha convicción sobre la problemática campesina. Se pasó la mano por la cara y dejando escapar un suspiro apesadumbrado relató con meticulosidad la vida campesina: “Vivo – comenzó diciendo – en la vereda más distante de la región del páramo, una región ganadera con variedad de productos, destacándose la papa, las hortalizas y frutales. Son pocos los minifundios, predomina el latifundio con propietarios que no viven en la región, algunos viven el extranjero”.
“La mayoría de estos latifundios son considerados lotes de engorde, no producen comida a pesar de la fertilidad de la tierra y el entusiasmo del campesino de cultivarla. La disculpa más común es que el propietario no se arriesga a la expropiación, prefiriendo no sembrar. El decir es que es mejor prevenir que curar. En esas condiciones, no hay posibilidades de tener caminos en buenas condiciones, tierra para producir y espacios de comercialización. La comunidad ha sido sorprendida con cultivos ilícitos de amapola, personajes extraños de la región han hecho presencia con verdaderos ejércitos de personas bien equipadas y amenazantes, advirtiendo que nadie debe denunciar la existencia de estos cultivos, so pretexto de ser asesinados en medio de escalofriantes torturas. Recién llegados estos enigmáticos personajes, se presentaron asesinatos, torturas, desapariciones y amenazas, sin que las autoridades hayan tomado cartas en el asunto. A un labriego mío, lo encontré colgado de un árbol con la lengua por fuera, los ojos brotados, la piel quemada con el cigarrillo y partía las piernas y los brazos. Fue espeluznante el cuadro, todavía lo recuerdo y me horrorizo. La autoridad policial le restó importancia al suceso, más bien la trató de justificar, afirmando que nadie tiene por qué meterse en la vida de los demás. Por eso, la ley del silencio impera en esta región. Se ha incrementado el abigeato, no se puede dejar la casa sola porque es violentada en cualquier hora del día o de la noche. Casi todos los líderes estamos amenazados, unos por la guerrilla, otros por el ejército y otros por los traquetos. Además, la ausencia del gobierno en estos territorios es casi generalizada y permanente. A toda solicitud comunitaria, la respuesta es la misma: No hay recursos, los estamos buscando. La búsqueda, don Alejandro, se hace perenne. Durante el período electoral con su locuacidad, el político toda solicitud la hace posible y viable. Es elemental la solicitud, suelen decir con hipocresía, y nosotros los campesinos, volvemos y caemos en las bien elaboradas promesas”.
“¿Qué le va a plantear al alcalde?”, pregunté. “Esto que te estoy diciendo, es la repitiera de la repetidera. Soy viejo, canoso, cansado y enfermo, conozco en profundidad la dinámica, todo es lo mismo, nada cambia. La tendencia es la misma: El rico más rico y el pobre más pobre. Por mí, no vendría por acá a perder tiempo, pero es que soy el vocero de la comunidad hace más de treinta años, me duele no hacer nada y quedarme de espalda a la realidad. No he conseguido nada para mí, a excepción de las mataduras, vivo en mi pequeña chacra en un extremo del inmenso valle, con mi vieja, tan vieja como yo. Tenemos dos hijos que estudiaron y se marcharon a la ciudad, siendo absorbidos al extremo que sienten vergüenzas de nosotros, no nos visitan y nos tratan despectivamente de “campeches”, en sus cartas que de vez en cuando nos escriben”.
Durante largos segundos miré al labriego con admiración e indignación a su vez. Comprendí que si todavía quedaba algo de honestidad, seriedad y franqueza era en el campo, en el hombre del agro. Dice lo que piensa con sinceridad y sin ambages. Don Gentil de la Hoz, era una prueba irrefutable. Me animé y dialogué casi con todos los presentes, quienes más o menos me dijeron lo mismo. Carlina, lideresa de espalda ancha, cabellera desordenada y ojos taciturnos, me habló de las dificultades de la mujer campesina. “No somos miradas como creación de Dios, sino como simples instrumentos de uso, no tenemos derecho a pensar por sí mismas, ni siquiera a opinar, se considera que todo es propio del hombre, del macho. Somos consideradas seres de cabellos largos e ideas cortas destinadas a obedecer ciegamente. Un hombre que tenga muchas damiselas es un Don Juan digno de admirar, una mujer que haga esa gracia, es una puta que avergüenza y prostituye la región. ¿Si nota la diferencia? Estamos para procrear solamente, solamente tenemos que estar dispuestas a calmar la fiebre de los hombres, los semidioses”.
El relato de Carlina me entristeció. Mientras la escuchaba, sentía que el corazón se derretía, quizás se partía en pedacitos muy pequeños. Aquella mujer tosca, planteaba la problemática de la mujer campesina sin ambages, sin medir consecuencias, sentía que hablaba al desierto, resignada a existir en esas condiciones. Le apreté la mano y le besé la mejilla sonrosada y quemada por las vicisitudes, al despedirme. Salí despacio y me alejé. El grupo de campesinos seguía esperando al mandatario.
Regresé presuroso a la vivienda. La abuela Mila me esperaba en el marco de la puerta sentada en la vieja butaca. Al verme, se puso en pie y con aspaviento me dijo que había recibido una noticia trágica. En el otro caserío, una masacre se había presentado y el desplazamiento era voluminoso. Al parecer era obra de “Los Justicieros”, según las primeras versiones oficiales. Sentí una cuchillada en el corazón, no podía admitir que, en el caluroso siglo XXI, la controversia alrededor del poder, se dirimiera de esta manera. Sabía perfectamente que la violencia solo desataba más violencia, dejando rezagada en un segundo plano la condición antropológica de ser humano que solo existe en función social. Miré con pesar a la abuela, sin poder evitar que mis ojos se aguaran. Entré a mi aposento y despojándome de todo lo que tenía encima, me acomodé en el sillón, asimilando mejor la noticia. Todo el material recolectado lo deposité en el pequeño escritorio de madera.
Matilde arribó de improviso con el fin supuestamente de saludar a Mila. “Entre mija”, le dijo la abuela. Entró despacio mirando disimuladamente en todas direcciones tratando de hallar a Alejandro. La puerta de su cuarto estaba herméticamente cerrada. La abuela la condujo a la cocina e invitándola a sentarse en el butaco, le dijo que le iba a preparar un tinto. La joven de mirada tierna y gestos femeninos, se mantuvo atenta al diálogo, comentando la trágica noticia. “Al parecer, dijo, la realidad es más cruda que las noticias preliminares”, comentó.
Mientras el agua hervía en la pequeña chocolatera, Mila miró con melancolía el rostro de la hermosa joven de ojos aguamarinas. “La violencia es una peste propia del modelo económico”, dijo pensativa. La joven trataba de concentrarse en la conversación, sin dejar de mirar a intervalos el cuarto de Alejandro, era su foco de atracción y preocupación. “Mira Matilde, dijo Mila mirándola intensamente, haré hasta lo imposible para que Alejandro se marche del pueblo, me preocupa su seguridad”.
Descompuesta por la noticia, Matilde tuvo que hacer ingentes esfuerzos por controlarse y evitar que la abuela lo advirtiera, estornudó cubriéndose su hermoso rostro con sus dos manos, permaneciendo así largos segundos. Mila se apuró a pasarle un par de servilletas. Matilde agradeció al recibirlas. Se incorporó y fue al lavamanos. Se mantuvo allí, hasta calmar un poco la ansiedad, la noticia le había caído como un baldado de agua fría. Si no era posible verlo con frecuencia estando en el poblado, menos si se marchaba. El amor puro es invencible, nada ni nadie le impide ser. “No renunciaré”, dijo Matilde por entre los dientes.
Regresó a la mesa disculpándose del incidente afirmando que a veces la sorprende la rinitis con virulencia, sobre todo cuando recibe noticias desagradables como la masacre. Mila la miró con detenimiento, dejando escapar una risita maliciosa. “Es casi imposible que una mujer engañe a una mujer y más a mi edad”, pensó para sus adentros. Sin embargo, no quiso hacer comentarios, más bien invitó a Matilde a saborear la bebida. Con sorbos pequeños, la hermosa joven tomó el tinto, sin dejar de hablar con Mila sobre diversos temas que suelen ocurrir en la región. “Se dice que hay un proyecto para traer la carretera”, comentó. Mila, la miró con sequedad. Aquello le parecía una torpeza de las autoridades, porque sería acabar con la candidez de la juventud. “Si ocurre eso, dijo, vendrá la malaria de la vagabundería de la ciudad, la denominada civilización y arrasará en un par de patadas con nuestra cultura y nuestros valores ancestrales”.
Matilde reaccionó un tanto desconcertada. Jamás pensó que Mila reaccionara así e intentando cambiar de tema preguntó cuándo sería la próxima eclipse. Mila no contestó el interrogante. Insistió en las consecuencias que generaría tal proyecto. “La cultura de la arriería desaparecerá”, dijo. En el fondo ella estaba de acuerdo con el proyecto porque consideraba que era más fácil llegar a la capital, se dispararía el comercio y seguramente una nueva forma de vida surgiría en el caserío. No miraba el proyecto como una catástrofe. Tampoco pensaba que sería un acabose para la arriería y el arriero, se transformaría, pensaba para sus adentros. “Dejaría de ser arriero y se volvería chofer”, pensaba.
La tempestad que armó Matilde, la conjugó, quien lo creyera, Alejandro. Salió de su aposento lentamente cogiéndose la cabeza con las dos manos, tenía pantaloneta blanca, camiseta rojiza y zapatillas negras. Bostezaba producto del cansancio. Al ver a Matilde se sorprendió: “Hola, señorita”, le dijo. Matilde estupefacta, no sabía qué contestar. Lo miró al momento de decir en voz baja y dubitativa: “Hola, Alejandro”. El ambiente cambió radicalmente. Mila quedó muda, se limitó a servirle un tinto. La abrazó con ternura estampándole un beso en la mejilla, aprovechando para decirle que la admiraba con todo el corazón. Matilde, se estremeció de pies a cabeza aceptando el halago complacida.
Alejandro se acomodó en el comedor a esperar el tinto. Volvió la mirada y la fijó en el rostro de Matilde. Matilde no la resistió. Frotándose las manos, la colocó sobre el piso. Alejandro la observó y percatándose de su timidez, tomó la iniciativa con suavidad, preguntando por su familia. Sin mirarlo, contestó en voz baja. Su voz melódica lo cautivó, aumentando las preguntas.
Después de tanto preguntar y contestar, más tranquila, Matilde se atrevió a mirarlo de frente en un momento fugaz. El comunicador social sabía que con la mirada se decía más que con las palabras rebuscadas. La contempló hermosa, cristalina y amorosa. Sintió una sensación rara en medio del pecho, una especie de cosquilleo, poniéndolo nervioso. Las cartas se habían invertido, ahora él era el nervioso e inseguro, no tenía valor para mirarla de frente, cada vez que le hablaba dirigía su mirada en otra dirección. Matilde captó su comportamiento, pensando para sus adentros: “No le soy indiferente”.
Mila sirvió los tintos en pocillos de porcelana y colocándolos al alcance de ellos, recordó que no había tomado el analgésico. Se volvió pesadamente encaminándose a su aposento, refunfuñando contra la memoria. Se alejó despacio. Los pajaritos enjaulados dejaban escapar su bella melodía. Matilde tomó el pocillo por la oreja con cierta seguridad, bebiendo con delicadeza un pequeño sorbo, colocándolo de nuevo en el pequeño platico floreado. Alejandro quiso hacer lo mismo, pero no pudo, el pulso estaba alterado, teniendo que coger el platico con la mano izquierda. Una gota de la bebida, se regó, lo cual aumentó su pánico y desconcierto. Matilde atenta se percató, dándole de alguna manera más seguridad.
El ambiente era tenso, diríase dramático. Alejandro rogaba que su abuela regresara pronto y colocara las cosas en su orden. Pero, no era así, porque la abuela no daba con el analgésico, se le había refundido. El espacio lo aprovechó al máximo Matilde consciente que había tomado el toro por los cuernos. “Dice su abuela que muy pronto se marchará de la comarca, ¿Qué hay de cierto?”, preguntó pasando su mirada vidriosa por el rostro de Alejandro. Alejandro sonrió nervioso, intentando aparentar tranquilidad. “Tengo un proyecto de caracterización de la comarca, eso me llevará bastante tiempo, marchar a la ciudad no está entre mis planes por el momento”, respondió con dificultad.
Matilde respiró con más fuerza, como quitándose un fardo pesado de su espalda. “¿Por qué su vida es tan hermética?”, preguntó nuevamente. Alejandro se sintió contra las cuerdas del inmenso cuadrilátero. No sabía por dónde comenzar a contestar este interrogante. “Mi vida es cuadriculada, tal como nuestros ancestros”, contestó en voz baja. “Estamos presos de las malditas normas de comportamiento y pienso que de ahí es muy difícil escapar. Este es el reino de las prohibiciones, las reglas son férreas y hay que cumplirlas cabalmente, de lo contrario, caeremos en el abismo de la crítica y la murmuración callejera”. “Podría ser – respondió Matilde – pero tengo la sensación que dichas reglas son para inmovilizarnos y que nuestras vidas sean vacías de contenido. Disculpe mi ignorancia”. Alejandro agudizó sus sentidos, descubriendo que estaba frente a una mujer que además de bella era inteligente.
La abuela Mila seguía buscando el analgésico, mientras vocifera contra su memoria. Movía las gavetas, revisaba las repisas, la mesita de noche, hasta por debajo de la cama, sin hallar el analgésico.
En el comedor, Alejandro y Matilde libraban otro drama, cada uno a su manera, cada quien queriendo y no queriendo saber lo que exactamente estaba pensando y quería del otro. La timidez era un fardo atravesado en el camino, imposible de superar fácilmente. Solo quedaba en el ambiente, pequeñas pinceladas, muchas de ellas no muy claras.
La plática se terminó abruptamente cuando un hermano, la llamó desde la puerta, diciendo que la mamá la necesitaba con suma urgencia. Matilde se puso en pie y tomándose el último sorbo de tinto, ya frío, se despidió, destacando el encuentro fortuito. Alejandro con el pocillo en los labios, la siguió con la mirada hasta que desapareció. Ensimismado permaneció hasta que la abuela Mila, lo llamó para que le ayudara a buscar el analgésico. Como ido de este mundo, lleno de conjeturas, fue al cuarto de la abuela, encontrando las pastillas detrás del transistor en la mesita del fondo.
Regresé a mi cuarto, paso entre paso, teniendo nítida la imagen de Matilde. “¿Por qué no me fijé antes en ella?”, me pregunté anonadado. Me acomodé en el escritorio con el ánimo de continuar con el análisis de las entrevistas, pero sentía que no me podía concentrar, la despampanante figura de la joven me obnubilaba. A duras penas terminé la jornada. La abuela, me interrumpió con su voz ronca. “Es hora de cenar”, dijo.
Me mantuve inmóvil, largos segundos tratando de ordenar la confusión que me taladraba el cerebro. Versiones encontradas y confusas bullían como por sortilegio. Era una rara mezcla entre el bien y el mal, el día y la noche, la oscuridad y la aurora. Y a pesar de saber con exactitud que lo contrario del día era la noche, dudaba de mis propios conocimientos y pensaba que uno y otro fenómeno podían convivir en paz y armonía. Matilde flotaba con inusitada belleza en todas estas divagaciones, dejando al descubierto la exquisitez femenina de su cuerpo esbelto y la fragancia natural de su fresca piel.
Pesadamente, me puse en pie y caminando despacio hacia el comedor, aparté el taburete para sentarme. La abuela ya estaba sentada. Me miró con inquietud, pues me conocía perfectamente por dentro y por fuera. “¿Qué te pasa, hijo?”, preguntó inquieta. Era la primera vez que lo veía en ese estado de postración. Parecía una estatua grotesca carcomida por el tiempo. Ante la insistencia de la abuela, me estremecí y rompiendo el hechizo, la miré con incertidumbre. No encontraba palabras adecuadas para responder el crudo interrogante, prefiriendo guardar silencio, en el entendido que éste resulta más elocuente.
La vieja Mila sonrió, entrelazando las manos entre sí. Dedujo en fracción de segundos, mi drama. Me miró burlona y acomodándose el puchero dijo pausadamente: “El fantasma del amor comienza a rondarlo”. Con ojos de pánico, clavé la mirada en el rostro de la abuela, tratando de auscultar su pensamiento. Nervioso, la miraba con enfado y hasta con cierta vergüenza. Tuvo que ocurrir el suceso para darme cuenta que no me la sabía todas. Me había mantenido al margen del noviazgo pensando tontamente que era un distractor en las metas trazadas.
La retahíla de su madre Margarita, permanecía intacta en su mente. Margarita era una mujer de armas a tomar que había educado a su prole bajo el criterio de la letra con sangre entra. Era ágrafa, se guiaba por la intuición con asombrosa lucidez. Tenía fama en la región, porque enseñaba con nitidez sin haber podido asistir al aula, era considerada ejemplo de superación y de grandeza para no rendirse ante la adversidad propia de su clase social.
Tenía una pequeña chacra en la pendiente de la ubérrima cuesta donde solía cultivar hortalizas y árboles frutales. Era la herencia de su esposo amasada durante largos años de cruda violencia y trabajo forjado a la intemperie, que había podido librar superando la adversidad que ofrece el modelo económico. Esta parcela la conservó hasta su muerte, a pesar que miles de compradores todos los días le hacían ofertas para que la vendiera. “La finca – solía decir – me permite tener viva la memoria de mi amado”. Era alta y acuerpada de ojos claros y mirada taciturna. Medio tiempo lo dedicaba a los oficios de la casa y la otra mitad la dedicaba al minifundio. Sembraba con entusiasmo y la fe del carbonero porque consideraba que era una forma de llevar alimentos frescos a los citadinos.
Vivía rodeada de perros, gallinas, patos, piscos, gatos y cerdos, manteniendo con ellos articulada y respetuosa comunicación. Desde muy niña había entendido la necesidad de vivir en armonía con la naturaleza, por cuanto consideraba que ésta era la madre que le ofrecía no solo alimento, sino belleza y refugio amplio y generoso. Cada que tenía tiempo disponible, salía al filo y bajo la sombra del imponente Pino, se sentaba a contemplar la inmensidad de las cordilleras y la misma bóveda celeste, mientras su hijo gateaba feliz por el prado. A veces la acompañaba Adriano, su marido, un hombre grande, musculoso y rudo. Se tiraban en el piso cuan largos eran y de vez en cuando se consentían mutuamente y se juraban amor eterno. Para entonces, el amor existía diáfano y puro, sin rodeos ni traiciones. La orden del cura que la unión solo los separaba la muerte, se cumplía a cabalidad lloviera y tronara.
Adriano labraba la tierra con decisión y coraje desde que el gallo anunciaba el nuevo día hasta el atardecer. El sol o la lluvia no era impedimento para descuajar montaña con la firme convicción que la misión era hacer producir la tierra alimento. No existía para él la pereza o el desánimo; la adversidad era un reto para superar sin lloriqueos y lamentaciones.
El día de su asesinato, la comunidad veredal lo lloró a moco tendido, reconociendo en él un liderazgo puro y transparente que se esfumaba por la acción vandálica de la cruda y absurda violencia diseñada a propósito por los jefes conservadores y liberales en contubernio con la cúpula clerical que insistía en la teoría que matar liberales no era pecado. Adriano era liberal gaitanista, soñaba con la justicia social, admiraba la oratoria volcánica del caudillo, pero, sobre todo, sus planteamientos. No se perdía manifestación, paro lo que tenía que recorrer largos y retorcidos caminos en precarias condiciones. Se terciaba el guarniel y se echaba al hombro la bandera roja y después de besar varias veces a Margarita, se marcha exultante.
Tenía memoria prodigiosa, la que aprovechaba para retener la arenga del caudillo y repetirla casi al pie de la letra a sus amigos en la vereda. Los domingos, los visitaba para contarles el planteamiento político del jefe que había logrado aglutinar no solo al liberalismo, sino también a un gran sector conservador y sin partido que veían en Gaitán la única esperanza de redención en toda la nación.
Adriano, de mirada tranquila, labraba la tierra con fervor y abnegación en tiempos soleados y de lluvia. El fruto lo compartía con los desvalidos afirmando que la vida daba muchas vueltas y el que siembra cosecha. Eran dichos que repetía con mucha frecuencia y que ciertamente dejaban una enseñanza que practicaba con celo, pensando en ser recompensado en la eternidad.
El día de su cruel ajusticiamiento por parte de dos malandros en la oscura y taciturna cañada, se levantó temprano como era su costumbre, después del fresco baño, cortó leña y arrimándola a la hornilla, degustó el tinto caliente y humeante. Sentado en el pequeño butaco saboreó la bebida, mientras observaba la labor de su mujer. Margarita también era trabajadora y emprendedora, soñadora y luchadora, dando ejemplo en toda la comarca.
La mañana gris pintaba lluvia. El viento gélido recorría la región. “Parece que fuera el viernes santo”, dijo Margarita mirando el firmamento. Adriano no contestó nada, se incorporó se amarró el viejo machete a la cintura, cogiendo el recatón y el costal ralo, se marchó. “Voy por el recado”, dijo. Margarita lo vio alejarse sintiendo lirios en las tripas, un raro presagio la estremeció de pies a cabeza. Era una sensación que nunca la había sentido. Quiso correr detrás del marido, abrazarlo y besarlo. Su corazón latía acelerado y sus ojos se nublaron. “¿Qué me pasa?”, dijo extrañada. Había salido al corredor para verlo partir entre el espeso y verdoso cafetal. Al perderse en la distancia Adriano, Margarita respiró profundo regresando a la cocina. Lo hizo indecisa con un presagio nebuloso en medio del pecho. Algo le decía que su marido corría peligro. Contrariando el crudo presagio aceleró sus labores hasta cuando Alejandro Junior, la sacó de sus meditaciones con chillido descomunal. El niño que apenas comenzaba a gatear, estaba inclinado mirando hacia la única puerta de acceso al cuarto, en su pequeña cama cuna. “¿Qué pasa hijo mío?”, dijo Margarita entrando precipitadamente. Al verla, el niño sonrió. Margarita contó mucho tiempo después que aquella sonrisa no había sido alegre, había sido una sonrisa melancólica. Eso me deprimió aún más. No obstante, haciendo de tripas corazones jugó un momento con el pequeño, lo hizo hasta cuando se durmió nuevamente. Entonces, salió despacio regresando a la cocina. No había cruzado totalmente el umbral de la cocina, cuando escuchó el estruendo de un arma de fuego. Fue una explosión fuerte. Permaneció estática varios segundos, como ida de este mundo. Al reaccionar, se echó a correr siguiendo los rastros de su marido. Bajó la pendiente en un santiamén y al cruzar la quebrada se encontró con la macabra realidad: Adriano estaba tendido cuan largo era manando sangre de la espalda a la altura del corazón. Estaba sobre la hojarasca ya untada de sangre espesa. El grito estentóreo de Margarita espantó el ramillete de pájaros multicolores que buscaban el alimento en las copas de los árboles. Se tiró sobre la humanidad de su marido sin medir consecuencias, moviéndolo violentamente. “¿Qué pasa amor?”, dijo sollozando, rosando el rostro de Adriano con ansiedad. Al contacto fuerte el cuerpo inerte se deslizó al zanjón. Tenía los ojos abiertos y el rostro sereno. Todavía la sangre manaba. Adolorida, sin dejar de gritar, Margarita regresó a casa, pensando en el bebé. Los gritos llamaron la atención de los vecinos. Pronto llegaron por los cuatro costados jadeantes y nerviosos llevando machetes y escopetas. Enterados se solidarizaron con la viuda y el pequeño e inocente niño, que miraba perplejo la presencia de los vecinos y las vecinas.
El levantamiento del cadáver ocurrió hacia el mediodía, bajo una leve llovizna pertinaz. Durante el velorio se rumoraron diversas hipótesis sobre el crimen. Duró dos noches con sus días. Muchos años después, Margarita se enteró quienes le quitaron la vida a su esposo. Dos jóvenes pagos por alguien que estaba interesado en la pequeña chacra, fueron condenados a dieciocho años de prisión cada uno. Contra quien dio la orden la justicia no actuó porque era el más adinerado de toda la región y la ley, como es bien sabido, muerde solo a los de ruana.
Margarita se sumergió en una depresión oceánica de la cual no pudo salir con vida. Víctima de vejez prematura y gastritis aguda, dos años después murió en su pequeña chacra. El funeral fue discreto sin repiques de campana a pesar de ser creyente, su error: No tener dinero. El curita se limitó a una sencilla oración, una bendición y agua bendita. Margarita que había soñado con un entierro pomposo y concurrido no pasó de ser un deseo, porque está escrito que al pobre y al feo, todo se le va en deseos.
Alejandro tenía para entonces seis años. Durante el velorio se mantuvo al lado de su abuela materna, entretenido mirando los cirios y las flores de azucena de distintos colores que iban llegando por manos anónimas y taciturnas que una vez se santiguaba y musitaba una oración en voz baja, permanecía un tiempo prudencial y luego se marchaba. “¿Murió su mamá?”, le preguntó una mujer otoñal vestida de impecable luto. El niño sonrió, al contestar: “No, mi madre está durmiendo, no la despiertes”. Consternada la acompañante fortuita lo miró con los ojos vidriosos y acariciando su rostro, se marchó. Era alta y delgada, bien parecía un espagueti.
El niño se indispuso cuando llegó la hora del funeral. Cuando el catafalco se elevó en los hombros de cuatro vaquianos, el niño gritó con todas sus fuerzas pidiendo que lo llevara con ella, que no lo dejara solo, si toda la vida había permanecido junto a ella. Sus súplicas se confundieron con el lagrimeo de los asistentes, el lloriqueo fue total, hasta de personas que nunca había tenido el privilegio de conocer y tratar a Margarita.
Poco a poco el cadáver se fue alejando de la casona en los hombros de los vaquianos por un camino tortuoso y estrecho. Alejandro no se dio por vencido y levantando la voz insistió en la plegaria. Compungida Mila, conteniendo su propio dolor, se inclinó y apretando el chico contra su pecho lloro con amargura, unas veces pensando en su hija que se marchaba a la eternidad y en otros al contemplar el drama conmovedor del pequeño inocente. Fue cuando juró su protección para garantizarle su crecimiento. “Viviré para ti”, dijo sollozando.
En medio del llanto el niño preguntó: “Abuelita, ¿A qué horas vuelve mamá?” Mila sintió que el corazón se le partía en dos, su voz se apagó, no tuvo léxico para contestar, solo atinó a abrazarlo y cubrirle el rosto de besos, mientras no paraba de gemir. Pensó en decirle la verdad, pero, le pareció demasiado dura; quiso mentirle y decirle que no demoraba, pero le pareció una canallada imperdonable. Por eso guardó silencio.
Al salir del templete comenzó a llover. Era una lluvia menuda, transparente y helada. Los acompañantes contestaban maquinalmente el rosario a la matrona que encabezaba el fúnebre desfile. Al pasar la quiebra, el niño preguntó a su abuela: “¿Quién le llevará la comida a mi mamita?” Mila se estremeció de pies a cabeza, con su corazón más arrugado que nunca, haciendo esfuerzos por no arrojar más lágrimas, contestó: “En delante de eso se encargará Dios”. “¿Quién es Dios?” “El creador de todo” “No creo que sea un buen señor”, dijo el pibe. “¿Por qué lo dices?” “Porque si fuera bueno no había matado a mi mamita”.
Mila, como pudo evadió las reflexiones del nieto y apurando el paso, le comentó que cuando regresaran al punto de partida le iba a dar un puñado de golosinas. El niño sonrió y pensando en éstas, no preguntó más. La fosa estaba abierta en tierra fértil. El enterrador era un anciano bajito y menudo que tenía problemas con la audición. Cuando comenzó a caer la tierra sobre el ataúd, Alejandro lanzó un grito conmovedor: “Brutos – dijo – mi mamita se va ahogar”. Intentó arrojarse a “salvarla”, pero su abuela lo detuvo con energía, retirándolo del cementerio. Había dejado de llover y un sol pálido se asomaba entre los negruzcos nubarrones. Desandando lo andado, destrozada y sin deseos de vivir, Mila regresó a la chacra, acompañada de Alejandro, pendiente de las golosinas. Se mantuvo a la expectativa hasta cuando Mila abrió el viejo baúl, entregando un puñado, tal como lo había prometido. Dando saltitos graciosos, se retiró por el corredor y cruzando el vetusto patio de cemento entró en la enramada, acomodándose en una pequeña banqueta, saboreando el manjar con apetito.
A pesar del crudo insomnio, Mila se levantó temprano con la boca amarga, después de escuchar el canto del gallo floreado. No podía retirar el recuerdo de Margarita. Ella era quien se levantaba y le llevaba tinto caliente a la cama cuando la visitaba que era con bastante frecuencia. Al entrar a la desvencijada cocina vio en el piso una hoja volante. “La mugre no hace tregua”, pensó mientras se inclinaba a recogerla. Con los ojos aún abotagados de sueño, observó el volante a la luz amarillenta de la esperma.
Al enterarse del contenido, arrojó el volante nuevamente al piso y dejando escapar un grito estentóreo, salió precipitada de la pequeña cocina, refugiándose en su cuarto, cerrando herméticamente la puerta y después el ventanal. Se arrojó pesadamente en la cama sin tender y cogiéndose el rostro con las dos manos, permitió que las lágrimas salieran a borbotones.
El grito de susto y asombro fue tan fuerte que el vecindario escuchó, acudiendo a prestar solidaridad. El primero en llegar fue Teolindo, el vecino de las Guacamayas, llevando el machete al cinco y el hacha al hombro. No fue fácil convencer a Mila que abriera el cuarto. Estaba petrificada sin saber qué hacer. Cuando lo hizo, Teolindo preguntó qué había pasado, mientras miraba los alrededores de la casa centenaria. Ojeaba meticuloso el jardín verdoso, los pequeños arbustos, el inodoro y la regadera.
Abrió temerosa, descompuesta por el miedo. “¿Qué pasa señora?”, dijo Teolindo mirándola intrigado. Balbuceando Mila le señaló la cocina. Teolindo entró empujando la portezuela con violencia. “Quieto”, gritó con fuerza blandiendo el hacha sobre su cabeza. Desconcertado se dio cuenta que no había nadie. Confuso regresó al cuarto, diciendo en voz alta que no había ningún intruso en la cocina. Mila sentada en el borde de la cama lo miró con súplica, diciéndole que mirara al piso. Teolindo volvió. Al encontrar el panfleto, lo recogió y saliendo al patio leyó despacio su contenido. “Muchos hijueputas”, dijo. Permaneció largos minutos mirándolo por un lado y por el otro.
Mila, un poco más calmada, se sentó en la banqueta que estaba ubicada en el largo y angosto corredor. Entrecerrando los ojos y dejando escapar un largo suspiro, saludó con atención de gratitud a don Teolindo y demás vecinos de la región. “Qué dicha tener vecinos de estos quilates”, dijo con pausa.
“La solidaridad es la ternura de los pueblos”, contestó Teolindo, sentándose a su lado. No encontraba la forma de abrir el diálogo, porque temía estarse metiendo en asuntos internos de cada uno”.
Comprendiendo la turbación, Mila tomó la iniciativa. “Es la segunda vez que soy amenazada. En la primera, mi esposo estaba y frentió el caso con prudencia y sin miedo. Los responsables fueron detenidos por los muchachos y desterrados de la región. “Ahora, sola y temerosa, no sé qué hacer”, dijo meditabunda. Chicos y grandes inundaron el casarón, los adultos pendientes de la solidaridad y los pequeños correteando las gallinas, los pavos y los piscos, entre carcajadas estridentes. Impaciente Mila miraba la recua de niños extrovertidos ir por el jardín buscando huevos de gallina, subiéndose a los árboles frutales y saltando cercas con arrojo inverosímil. “Son incorregibles”, pensó abrumada por la pena que la embargaba.
Los más veteranos y veteranas, se reunieron en el pequeño quiosco, ubicado en el centro del jardín, adelantando un diálogo fluido. La discusión fue larga y farragosa, porque cada uno se empecinaba en imponer su argumento y descalificar el argumento del otro. De todas maneras, se pusieron de acuerdo en dos cosas: Una era denunciar y hacer resistencia, la otra vender la chacra y trasladarse al poblado. Eso hizo Mila, vendió la pequeña finca y se trasladó al poblado, con la firme convicción de brindarle posibilidades de estudio a su nieto. Reorganizó la ranchita que su marido había comprado, instalándose con cierta amargura y resignación.
Con el libro: Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, bajo el brazo, entré pesadamente a la cafetería de mi amigo con el fin de saborear el mejor kumis de toda la región. Afuera el palacio municipal y el imponente busto del General José Antonio Anzoátegui. Me acomodé a esperar el producto, mientras la llovizna menuda caía con parsimonia melancólica. Al observar el texto Grillo, lo miró sonriente, afirmando: “Y usted lea que lea”. Aparté un instante la mirada del libro, fijándola en mi amigo: “Leo, pero tú me ganas”, dije irónico. La carcajada inundó la cafetería.
Estaba a punto de terminar de saborear el exquisito manjar, cuando de improviso entró Matilde, iluminando el entorno con su belleza. Todos los presentes fijamos la mirada en la hermosa joven de cuerpo escultural. Venía con su hermanito menor. Tenía un pantalón negro ajustado y una blusa roja con vivos blancos, las zapatillas eran de colores. Con sus ojos color miel nos miró sin vernos, acomodándose en la mesita contigua, pidiendo dos pintaditos y buñuelos. Las conversaciones se rompieron, se hizo un silencio tétrico, la concentración se encaminaba a apreciar a la joven de rostro pálido. “Es Matilde”, dije dubitativo e incierto, viéndola como la estrella más distante.
Tuve la sensación que era petulante y prepotente que no se fijaba en nadie. Seguramente, esperaba con paciencia el príncipe azul con la que toda adolescente sueña. Todos los días la veía en su condición de vecina. Incluso, había estado en mi casa tomando tinto y conversando con la abuela Mila. “Tan zalamera en mi casa y tan orgullosa en la calle”, pensé abrumado por las diversas sensaciones que sentía y hacían vibrar las fibras más sensibles del corazón.
“Bueno es conocer”, me dije al ponerme de pie para cancelar la deuda y salir de la cafetería larga y angosta. Al dar la espalda para salir, un grito tierno, emotivo y sonoro, me hizo reaccionar, volviendo la mirada. Era Matilde. “No te había visto”, dijo asombrada. “Yo sí”, contesté yendo a la mesita a saludarla. Me abrazó con ternura. Sentí una fuerza mágica al contacto. Era una piel canela, fresca y olorosa. Tuve que hacer enorme esfuerzo para no desmayar ante tanta hermosura femenina.
Cruzamos miradas. Nervioso me acomodé mejor en el asiento. Fue una mirada electrizante, profunda, candorosa. Una mirada que me flechó atravesándome el corazón de un solo golpe. Si bien habíamos tratado con anterioridad, compartiendo, hablando, discutiendo y haciendo historia, este encuentro era totalmente diferente a todos los anteriores. No tenía aliento para preguntar, ni frases coherentes para expresarme con libertad y amplitud, como era mi costumbre. Lo único que se me ocurrió decir era que tenía que regresar casa de prisa. “No te preocupes, dijo, si gusta te acompaño” “No te preocupes”, respondí por entre los dientes. “No es problema”, dijo incorporándose después de cancelar. Había dejado de llover. Sin embargo, la densa neblina se movía oronda a ras de piso. Las calles estaban húmedas y silenciosas. Uno que otro transeúnte se movía taciturno envuelto en la ruana. El perrito chocolate caminaba silencioso a nuestro lado, porque Matilde digería poco a poco el buñuelo. Al verlo interesado compartió el alimento. El mejor amigo del hombre, después del libro, nos acompañó siguiéndonos a cierta distancia. Poco hablamos. El cerco de la timidez lo impidió de principio a fin. Solo charlas divagantes. Me habló de las relaciones familiares, las cuales calificó de rígidas. “Es un milagro que me hayan dejado salir”, dijo pensativa. Su hermanito caminaba a su lado, pendiente de la conversación. Era delgaducho, moreno y de mirada vivaz.
“Estás haciendo un trabajo de investigación, ¿Verdad?”, preguntó interesada. “Pues sí”, contesté sin darle mayor importancia. “¿Ya terminaste?” “Estoy corrigiendo los originales” “Seguro que te hará famoso el libro”. “¿Cómo piensa llamarlo?” “El Placer de Soñar”. Matilde levantó la mirada por primera vez, fijándola con asombro en mi rostro. “¡Qué hermoso título!”, dijo. Una risita pálida iluminó mi rostro cadavérico. “¿Por qué ese título?”, interrogó interesada. “Porque no hay placer más grande que soñar. Si bien dijo el escritor español, Pedro Calderón de la Barca: los sueños, sueños son, pienso que el soñar es la cuota inicial para alcanzar lo que realmente se propone el ser humano. Una persona sin sueños es vacía, díscola, sin presente, sin futuro y sin pasado. Bolívar soñó con la libertad de América y a fe que lo consiguió”. “Tienes razón Alejandro”, contestó la agraciada joven, interesada en el tema.
Al acercarse a la posada de la joven, busqué una cartica que había escrito en la soledad sonora de la madrugada. Pensándolo y repensándolo, en un momento de valentía e inspiración, la entregué disimuladamente para que su hermanito no se diera cuenta. Ella entró a su vivienda exaltada y yo a la mía. Volvió a lloviznar con fuerza. El arroyo recorría con ímpetu la callejuela. La abuela me recibió con tinto caliente. “Venías muy bien acompañado”, dijo con fina ironía. “Esa joven es muy hermosa y asentadita, ni un solo comentario hasta ahora en su contra”, agregó. Callé. No dije nada. Entré a mi cuarto y tirándome sobre la cama, recordé paso a paso el recorrido con Matilde. “Es hermosa”, me dije una y otra vez.
Nerviosa, Matilde, pasó de largo al inodoro, apretando en su mano izquierda el papelito. Impaciente se acuclilló a hacer de las aguas, trasladándose luego de prisa a su cuarto. “Es un tipo guapo”, pensó para sus adentros. Se tiró sobre el lecho leyendo con dificultad la carta. El papel temblaba en sus delicadas manos. Duró descifrando palabra por palabra hasta armar completamente el rompecabezas. Entonces, leyó en voz baja. No era un texto extenso. “Dios Santo”, dijo apretando la carta contra su pecho después de colmarla de besos. No daba crédito a lo que había leído. Por eso, la leyó varias veces hasta cerciorarse del contenido. La guardó bajo la cabecera con sumo cuidado y exultante fue a la cocina a conversar con su madre, una mujer relativamente joven de mirada profunda y movimientos ágiles.
Después del almuerzo, y mientras ordenaba la cocina, Matilde preguntó a su madre sin ambages y sin anestesia: “Madre, ¿Qué es el amor?” Adriana que rodaba por los treinta y cinco años, volvió la mirada, abriendo los ojos como si se le fueran a salir de sus cuencas. Esperaba esa pregunta hacía tiempo, pero no de esa manera tan simple y directa. La miró un instante con intensidad, sintiéndose suspendida en el aire como una simple cometa que el viento la lleva de un lado para otro.
Sin embargo, la primera en reaccionar fue Matilde. Lívida, apretó el plato que lavaba, colocándose de espalda para que su madre no le viera su enrojecido rostro de vergüenza y miedo. No entendía por qué se le había escapado este interrogante. En ese instante pensó que era maldad del demontre y de no saber pensar para hablar. Pero, la suerte estaba echada, no había reversa. Sintió que todo se mecía a su alrededor e hilillos de oscuridad cegaban sus bellos ojos.
Por el contrario, su madre salió rápido del asombro, cambiando su semblante trágico, asumiendo una postura solidaria. Recordó su propia experiencia. Su madre nunca admitió que consiguiera novio. Afirmaba a los cuatro vientos que no había nacido todavía hombre para su hija. Sus amoríos fueron clandestinos y sombríos sin mucho conocimiento sobre la biología y psicología humana. El sexo era tabú, pecaminoso, que solo tenía validez cuando el cura lo bendecía, previo a la decisión de sus padres. Así era. Los papás decidían con quien debía casarse su hija, sin su consentimiento.
La mujer no tenía derecho de ir a la academia, porque se consideraba que no era necesario por cuanto había venido al mundo, solamente a parir y a cuidar del hombre y de su descendencia. Era la lógica de Matusalén: El hombre ordena y la mujer obedece. Adriana alcanzó a vivir parte de ese período oscurantista con infernal ímpetu. Y a pesar del fanatismo de su esposo Cándido, siempre había estado dispuesta a escrutar fórmulas de crianza más civilizadas y consecuentes con el humanismo. “Lo que me hicieron, fruto del analfabetismo religioso, no puedo descargarlo en los demás”, solía pensar.
Se incorporó y caminando con seguridad, la abrazó con fuerza y ternura, la acercó a su regazo y le dijo que la amaba. Matilde comenzó a sollozar. Sus lágrimas como perlas, rodaron por sus mejillas. “Perdona mami mi imprudencia. No sé por qué se me salió sin darme cuenta”, dijo en un mar de sollozos melancólicos.
Tranquilizarla fue la primera tarea. No fue fácil. El tiempo era eterno e intenso. La tarde se extendía en toda la región, los arreboles que aparecieron por sortilegio anunciaban verano. Más tranquila, Matilde suspiró profunda dimensionando la forma de pensar su madre. No podía asimilar del todo este comportamiento, que rompía con todos los paradigmas existentes hasta ahora en el crecimiento y formación de sus hijos e hijas. Por primera vez, se atrevió a mirarla a los ojos abotagados de tanto llorar. Fue un instante de inspiración, preguntando de nuevo en voz baja, casi susurrante. “Madre, ¿Qué es el amor?”
Acomodadas como dos amigas, conversaron hasta cuando escucharon el ruido de las botas de Cándido. Fue una charla prolija, franca y directa. “Me preguntas del amor, porque estás enamorada, ¿Verdad?” Matilde la miró sorprendida y desconcertada. “Nadie se enamora de algo que no conoce, mami. ¿Me entiendes?” Entonces, volvió a preguntar, esta vez con más énfasis y curiosidad: “¿Qué es el amor?”
Adriana dejó escapar un suspiro prolongado y lastimero. No sabía cómo comenzar la perorata. Divagó algunos segundos. “El amor ni se ve, ni se palpa, se siente. Se encuentra a mi parecer más en el cerebro que en el corazón, aun cuando todo romántico dice que está en el corazón y así lo expresan los poetas”. Matilde no parpadeaba, tensa escuchaba atenta las palabras de su madre. “Es un sentimiento intenso de afecto, apego y conexión profunda y cristalina hacia otra persona, animal o idea, fundamentado en el respeto, la admiración, la empatía y el compromiso. Diría que es un valor ecuménico, motor motivacional que propugna el bienestar mutuo, abarcando múltiples formas de acuerdo a la realidad concreta y al momento histórico”.
“Está el amor romántico que es el amor entre seres humanos que se concreta, se materializa con la sexualidad. También está el amor filial, el amor que siento por ti, hija, por mis padres, mis hermanos, los humildes y desamparados y explotados del sistema capitalista. Igual, el amor fraternal o propio por una idea, un proyecto revolucionario, un cambio de vida”.
“¿Cómo se manifiesta el amor?”, preguntó tímidamente, mientras se acomodaba mejor la frondosa cabellera azabache y se inclinaba para escuchar mejor. El pánico y la timidez habían desaparecido, robusteciéndose la camaradería que muchos llegarían a llamar: “Compincharía”. Era una tarde silenciosa y apacible, suavizada por un vientecillo mágico que deambulaba por todos los vericuetos del pueblo sin hacer pausa.
“El amor se manifiesta con la mirada, con la atracción mutua, con pequeños detalles, con el cosquilleo en el corazón, con los lirios que se sienten en la barriga, cuando se está frente al ser amado. Con el roce de la piel, con el suspiro, con esa hermosa expresión: “Te amo”. Se manifiesta en el cambio de aptitud y actitud; se sueña con la felicidad, se idealiza el ser amado; es como un sueño fantástico del cual no quisiera despertar. Se expresa en la felicidad, en el buen sentido de vivir, en la paz, la convivencia y la tolerancia. Igual, en la capacidad de asombro. La persona que ama es humana, demasiado humana, como diría el filósofo, Federico Nietzsche. El amor se manifiesta en la adversidad cuando se comparte el dolor del otro como propio, brilla la solidaridad y se está dispuesto a dar su propia vida. Se manifiesta también en los cálidos y gélidos amaneceres, en los atardeceres melancólicos y lúgubres, en las noches oscuras y estrelladas. ¿Me entiendes, hija?”
“¿Cómo se disfruta mejor el amor? No hay un consenso generalizado. Por el contrario, predomina la diversidad de colores, estilos y formas de interpretación. Muchos opinan que se disfruta en la diversidad, teniendo como fondo la cultura. Sin embargo, hay características comunes que son ineludibles en el océano mágico del amor sincero y espontáneo que brota por todos los poros como agua pura y cristalina. En la mirada transparente, en el contacto físico, en el compartir detalles pequeños, en el sueño, en el pensamiento y en la acción permanente. Algún poeta dijo sabiamente que el amor “es verbo no sustantivo” ¿Sabes tú que significa esto? Significa que el amor es acción, creación, belleza, movimiento. No hay persona más noble y feliz que la que ama, diría que es una virtud y repito, una energía sólida que me permite encontrarle sentido y dinámica a la vida, me permite vencer los obstáculos, los momentos de angustia y desespero. Cuando hay amor siempre surge una fórmula salvadora, una explicación y una fuerza formidable para superar el momento oscuro o gris. Ama quien tiene la capacidad de compartir y rechazar con vehemencia el competir. Se reinventa la célebre frase filosófica de Renato Descartes, quien dijo: “Pienso luego existo”, ahora puede decirse: “Amo luego existo”.
“Sin embargo, siendo el amor tan puro y tan humano, en el marco de éste, se han presentado horrendos crímenes que todavía conmueven a la humanidad. El heroico guerrillero argentino, Ernesto Che Guevara, se inmoló por amor a los pobres y desvalidos; Jesús, el maestro, murió torturado en la cruz por amor a la humanidad. En fin, hay numerosos ejemplos que demuestran claramente hasta dónde puede llegar el ser humano por amor. Luego, el amor es lo más importante, lo más humano y sublime”.
“El amor nos transforma y nos hace más humanos. Quien ama de verdad comienza por respetar su cuerpo, su dignidad y su individualidad. El amor no es placer. Muchos y muchas confunden estas dos definiciones, creen ciegamente que amor y placer son dos cosas iguales. No es así, hija de mi corazón. Quien realmente ama comparte su cuerpo con el ser amado, lo respeta, lo conserva y lo protege. Mejor dicho: Lo oculta a la mirada de todo mundo. El cuerpo, templo por excelencia, se conserva íntegro solo para el ser amado. Nadie más tiene derecho a profanarlo por un simple momento de placer. Quien lo hace, no es feliz, porque está más pendiente del otro, deseándolo e idealizándolo, minimizando lo que tiene a su lado. Pobreza mental y moral quien cree que amar es estar con todo mundo, tiene siempre abierta la puerta para que todo mundo entre en cualquier momento. Ama quien tiene la puerta hermética, cerrada y solo la abre para quien realmente ama”.
Matilde se mantuvo atenta durante la larga disertación de su madre, parecía ida de este mundo. Por su parte Adriana, se mantuvo locuaz con la felicidad pura que brillaba inmaculada en su rostro. Festejaba la comunicación, el espacio para compartir algo tan hermoso, pero que se ha mantenido en la oscura tiniebla del morbo y el analfabetismo. Sentía como si se hubiera quitado un pesado fardo de encima. Su filosofía era práctica: Dar valores, generalidades, teniendo claro que no hay fórmulas inmodificables y únicas en cuestión de amor. Es más: Era consiente que su ejemplo o experiencia no encajaba mecánicamente en su bella hija, simplemente porque cada persona es un mundo diferente que tiene la magia de vivir en comunidad. Siempre se decía lo mismo: Sola no existo, existo en función social. Mi experiencia es irrepetible. Solo puedo aconsejar, y eso era lo que estaba haciendo aprovechando la coyuntura.
La acercó más estampando un beso en la frente. Matilde se estremeció de pies a cabeza y casi susurrante destacó la paciencia, la capacidad para entenderla y los buenos consejos recibidos. “Gracias madre”, dijo en voz baja. “Ahora, te hago una pregunta: “¿De quién estás enamorada o interesada?” Matilde se estremeció. Aquello le pareció un batatazo enorme. Quiso eludir el tema, diciendo que papá estaba por llegar. Adriana sonrió al decir con marcada ternura: “No te preocupes, eres libre para decir o no decir”.
Ruborizada y nerviosa, Matilde comprendió que no tenía escapatoria. Sería destripar todo ese mundo de confianza que estaba a su alcance. Tosió. Después estornudó. Acomodándose mejor en el asiento y clavando la mirada sobre el piso, habló despacio y dubitativamente: “Alejandro”, dijo. “Lo sospeché desde el día de su graduación, simplemente quería saberlo de su propia boca, sin intermediarios. Es el vecino. Un joven culto con gran iniciativa. Tiene muchos sueños, está escribiendo un libro y quiere contribuir al desarrollo del pueblo. Es muy querido. Saluda y comparte iniciativas y proyectos. Si así es, hija de mi corazón, lucha, persevera, no decaiga y piensa que las adversidades son para ser superadas. Siempre estaré a tu lado, no para criticarte, sino para darle apoyo. No tema equivocarte. No somos perfectos. Solo te digo con todo el corazón: “Aprende de tus errores, no lo repitas”. “Eres la madre más maravillosa del mundo”, dijo exultante abrazándola con fuerza contra su pecho. Adriana sonrió. “Quizás soy cursi y ahistórica que sueña con un mundo posible, que todavía no es realidad, porque cierto es que el mundo camina como es y no como quisiéramos que caminara. En verdad, la vida es un sueño remoto y complejo que cada quien la vive a su manera. Sí, no hay placer más hermoso que soñar con los ojos abiertos”.
Fin
Ibagué, febrero 7 de 2026






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