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| Foto: EFE |
Por: Nelson Lombana Silva
El lunes aciago se conoció la noticia después de la seis de la mañana al llegar los primeros obreros, muchos golpeados por la resaca. De la sorpresa, se pasó al murmullo y del murmullo a los comentarios ubérrimos en la calle, en los bares, en las cantinas, en el prostíbulo de misiá Pachón, en habitaciones, en plazas y centros deportivos. Cada quien contaba la historia a su manera dejando su impronta con fuerza y carácter. Era un día plomizo y lúgubre con amago permanente de lluvia. Las calles empedradas estaban húmedas y silenciosas con uno que otro transeúnte ebrio, haciendo esfuerzos por sostenerse en pie. El cantinero ensimismado escuchaba la música arrabalera en su pequeña vitrola del siglo XIX, que había llegado mediante la modalidad de contrabando, procedente de Maicao y en algunos casos de San Andrés y Providencia. El país estaba gobernado por la mafia del contrabando. El presidente para cuidar su espalda de alguna revuelta popular mantenía al pueblo a raya con el Estado de Sitio y la incomunicación mediática. La prensa solo estaba para alabar la gestión inexistente de la dictadura conservadora. Ni una sola crítica. Quien se atrevía a hacer circular clandestinamente algún panfleto era calificado de subversivo y hasta de comunista. Si era descubierto era sometido a escarnio público, metido al calabozo, torturado y condenado a prisión hasta por diez años. El sopor de la indiferencia recorría las silenciosas y angostas calles con entera libertad.